La tumba de los cisnes - Capítulo 15
—Quien te
haya dicho eso solo estaba jugando contigo. ¿El marqués loco por las mujeres
orientales? ¿Acaso no has oído a cuántas de ellas ha expulsado?
—...
—¿Y
convertirme en su sirvienta personal porque quiere acostarse conmigo? ¡Si ese
fuera el caso, me habría convertido en su amante!
Ante la
postura desafiante de Anna, Sehyun titubeó, balbuceando palabras incoherentes
antes de cerrar la boca de golpe. Demasiado tarde se dio cuenta de su error; el
agua ya se había derramado y su verdadera naturaleza había quedado expuesta.
Anna fulminó
a Sehyun con la mirada. Sus ojos negros centellearon como la tinta.
Hasta ahora,
había pensado que Sehyun era una buena persona. Por eso, aunque no lo amaba,
aceptó su confesión, pensando que estaría bien dejar que se quedara a su lado.
Pero...
«¿Bueno?
No me hagas reír».
El Sehyun que
siempre había olido bien ahora apestaba a estiércol, y su rostro, antes gentil,
había desaparecido, reemplazado por unos ojos inyectados en sangre por el deseo
más bajo. Los labios que alguna vez le habían susurrado palabras dulces ahora
dejaban al descubierto su verdadero ser sin ninguna vergüenza.
En el pasado,
él había sido amable con ella solo porque tenía la comodidad para serlo. Una
vez que esa comodidad le fue arrebatada, lo único que quedó fue el egoísmo.
Solo ahora se daba cuenta de que se había equivocado gravemente con las
personas todo este tiempo.
¿Había alguna
necesidad de continuar con una relación así?
Jadeando de
rabia, Anna se fue aquietando gradualmente como un lago al amanecer. Debido a
que sus sentimientos por él nunca habían llegado a hervir, le resultó fácil
ponerles fin.
Habiéndose
decidido, Anna habló en voz baja, pero con firmeza:
—Después de
todo, esto no va a funcionar. Terminemos.
—¡Anna!
Sehyun,
sobresaltado por su repentina declaración, se alarmó. Sintió que tenía que
decir algo sobre lo irracional y emocional que era la conclusión de ella.
Bajando los ojos como si estuviera en calma, comenzó a hablar como si
reprendiera su insensatez.
—¿Tienes que
decir eso en una situación como esta? ¿Solo importan tus sentimientos? ¿Es que
no ves lo peligrosas que están las cosas...?
—¡A ti
también solo te importaban tus propios sentimientos, oppa!
La mirada
afilada de Anna se clavó en Sehyun, con los ojos tan tensos por la fuerza que
las lágrimas brotaron.
Cuando
incluso las otras sirvientas notaban su dolor y le preguntaban si algo andaba
mal, Sehyun, en sus encuentros a la hora de la comida, nunca le preguntó nada
en absoluto. En su lugar, coqueteaba con Betty, que se sentaba frente a él.
Y cuando sus
compañeras de habitación se reían disimuladamente, contándole lo divertido que
era su hermano cuando se metía con ellas, ¿cómo no iba a sentirse humillada?
Hasta ahora,
Anna se había obligado a ocultarlo todo. Pero ya no podía seguir dejando que se
pudriera en su corazón. Quería sacarlo todo y ser libre.
Simplemente,
lo que se había acumulado hasta ahora había llegado a su punto de quiebre. Anna
dejó escapar un profundo suspiro.
—Estas no son
palabras que esté diciendo por enojo. He estado pensando en esto durante mucho
tiempo.
—Anna...
—Incluso si
ya no somos pareja, eso no cambia el hecho de que ambos somos extraños en este
mundo. Todavía tendremos que trabajar juntos para encontrar el camino a casa...
No cambiará gran cosa.
Sehyun quería
negar las palabras de Anna, pero no pudo. Su razón regresó por fin y fue capaz
de juzgar la situación objetivamente.
Si Anna se
convertía en la sirvienta personal del marqués, obtendría un acceso más cercano
a la información sobre la marquesa. Esa información era valiosa. Si Sehyun
seguía provocándola, ella podría ocultarle los conocimientos que adquiriera.
Eso era algo que tenía que evitar a toda costa.
Así que
Sehyun forzó una sonrisa torcida e intentó calmar a Anna.
—... Creo que
ambos nos dejamos llevar. Tomémonos un tiempo para enfriar la cabeza.
—Yo ya estoy
calmada, oppa —respondió Anna fríamente y le dio la espalda.
Sehyun apretó
los dientes en silencio ante la escena. Esa maldita zorra, actuando con tanta
altivez solo porque se había convertido en la sirvienta personal del marqués...
Anna se
mordió el labio con fuerza y aceleró el paso de regreso a la mansión. Quería
alejarse de Sehyun lo más rápido posible.
Si hubiera
sabido qué clase de hombre era en realidad, jamás se habría dejado conmover por
su consuelo. Incluso la sinceridad que él había mostrado en el funeral de su
madre ahora le parecía sospechosa. Todo lo que quedaba era el autodesprecio por
haber vacilado ante susurros tan vacíos.
Pero el
arrepentimiento siempre llega demasiado tarde, y lo único que Anna podía hacer
era consolarse con que, al menos, se había dado cuenta ahora.
**********
Rothbart
contempló en silencio el fardo de tela colocado sobre su escritorio. Ropa
doblada con esmero. Madame Dova, que había llevado el bulto, informó con calma:
—La ropa se
encontró en Hohenschwan. Dijeron que la vendió hace unos meses para costearse
los gastos de viaje. La ropa interior la conservaba entre sus pertenencias.
—¿No había
otros objetos?
—No. Por si
acaso, rastreamos a fondo sus acciones pasadas, pero no se encontró nada más.
—Ya veo.
Ocúpate del resto como te ordené de antemano.
—Sí.
Madame Dova
se inclinó cortésmente y abandonó el despacho de Rothbart. Al quedarse solo,
Rothbart se hundió en el respaldo de su silla, clavando la mirada en la ropa.
Las puntas largas y de tono marfileño de sus uñas golpeaban el escritorio con
un ritmo constante.
Tras
reflexionar de ese modo durante un largo rato, sus dedos largos y angulosos se
movieron lentamente. Su mano, con las venas y los huesos prominentes, atrapó la
ropa de forma violenta y brusca, como las garras de un ave de rapiña. Como si
fuera a romperla en pedazos.
Rothbart
enterró el rostro en las prendas e inhaló profundamente. Aunque habían estado
separadas de su dueña durante meses y su aroma se había desvanecido hacía
tiempo, Rothbart todavía detectaba el tenue olor de su alma flotando por
debajo.
Pero aquello
no era nada comparado con la ropa interior que más recientemente había ceñido
su cuerpo. Ante el aroma incrustado en la tela, el corazón de Rothbart latió
con ferocidad.
—Ha, Ianna...
Rothbart
presionó la nariz contra la ornamentada ropa interior cubierta de encaje que
alguna vez había cubierto sus pechos. Su nariz recta se hundió entre la delgada
y frágil tela. El dulce aroma a piel que se desprendía de la parte que había
tocado su suave carne lo envolvió.
Para alguien
que se había mantenido casto durante más de diez años, satisfaciéndose
únicamente con contemplar un retrato, aquello era un deseo abrumador. Con solo
olerlo, Rothbart ya no pudo contenerse y se tiró apresuradamente de la pretina
de los pantalones. Su erección hinchada sobresalió primero.
Con mano
apresurada, Rothbart se sujetó a sí mismo utilizando la ropa interior de ella.
Sintiendo la suave tela que había tocado su piel íntima, comenzó a mover la
mano despacio.
—Ha...
La punta de
su miembro se presionó contra la parte más íntima de la tela. Como si estuviera
sondeando en sus profundidades. Rothbart apretó el agarre sobre su pene.
—Maldición...
Apretó los
dientes mientras su garganta se movía con brusquedad.
El vívido
aroma de ella revivió rápidamente el pasado. En su visión borrosa apareció la
imagen de su esposa de hacía más de una década, retorciéndose debajo de él en
el clímax. Sus gemidos resonaban en sus oídos. Hasta ahora, para recordarla con
nitidez, había ingerido costosos alucinógenos y afrodisíacos, pero ninguno
había funcionado tan bien como ahora.
La tela tensa
se humedeció con el líquido preseminal, produciendo un sonido pegajoso. Los
ojos rojos de Rothbart se entornaron, volviéndose nublados.
—¡Haaak! Ah,
duele, ah, aah... m-mi señor, lo siento, por favor deténgase...
Pronto, la
vestimenta de su esposa cambió. Llevando un uniforme de sirvienta, ella lo
miraba con el rostro lleno de pavor, como si estuviera siendo ultrajada.
Vestida con la ropa interior barata que se distribuía a las criadas, sus ojos
inocentes como uvas rodaban con ansiedad...
A Rothbart se
le secó la boca. Evocó el recuerdo de rasgar su ropa interior y hundirse en su
interior, y frotó su pene aún más rápido. La impaciencia se apoderó de él.
—¡Kh...!
Su enorme
torso se encorvó y se sacudió violentamente. La ropa sobre su escritorio se
arrugó bajo su rostro, aplastada en un desorden.


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