Ven y llora en mi funeral - Capítulo 7
Este acto.
Una acción de
la que algunas mujeres murmuraban en secreto llamándola placer, mientras que
los sacerdotes la enseñaban como una unión sagrada. Sin embargo, al escucharlo
de la boca de su esposo, sonaba como una obligación desagradable que debía
terminar a toda prisa.
—Nnh, s-sí…
Por un
momento, los ojos de Freesia se llenaron de lágrimas. ¿Se debía esto solo al
nuevo dolor que estaba experimentando? En lugar de perderse en pensamientos
profundos, cerró los ojos con fuerza y jadeó.
Intentó
concentrarse en otra cosa. Por ejemplo, en la mano de él que sostenía su
espalda, en su aliento cayendo en cascada sobre su hombro y su oreja.
Poco a poco,
la extraña sensación en su interior se profundizó, llenándola por completo. La
presión parecía ocupar todo su ser, dificultándole la respiración.
—A-Ah, ah,
uht.
Freesia lloró
con incredulidad. ¿Acaso todas las mujeres de este mundo pasaban por esto?
¿Soportaban semejante dolor? Decían que algún día podría encontrar placer en
ello, pero ¿era eso realmente posible?
«¿Y qué
hay de Izar?».
¿Estaba él
encontrando placer en este abrazo?
Freesia se
obligó a abrir los ojos para mirar al hombre que estaba sobre ella. Sin
embargo, las lágrimas empañaban su visión, haciendo que fuera aún más difícil
distinguir su expresión en la oscuridad. Pero cuando él se inclinó más cerca,
sus ojos dorados se asomaron a través de su cabello azabache. Tenía el ceño
profundamente fruncido y un suspiro caliente se escapaba de entre sus labios.
—Haah.
Surgió en
ella el impulso de tocarle la mejilla. Quería preguntarle: «¿Qué estás
pensando ahora mismo?». Sin embargo, antes de que pudiera levantar la mano,
sus miradas se cruzaron. Aquellos ojos dorados habían perdido su brillo
habitual, mostrándose apagados y secos.
En el
instante en que la mirada de él la capturó, la parte de su cuerpo que la
llenaba empujó con más fuerza hacia el fondo.
—¡Uugh…!
Incapaz de
contenerse, soltó un quejido lastimero. Las pesadas e intensas embestidas en su
interior hicieron que rasgara las sábanas con los dedos de los pies en un gesto
de desesperación. Ya no podía permitirse mirar el rostro de su esposo, luchando
por no perder el conocimiento ni romper a llorar por el dolor.
—¡Uh, ah,
aht…!
Cada vez que
él empujaba con violencia dentro de ella, un sonido agudo resonaba en la
habitación. Esos llantos finos y agudos no parecían salir de su propia voz. Sin
embargo, en medio de aquel torbellino, Freesia pensó:
«Ah, pero
tal vez esto sea una bendición».
Con este
único acto, ella permanecería debidamente como su esposa. Incluso si no era
amada, el matrimonio y la consumación finalmente se habían completado. Al
menos, ella no era como su madre.
******
Fue una
primera noche sin una sola palabra de ternura, llevada a cabo en la más
completa oscuridad.
Freesia se
sintió abrumada incluso por eso, pero su corazón ardió y se transformó de nuevo
en brasas carbonizadas en el instante en que, después de todo, vislumbró el
rostro severo de su esposo. Al verlo así, cualquiera pensaría que el dolor que
él le había infligido no le había dado más que placer a ella. Que ella no le
había otorgado a él ni un solo momento de alegría.
Sin embargo,
tal vez Dios había decidido concederle a Freesia una misericordia divina por
primera y última vez. Ese único encuentro dio como resultado un embarazo.
Y ese niño
trajo una cálida luz de sol a su vida, la cual había estado sumergida en un
lago oscuro. Por primera vez, las personas a su alrededor suavizaron su
actitud. Incluso la «deshonra del territorio», la duquesa, llevaba en su
vientre al futuro heredero.
Y ese cambio
en su entorno le dio valor.
—Su Gracia.
Fue ese valor
el que hizo que Freesia sujetara la manga de su esposo, quien estaba a punto de
partir para luchar contra los remanentes de los rebeldes. Izar frunció
ligeramente el ceño mientras la miraba desde arriba.
—¿Qué pasa?
—Esto...
cuando regrese, ¿podríamos... podríamos elegir juntos el nombre del bebé?
—...
—Yo no
conozco ningún buen nombre como para elegirlo por mí misma.
Izar la
examinó con sus ojos apagados. A estas alturas, su vientre ya estaba
notoriamente abultado. Por primera vez, él respondió con algo que no fue un
sarcasmo o un suspiro.
—Lo pensaré
cuando regrese.
—...¡Sí!
—Debo
marcharme ahora.
—Sí,
cuídese... cuídese mucho y regrese a salvo.
Ese momento
fue, tal vez, el más feliz en sus tres años de matrimonio.
Después de
que su esposo se marchó, Freesia se acariciaba el vientre todos los días,
rezando desesperadamente:
—Pequeño, si
es posible, no te parezcas a esta madre tuya. Intenta parecerte a tu padre.
Anhelaba que
eso hiciera al niño más digno de ser amado.
«Tal vez
Izar ame a un hijo que se parezca exactamente a él».
Tal vez
incluso le hablaría con amabilidad a ella cuando viniera a ver al bebé.
—Te amo, mi
pequeño.
Por favor,
sé mi salvavidas.
¿Pero acaso
el bebé presintió que los susurros de Freesia no eran puramente maternales? Un
día, sintió un dolor agudo en el abdomen, seguido de una hemorragia.
El bebé
murió.
Cuando Izar
regresó, Freesia yacía en la cama, convertida en una sombra de sí misma. Sin
embargo, en cuanto su esposo entró, ella estiró la mano temblando.
—Lo s-sien...
—...
Ante su
pétreo silencio, los labios de Freesia temblaron. El hijo perdido era un varón.
Freesia, que había perdido al heredero, no pudo articular palabra alguna.
Después de un
silencio agonizante, Izar finalmente habló.
—...Tal vez
sea lo mejor.
Esas palabras
hicieron que Freesia levantara la cabeza de golpe.
«¿Lo
mejor?».
¿Qué? ¿La
muerte del bebé?


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