La tumba de los cisnes - Capítulo 16
Rothbart
respiró hondo y prolongado, saboreando las secuelas de su clímax. Los músculos
de su ancha espalda, envueltos en fina tela, subían y bajaban con pesadez.
Abrió la
palma de la mano. El trozo de tela fino y suave que había envuelto su miembro
estaba inmundo, empapado de su semen. Con la satisfactoria sensación de haberla
ultrajado por partida doble, Rothbart dejó escapar una risa baja.
Pronto, sus
hombros temblaron. Aquella leve risa se propagó como un gran incendio forestal.
—Tanto si de
verdad ha perdido la memoria, como si está fingiendo...
Después de
observarla durante varios días, todavía no podía estar seguro. Una vez que la
enfrentara directamente... captaría algún indicio.
Por supuesto,
para Rothbart, cualquiera de las dos opciones daba igual. Si bloqueaba su ruta
de escape y le encadenaba los pies para que no tuviera a dónde huir, ella tarde
o temprano terminaría escupiendo la verdad primero.
Aseando su
apariencia, Rothbart se guardó las prendas que acababa de profanar en lugar de
su dueña y se levantó de su asiento. Sus pasos lo llevaron hacia la chimenea
cercana.
Rothbart
arrojó la ropa a la chimenea, donde las llamas rugían. Con un incesante
chisporroteo, el fuego ardiente no tardó en devorarlas. Contemplándolas hasta
que perdieron toda forma, Rothbart susurró para sí mismo con el rostro
encendido, como si estuviera declarando su amor:
—Si lo saco
todo a la luz y lo extiendo ante ti, ¿qué cara vas a poner, Ianna...?
Una extraña
sonrisa se dibujó en sus labios mientras veía desaparecer la ropa por completo.
Junto con el hollín negro, sus rastros también se habían esfumado, pero no
importaba. Pronto volvería a dejarlos una y otra vez en la dueña de esas
prendas. Ante ese pensamiento, la luz del fuego brilló con más fuerza, como si
le respondiera con una danza.
Ella debería
haber regresado antes. Once años eran tiempo más que suficiente para consumir
la mecha de la paciencia de un hombre, y lo que quedaba ahora no era más que
veneno chamuscado y una húmeda obsesión.
**********
—Tu tarea no
es nada del otro mundo. Solo tienes que atender al señor. El señor es un hombre
exigente, así que no seas perezosa ni te ganes su desagrado.
Ante las
palabras de Madame Dova, Anna, con los nervios de punta, entró al amanecer del
día siguiente en su nuevo lugar de trabajo. Aunque ya llevaba un tiempo
trabajando en la mansión, era la primera vez que ingresaba al despacho del
marqués.
El despacho
del marqués estaba decorado con un estilo antiguo, pero la atmósfera resultaba
bastante estéril. Anna tuvo la sensación de que la información se controlaba
meticulosamente, como si fuera una habitación pensada para ser mostrada a los
demás.
«Al menos
será fácil de limpiar».
Aunque se
sentía ansiosa por saber por qué el marqués la había elegido como su sirvienta
personal, no tenía la menor intención de descuidar el trabajo que le habían
asignado. Antes de ir a la alcoba a despertar al marqués, su primera tarea era
limpiar el despacho. Anna se arremangó las mangas y se concentró en la
limpieza.
Lo primero
era retirar las cenizas de la chimenea. Anna dobló un pañuelo en forma de
triángulo para cubrirse la nariz y la boca, y luego se acercó a la chimenea
apagada. A medida que raspaba las cenizas, se levantaban nubes de hollín.
—Cof, cof...
El pañuelo no
lograba bloquear por completo el polvo. Aunque los ojos se le llenaron de
lágrimas, Anna continuó raspando las cenizas.
Había más
ceniza de la que habitualmente encontraba al limpiar la habitación de Svanhild.
Tal vez porque una habitación más grande requería más leña, o tal vez porque
aquí se habían quemado papeles y otros documentos... Por un momento, se
preguntó si se habría hecho a propósito para molestarla.
Seguro que
no. Llegar a ese punto ya rozaría la paranoia y una presunción sin fundamento.
Anna dejó escapar una leve risa mientras raspaba las cenizas, cuando de pronto
el atizador se enganchó con algo.
—¿Qué es
esto?
Anna arrastró
con cuidado el objeto enganchado hacia adelante con el atizador. Era algo
parecido a un alambre doblado, de aproximadamente el largo de su palma.
Desconcertada, siguió limpiando, solo para descubrir otro que sobresalía.
—Esto es...
No sabía para
qué se utilizaba, y sin embargo le provocaba una extraña sensación de
familiaridad. Justo en ese momento, en el rincón más profundo de la chimenea,
divisó un jirón de tela que no se había quemado del todo. Intentó arrastrarlo
más cerca con el atizador, pero parecía adherido a la pared y no cedía. Al
final, Anna metió medio cuerpo en la chimenea.
—... ¿Tela?
Anna frunció
el ceño ante el tacto en su mano. ¿Por qué se quemaría ropa en el despacho? No
es como si se usara seda como leña...
Ahora que lo
pensaba, la tela ennegrecida y llena de agujeros por el fuego le resultaba
extrañamente familiar. En el instante en que intentó mirarla más de cerca, una
voz escalofriante la atravesó desde atrás, cayendo como la hoja de una
guillotina:
—¿Acaso
contraté a una prostituta que me seduce con el trasero al aire, y no a una
sirvienta?
Anna enderezó
el cuerpo a toda prisa. Con las prisas, las cenizas se esparcieron. Manchada
por todas partes y cubierta de hollín, Anna se puso roja de vergüenza y
humillación, manteniendo la cabeza baja.
—Levántate.
No te llamé aquí para que hicieras cosas como esa.
Rothbart la
apremió con voz gélida. Había un extraño poder en sus palabras, y Anna, sin
darse cuenta, se puso de pie tambaleándose. No alcanzaba a distinguir si con
«cosas como esa» se refería a limpiar la chimenea o a levantar el trasero.
Solo entonces
Anna pudo enfrentar a Rothbart por primera vez bajo la luz radiante. Incluso en
la oscuridad lo había sentido enorme, y bajo la luz del sol no lo era menos. Al
ver los músculos de su cuerpo, vueltos más imponentes por la claridad, se
sintió aún más abrumada.
Tal vez
porque acababa de despertarse, el cabello le caía desordenado sobre la frente,
pero incluso eso parecía una pintura. Sus facciones inhumanamente perfectas,
como esculpidas por los dioses, hicieron que Anna se tragara la desesperación
en su interior. No importaba qué bellas palabras se le atribuyeran, ninguna
sería exagerada; su sola existencia inevitablemente humillaba a los humanos
comunes.
Vistiendo
únicamente una bata que a leguas se notaba suave contra la piel desnuda,
parecía alguien que no conocía la vergüenza. Semicubierto, miró a Anna desde
arriba sin vacilar. Los ojos rojos bajo sus espesas cejas brillaban con
pensamientos indescifrables.
—De la
limpieza de mi habitación se seguirá encargando el mayordomo. ¿Parece que
Madame Dova no te lo transmitió correctamente?
—N-no.
Ante sus
palabras, que parecían cuestionar a Madame Dova, Anna respondió con rapidez.
Ahora que lo pensaba, él nunca había dicho que ella tuviera que limpiar. Solo
que debía atenderlo. Las orejas le ardieron ante su precipitado malentendido.
—Me cambiaré
de ropa.
Con eso,
Rothbart le dio la espalda a Anna. Cubierta de hollín como estaba, Anna vaciló
sobre si era apropiado seguirlo en semejante estado, preocupada de que solo
fuera a ensuciar la habitación.
Mientras
tanto, Rothbart se adelantó a grandes zancadas con rapidez, alejándose. No
había opción. Anna se apresuró a ir tras él.
**********
Seguir a
Rothbart había sido la opción correcta.
Después
vinieron innumerables conflictos que parecían triviales, pero que a Anna le
causaban una preocupación interminable.
Él actuaba
como si hubiera olvidado que era el primer día de ella atendiéndolo; no daba el
más mínimo indicio, sino que ponía a prueba a Anna una y otra vez.
Para evitar
desagradarle, Anna aguzó su atención ante cada movimiento y tono de voz de él.
En verdad, era una experiencia agotadora.
Por encima de
todo, confrontar su cuerpo descubierto le resultaba sumamente incómodo, y cada
vez que las yemas de sus dedos rozaban la piel de él al ayudarlo a vestirse,
era peor. Cada botón que abrochaba en su camisa se sentía como caminar sobre el
filo de una navaja. Rothbart miraba fijamente a la aturdida Anna, como si la
instara a continuar.
Sus ojos, al
abrochar el botón del puño izquierdo de la camisa, rozaron el antebrazo
expuesto de él. Unas líneas tenues envolvían su brazo izquierdo como una
telaraña.
«¿Cicatrices...?».
No eran
marcas superficiales, sino heridas completas abiertas a conciencia con una
hoja. ¿Se trataba de autolesiones? ¿O de un intento de suicidio? Ambas eran
palabras que no encajaban con un hombre como Rothbart, y sin embargo, el
pensamiento de la difunta marquesa inevitablemente se enredó en ellas.
Ahora que lo
pensaba, Svanhild también tenía una larga cicatriz que cruzaba la palma de su
mano, como si se hubiera cortado con una cuchilla. No parecía una herida
antigua... Siempre se había preguntado cómo el joven señor de una casa noble
había acabado con semejante cicatriz, pero al ver las lesiones de Rothbart, no
se atrevió a indagar más.


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