La tumba de los cisnes - Capítulo 17

Capítulo 17

 

Sobresaltada por un instante ante las inesperadas cicatrices, su temblor, por el contrario, se aplacó. Anna movió las manos con calma.

«¿Quién iba a decir que abrochar una camisa sería tan difícil?».

En cierta forma, él requería más atención que Svanhild. Si la intención de Rothbart no era confrontarla por lo sucedido aquella noche, sino irle exprimiendo la vida lentamente, sentía que debía aplaudirlo por su éxito.

Gracias a los esfuerzos de Anna, Rothbart lucía ahora como un caballero impecable. Entonces Anna, ansiosa por lo que él pudiera ordenar a continuación, bajó la mirada y esperó sumisamente sus mandatos.

—Actúas bien. ¿Estás acostumbrada a cosas como esta?

—¿Cómo?

—A acostarte con tu empleador y luego fingir que no ha pasado nada.

Su corazón dio un vuelco ante la repentina y directa mención de aquella noche. Desde el momento en que le dijeron que sería su sirvienta personal, había temido esto, pero toda su preparación se desmoronó bajo la emboscada de Rothbart.

—Ahora, por fin, tu rostro vale un poco la pena.

Rothbart sujetó la barbilla de Anna con firmeza. Ella se vio obligada a sostenerle la mirada. Su rostro descompuesto, como una luna fragmentada en la superficie del agua, quedó expuesto ante él.

Temblando de miedo, Anna intentó empujarlo para alejarse, pero fue como empujar contra una pared.

—N-no haga esto, mi señor.

—¿Por qué crees que te convertí en mi sirvienta personal? Ya te lo habrás imaginado en parte.

Los fríos ojos rojos de Rothbart escudriñaron su rostro. Era una mirada inquisitiva, como si buscara arrancar alguna verdad oculta. Como si su verdadero corazón estuviera en otra parte...

¿Sería posible que él estuviera confundiendo su vergüenza con una secreta aceptación de sus avances? Horrorizada, Anna sacudió la cabeza con violencia.

—No lo sé. Si hice algo malo...

—¿Malo? No. Lo hiciste bien. Demasiado bien, y por eso te mandé a llamar.

Con eso, Rothbart le agarró las nalgas. Al sentir la carne aplastada por su mano, Anna se tragó un grito agudo. Un escalofrío le recorrió la nuca.

Su cuerpo fue arrastrado hacia los brazos de él, manchando de hollín la ropa limpia que acababa de ponerse, pero a él no le importó. Sus prendas desprendían el aroma del ámbar gris.

Rothbart enterró la nariz en su cuello y susurró:

—Ya debes de saberlo, pero tuve una esposa del continente oriental.

—...

—Y tú... asombrosamente, te pareces a ella. A como era hace más de diez años... en sus años de juventud.

El cuerpo de Anna se quedó rígido como un tronco. Las siguientes palabras de él flotaban a un paso de distancia. Rothbart le susurró al oído, vertiendo su aliento en él:

—Sé el reemplazo de mi esposa.

Al fin, las palabras cayeron, y a Anna le dio vueltas la cabeza. Las fuerzas se le escaparon del cuerpo y las piernas se le doblaron, pero, firmemente sostenida en los brazos de él, solo pudo apoyarse más profundamente contra su pecho.

Luchando por apartarse, tartamudeó:

—S-ser el reemplazo de su esposa... qué quiere decir con...

—Significa hacer una y otra vez lo que hicimos la última vez, en la habitación de mi esposa.

Ante las descaradas palabras de Rothbart, el rostro de Anna se volvió tan pálido como la pluma de un cisne. Él presionó su mano contra los labios exangües y ligeramente entreabiertos de ella.

—Desde que perdí a mi esposa, eres la primera en la que me he hundido con tanta locura. Incluso ayer, me di placer pensando en ti. Tú también... debes de haberme extrañado.

Con un rostro terso y sereno, Rothbart habló sin una pizca de vergüenza. Como si estuviera seguro de que Anna lo había extrañado tanto como él a ella.

Anna intentó negarlo, pero antes de que pudiera hacerlo, Rothbart frotó su entrepierna contra el vientre de ella. Su ropa interior se empapó de inmediato. La sensación de algo escurriendo por su muslo le provocó un escalofrío de repugnancia.

Sus pezones endurecidos hormiguearon al rozar la tela. Sobresaltada por la respuesta automática de su organismo, Anna entró en pánico. Incluso en esta situación, su cuerpo se estaba preparando para aceptar al hombre que tenía enfrente. Como si aquel único encuentro ya la hubiera domesticado...

Rothbart, de sentidos agudos, no pasó por alto el aroma de la excitación. La comisura de sus labios se elevó levemente, formando un hoyuelo en su mejilla.

—Te sigues humedeciendo con mucha facilidad. A pesar de que tu rostro está tan seco.

Rothbart acarició lentamente la mejilla de Anna con el dorso del dedo. El frío del anillo de sello del jefe de la familia Lohengrin se hundió en su piel. Anna bajó la mirada, pero podía sentir los ojos de él inspeccionando cada uno de sus movimientos.

—Yo... no puedo. Esa noche fue claramente un error.

—¿Un error? ¿Entraste por error a una habitación que estaba cerrada con llave?

Rothbart se mofó. Luego, agarró con brusquedad el pecho de Anna. Ante el dolor desgarrador en la carne, Anna soltó un quejido bajo.

—¡Ahh!

—Las mujeres del continente oriental, confiando únicamente en su origen compartido con mi esposa, han entrado a esa habitación para seducirme más veces de las que puedo contar. Tú también, aunque ahora finjas modestia, ¿no es eso solo otra estratagema para encenderme?

—N-no. Por favor, créame.

—Ja. Si estás tramando esto para elevar tu valor, desiste. Ya seas barata o cara, no tendrás más remedio que venderte al precio que yo fije.

Rothbart presionó el pulgar contra el pezón de Anna. Cada vez que su mano la tocaba, las fuerzas abandonaban su cuerpo y el calor subía más.

En su cabeza, las alarmas resonaban advirtiéndole que no debía quedarse a solas con él. Si esto continuaba, no haría más que repetir la noche anterior... Anna apretó los dientes y, con todas sus fuerzas, lo empujó.

Para su sorpresa, Rothbart la soltó sin poner resistencia. Quedándose inmóvil, se limitó a observar cómo Anna huía.

Su mano alcanzó la puerta. Solo le faltaba girar el picaporte, cuando la voz de Rothbart la detuvo:

—¿Acaso no quieres saber cómo regresar a tu mundo original?

Anna se quedó helada. Ante aquellas palabras diabólicas, Anna sintió incluso miedo.

—¿C-cómo?

—¿Que cómo sé que eres un cisne, quieres decir?

Rothbart se burló. Paso a paso, se aproximó a Anna. Aunque sabía que debía abrir la puerta y escapar, Anna no podía moverse.

—Podrás engañar al mundo entero, pero no a mí.

Los ojos de Rothbart se entornaron. La maldad oculta bajo una capa de civismo mostró su verdadera forma.

—¿Nunca has oído que el jefe de la familia Lohengrin nació en un día maldito, como un demonio?

—...

—Un demonio solo puede engendrar hijos con un cisne... por eso, cuando se encuentra con un cisne, su sangre clama por instinto: planta tu semilla en esa zorra, préñala de inmediato.

Acortando la distancia, Rothbart soltó una risita y le tocó el vientre a Anna con el dedo. Con la espalda apoyada contra la puerta, Anna no tenía a dónde huir. Solo podía entregar su cuerpo a la malicia de él.

—Y... lo mismo va para el cisne. Para regresar a su mundo original, un cisne debe concebir un hijo con alguien de este mundo.

—E-eso es mentira.

Anna tartamudeó presa del pánico. La repentina palabra «embarazo» la golpeó con fuerza. Comparado con esto, la demanda de Rothbart de que fuera el reemplazo de su esposa parecía más fácil de aceptar.

—Mi esposa, que también era un cisne, dio a luz a Svanhild y luego regresó a su mundo original. Si quieres creer que es una mentira, haz lo que te plazca. Pero, ¿por qué habría de mentirte?

Mientras Rothbart hablaba de su esposa, su rostro se contrajo de dolor. Era una mirada lastimera, impropia del depredador que había acorralado a Anna. Casi despertaba simpatía.

Pero la simpatía no duró mucho. En un instante, Rothbart sonrió y volvió a presionarla.

—Por supuesto, el simple hecho de dar a luz no significa que puedas regresar. Para que un cisne vuelva a su mundo original, existen otras condiciones.

—... ¿Qué condiciones?

—Eso no te lo voy a decir tan fácilmente.

Rothbart soltó una carcajada franca, como si Anna estuviera bromeando. Ante su risa ridícula, Anna solo pudo morderse con fuerza el labio inferior sin pronunciar palabra.

—En realidad, no necesito particularmente otro hijo. Ya tengo a Svanhild. Pero tú me gustas... y tú necesitas a un hombre que plante su semilla en ti. Míralo como un intercambio justo.

Ante el susurro viscoso de Rothbart en su oído, Anna quedó sumida en la confusión.


 

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