¿Por qué mi esposo está aquí? - Capítulo 9
Se escuchaba
un leve sonido de movimiento cerca.
Richel, que
había estado durmiendo profundamente, recuperó lentamente la conciencia. Le
dolía el cuerpo como si la hubieran golpeado y sentía como si tuviera una
piedra enorme alojada en la garganta. Al aclararse la voz, soltó un sonido
ronco.
Obligó a sus
pesados párpados a abrirse. Una habitación espaciosa y un interior lujoso
aparecieron ante su vista. Esto no era el crucero. Su mirada deambuló por el
lugar, deteniéndose finalmente en un gran ventanal de cristal que cubría un
lado de la pared. Afuera, todo era blanco. A lo lejos, las montañas cubiertas
de nieve parecían llevar gorros blancos.
Al ver por
primera vez aquel paisaje nevado tan desconocido, Richel intentó incorporarse.
—Quédate
quieta.
Richel miró a
la persona que presionaba suavemente su pecho para que volviera a recostarse.
Era su esposo, Callisto. En el momento en que vio su hermoso rostro, ahora sin
máscara, se estremeció por la impresión. Los recuerdos de la intensa noche que
compartieron regresaron de golpe.
No podía
distinguir si el rostro que vio antes de desmayarse era real o un sueño. Sumado
al dolor de su cuerpo, estaba completamente desorientada. La mano grande de
Callisto palmeó suavemente el pecho tembloroso de Richel, como para calmarla. A
pesar de su gesto reconfortante, los ojos de Richel se movían de un lado a otro
con ansiedad.
Al notar que
ella apretaba las sábanas con fuerza, Callisto la ayudó a sentarse y colocó una
almohada suave detrás de su espalda. Un momento después, un hombre mayor con
túnica de médico se acercó y habló con Callisto.
—Es un
resfriado severo. Parece que la dama aún no se ha adaptado al frío del norte.
Prepararé una medicina; debe descansar durante unos días.
—Ha hecho un
buen trabajo. —No es nada. ¿Cómo no iba a venir estando enferma la Gran
Duquesa?
—Puede
retirarse. Yo mismo informaré a Su Majestad.
El médico
hizo una profunda reverencia ante Callisto y Richel antes de salir de la
habitación, seguido por varios sirvientes que lo escoltaron. Richel, con
expresión vacía, parpadeó.
«¿Su
Majestad? ¿Significa eso que es el médico del Emperador? ¿Y la Gran Duquesa?
¿Quién…?»
Con un
aspecto totalmente confundido, Richel dirigió su mirada a su esposo. Callisto
la observaba con una expresión llena de emociones complejas. El silencio
perduró en la habitación por un rato.
—¿Conoces la
historia del Norte? —fue Callisto quien rompió el silencio primero—. Un paraíso
para criminales, donde el orden y la jerarquía son innecesarios. Una tierra
vasta y desolada que es a la vez solitaria y libre. Así es como la gente
describe el Norte. Dicen que es una tierra inhóspita, cubierta de hielo y
nieve, donde nadie se atrevería a establecerse.
Su voz
profunda continuó:
—Quienes
colonizaron esta tierra fueron mercenarios. Blandieron sus espadas para repeler
a los enemigos invasores y protegieron el Norte durante mucho tiempo. Gracias a
ellos, este lugar fue reconocido como una federación de mercenarios, y al rey
de los mercenarios se le otorgó el título de Gran Duque.
—.......
—Mi nombre
completo es Callisto Enrique. Soy el Gran Duque que gobierna el Norte, pero en
el fondo, sigo siendo un mercenario.
Los ojos de
Richel se abrieron de par en par. ¿Significaba eso que Callisto era el rey del
Norte?
—Pido
disculpas por no habértelo dicho antes. No quería revelar mis orígenes
humildes.
La disculpa
de Callisto dejó a Richel demasiado atónita para responder. ¿Su esposo era el
Gran Duque? No alcanzaba a comprender lo que acababa de escuchar.
—Tenía la
intención de explicártelo más tarde. Después de terminar la tarea que me
encomendó el Emperador, planeaba contártelo todo poco a poco…. Pero nunca
imaginé que mi esposa se sentiría tan sola como para buscar una aventura.
—.......
—Al menos
ahora lo sé.
Callisto,
sujetando a su cintura la espada que estaba sobre la mesa, se acercó a Richel.
—Me voy a
cazar monstruos. Descansa bien hasta que regrese.
—¿Monstruos…?
Richel, que
había permanecido en silencio todo el tiempo, forzó la voz. El contenido era
demasiado impactante para ignorarlo, pero la respuesta que recibió fue aún más
absurda.
—¿No dijiste
que nos faltaba dinero? No hay nada más efectivo que esto para amasar una
fortuna.
Callisto se
inclinó y besó la frente febril de Richel.
—Regresaré
por la noche.
Se dio la
vuelta y salió de la habitación. Richel se quedó mirando fijamente la figura de
su esposo mientras desaparecía por la puerta.
*******
Habían pasado
cinco días desde que Richel fue confinada en la propiedad del Gran Ducado.
No era el
tipo de confinamiento en el que estuviera atada o fuera golpeada. El personal
la trataba con sumo cuidado, como si fuera lo más preciado del mundo, y se le
permitía libertad de movimiento. Podía hacer lo que quisiera e ir a donde le
pluguiera. La única restricción era que debía ser dentro de los límites de la
propiedad.
—Eso no
significa que tuviera que hacer que todos los sirvientes fueran mujeres…
—murmuró Richel para sí misma, suspirando mientras miraba por la ventana.
Incluso los
jardineros, los mozos de cuadra y quienes transportaban mercancías eran
mujeres. Eran de ascendencia norteña, con físicos fuertes que parecían
perfectos para sus tareas, pero había un problema fundamental: su esposo creía
que Richel era una mujer promiscua.
Para ser
honesta, Richel sentía que este era el malentendido más injusto de todos. ¿Cómo
podía haber sabido que la reunión a la que asistió era una fiesta para
encontrar amantes? ¡Ni siquiera sabía que tales cosas existían!
¿Callisto
me había comprado? ¿Y él era el Rey de los Mercenarios? ¿El Gran Duque del
Norte?
Incluso
ahora, Richel pensaba que podría haberlo oído todo mal debido a la fiebre. Pero
mientras estaba sentada en la cama suave, contemplando la cordillera helada,
era la prueba innegable de que nada de esto era un sueño.
Nunca imaginó
que Callisto hablaría de forma tan ruda y grosera. Él siempre la había tratado
con cortesía y respeto, hasta el punto de que ella llegó a preguntarse si sería
un caballero. ¿Pero un mercenario?
Richel
recordó el momento en que Callisto fingió ser otra persona. Aunque su voz era
diferente y sus palabras eran duras, sus acciones habían sido suaves.
Inicialmente, Richel había temblado de miedo, temiendo que sus grandes manos
pudieran golpearla. Pero a medida que comenzó a notar similitudes, su cuerpo se
había vuelto cálido. Quizás, sin darse cuenta, había sentido inconscientemente
la presencia de su esposo. Solo después de que Callisto la llamó por su nombre,
finalmente lo comprendió.
Un momento
después, hubo movimiento fuera de la puerta. Perdida en sus pensamientos,
Richel levantó la cabeza. Callisto entró, trayendo consigo el aire frío del
Norte. Su rostro, antes inexpresivo, se iluminó en cuanto la vio.
—¿Me estabas
esperando?
—......
—Eso me hace
feliz.
Colocó su
espada sobre la mesa y se acercó a ella mientras se quitaba el abrigo.
Instintivamente, Richel se encogió.
—C-Callisto.
¿No deberíamos… hablar primero?
—¿De qué
quieres hablar? —Sobre… lo que pasó ese día…
—El día que
fuiste a buscar un amante, quieres decir.
El rostro de
Callisto se endureció con una intensidad aterradora. Su expresión se
ensombreció mientras se quitaba la camisa y empezaba a desabrocharse el
cinturón.
—Cada vez que
pienso en ese día, la rabia me hierve hasta la cabeza. Quería sacarles los ojos
a esos bastardos que levantaron la mano para pujar por ti, arrancarles la
lengua y volares la cabeza.
—......
—Pero me
contuve. ¿Qué pasaría si te asustabas al ver la sangre? Tuve que reprimirme.
En un
instante, sus músculos esculpidos estaban justo frente a ella. Con los
pantalones sueltos, Callisto subió a la cama, hundiendo las rodillas en el
colchón.
—Aun así,
esposa mía, debiste sentirte increíblemente sola. Incluso después de ser
arrastrada hasta el Norte, sigues hablando de eso.
—No, yo…
Él se inclinó
y capturó los labios de Richel. Su cuerpo grande presionó contra el de ella,
inmovilizándola mientras su lengua se abría paso a la fuerza en su boca.
Mientras la besaba, Callisto amasaba el pecho de Richel. Levantó su falda,
exponiendo sus piernas, y presionó sus gruesos muslos entre los de ella. Su
piel pálida se tornó roja rápidamente.
—Ya estás tan
mojada. Podría entrar en ti de inmediato —susurró Callisto suavemente, lamiendo
sus labios mientras su mano la provocaba por encima de la ropa interior.
Richel gimió
y sacudió la cabeza, pero la lengua implacable de él siguió a la suya,
arremolinándose dentro de su boca. La mano que la había estado acariciando a
través de la tela se deslizó bajo su ropa interior. Separó sus pliegues
cerrados y provocó su entrada antes de quitarle la prenda por completo. Su
mano, que había estado apretando sus glúteos pálidos, agarró sus muslos y los
abrió de par en par. Posicionado entre sus piernas abiertas, frotó su miembro
endurecido contra ella.
—C-Callisto,
espera, solo espera un momento… ¡Ah, ahh…!
La punta de
su longitud perforó su entrada. Mientras su grueso miembro empujaba lentamente
contra sus paredes internas, Richel cerró los ojos con fuerza y echó la cabeza
hacia atrás.
—Incluso
mientras estoy entrando en ti, ngh, te aprietas alrededor de mí de esta manera,
y me dices que espere.
—Haa, ugh…
—Di algo que
tenga sentido.
—¡Ahh…!
¡Thud! Su
miembro se deslizó hasta el fondo. El eje caliente presionó contra sus paredes
internas. Soltando un gemido bajo, Callisto elevó sus caderas y comenzó a
embestir profundamente. Sus movimientos rápidos desde el inicio hicieron que
Richel gritara, rodeando el cuello de él con sus brazos.


Publicar un comentario
0 Comentarios