Ven y llora en mi funeral - Capítulo 6
Pero, por un
breve instante, una agitación de ilusión parpadeó en su interior como la frágil
llama de una vela.
«¿Va a
besarme?».
La punta de
su pulgar estaba muy cerca de sus labios. Si se atreviera a asomar la lengua,
aunque fuera un poco, se tocarían. A pesar de que esta era una noche de
retorcido placer para el disfrute del emperador… casi se sentía como el
comienzo de algo más.
Sin embargo,
los dedos de él pronto descendieron desde sus labios, rozando ligeramente su
cuello —donde el cabello se agitaba— para luego tocar con suavidad sus hombros
temblorosos.
Un calor se
propagó por dondequiera que él tocaba, despertando una sensibilidad que ella
sentía por primera vez en su vida y haciendo que se le erizara la piel. Pudo
sentir cómo las puntas de sus pechos se tensaban, una sensación a la que rara
vez había prestado atención.
Cuando la
mano de él sujetó con ligereza su cintura, un cosquilleo desconocido surgió
entre sus piernas, como si la acariciaran con una pluma, para luego
atormentarla de forma provocativa en un lugar demasiado vergonzoso como para
mencionarlo. El aliento se le cortó.
—Ah.
Al percatarse
de su propia reacción, de pronto se sintió tan avergonzada que quiso escapar de
su contacto. ¿Cómo podía reaccionar con tanta fuerza ante un simple roce? Como
si hubiera estado anhelando la intimidad física durante toda su vida.
—Acércate
más.
Pero ante la
voz grave de Izar, su cuerpo, que intentaba retroceder, se congeló. A
diferencia de ella, que estaba llena de tensión, timidez y vergüenza, la
expresión de su esposo era indescriptiblemente conflictiva.
—No podemos
retrasar esto más tiempo.
—...Sí.
Sus muslos
temblorosos se calmaron gradualmente.
Tenía razón.
Él realmente no esperaba nada de ella, ni lo más mínimo. Se sintió tonta por
haberse dejado engañar por el calor que se acumulaba en su propio interior.
¿Acaso no sabía ya cuánto odiaba él que lo forzaran? ¿Cuánto despreciaba tener
a una bastarda por esposa?
«Al menos
debería ahorrarle la molestia de desvestirme».
Con el
corazón encogido, Freesia desató el listón blanco que sujetaba la parte
delantera de su camisola. La prenda blanca se deslizó silenciosamente hacia
abajo, pasando sobre la mano de Izar que descansaba en su cintura.
Después de
ser una mujer noble durante tres años, lucía mejor que en sus días como
pastorcilla desnutrida. Aunque su figura pudiera ser modesta en comparación con
la de su media hermana Atria, de quien se decía que tenía un cuerpo como una
escultura celestial.
«Aunque no
valga la pena estar expuesta ante él».
Él no
mostraba ninguna señal de excitación y, por otra parte, ella no sabía cómo
actuar. Forzó a su cuerpo a detener el intento instintivo de cubrirse el pecho
desnudo.
El silencio
en la habitación se volvió más denso, y solo se escuchaba la respiración
pausada de él por encima de su cabeza. Incapaz de enfrentar la decepción que
imaginaba en los ojos de su esposo, Freesia evitó mirarlo deliberadamente.
—Estoy lista.
—...
—Daré lo
mejor de mí... para cumplir con mis deberes esta noche.
—¿Deberes?
La breve
pregunta, teñida de un evidente desagrado, dejó en claro que a Izar la
situación le parecía un tanto ridícula o despreciable.
Se esperaba
que una esposa virtuosa abriera las piernas ante la orden de su esposo y
concibiera su descendencia; un deber sobre el cual Freesia había escuchado
varias historias sórdidas, pero la esencia del asunto no parecía demasiado
complicada.
—Sí, el deber
de la alcoba.
Freesia ahora
podía responder con voz compuesta. Ya que él no la deseaba de todos modos, ¿qué
sentido tenía mostrar timidez o un torpe coqueteo?
—No hay
necesidad de que se moleste, solo haga lo que le plazca.
Y así, su
camisola terminó de deslizarse, formando un círculo en el suelo.
Pero, ¿hacia
dónde miraba él ahora?
Su mirada
parecía fija en sus pantorrillas, particularmente.
«Ah».
Una oleada de
vergüenza golpeó a Freesia, y estuvo a punto de dar un tropezón hacia atrás.
¿Cómo había podido ser tan tonta como para olvidarlo? Debido a los años de
palizas, sus pantorrillas estaban cubiertas de cicatrices largas y brillantes.
Izar contuvo
el aliento con brusquedad, un sonido que probablemente era una reacción ante la
vista. Unas cicatrices como esas en el cuerpo de una mujer debían de parecerle
grotescas.
Él permaneció
en silencio durante mucho tiempo y, cuando finalmente habló, lo hizo con una
risa amarga.
—Sí, un
deber.
La palma de
su mano en la espalda de ella presionó con más fuerza, y su calidez contrastaba
drásticamente con su tono sarcástico.
—Nuestra
relación terminará con esto.
La sensación
fue como una marca al rojo vivo quemándole la piel.
******
Tal como
Freesia sugirió y él consintió, procedieron con su «deber».
Mirando
fijamente el dosel en penumbras del techo, Freesia soltó un jadeo ahogado.
—Haa, ngh.
La gran mano
que separaba sus muslos hizo que sus caderas se arquearan de forma
incontrolable. Los pantalones de él ya habían sido arrojados al suelo hacía
rato, pero Freesia no lograba reunir el valor necesario para mirarlo
directamente. Nunca antes había visto los genitales de un hombre, y la visión
de su miembro grueso y veteado resultaba intimidante.
«Tengo
miedo».
A pesar de
las varias ocasiones en que Izar separó su entrada y tocó la zona donde habían
comenzado aquellas extrañas sensaciones, ella seguía estando seca. Los
sentimientos de placer de los que alguna vez había oído hablar estaban
eclipsados por su miedo a lo desconocido.
—...Va a ser
difícil si estás así.
Tragándose el
miedo ante el chasquido de lengua de Izar, Freesia intentó calmarse.
—No, está
bien.
—Mientes.
—De verdad,
es cierto. Solo continúe... ¡Uh!
Sus súplicas
fueron ignoradas. Solo después de que él frotó con insistencia y abrió
lentamente la hendidura, pudo realizarse algún intento.
Apenas si
logró aceptar el dedo de él, pero en cuanto la gruesa cabeza presionó para
entrar, Freesia casi se ahogó con un gemido contenido. Sus paredes internas,
desacostumbradas, gritaban en silencio bajo la ruda invasión, sintiendo como si
la estuvieran cauterizando con un hierro al rojo vivo a cada segundo.
—Uhp, nngh.
Antes de que
pudiera soltar un grito, Freesia se mordió el labio con fuerza.
«Duele.
Duele muchísimo».
Quería romper
a llorar por el dolor. Sus dedos, aferrados a las sábanas, ahora las rasguñaban
en un vano intento por resistir.
«Pero si
digo que me duele ahora, ¿se detendrá?».
E Izar no
volvería a tocarla jamás. Si era así, prefería soportar este dolor; después de
todo, el sufrimiento físico no le era ajeno.
Sin embargo,
cuando él se inclinó sobre ella, el roce de su aliento sobre su piel le hizo
olvidar por un instante el lacerante dolor entre sus piernas. Sus labios,
rozando apenas su oreja, hicieron que su columna se arqueara involuntariamente
separándose de la cama.
—Relájate
más.
—Uh, pero,
¡ah!
En el momento
en que la mano de Izar rozó la parte baja de su vientre, Freesia soltó un
gemido de espanto al ver la unión de sus cuerpos. Ni siquiera la mitad de su
esposo había entrado en ella.
Mientras
presionaba los hombros de Freesia contra la cama, Izar susurró con voz grave:
—Si te
relajas, será más fácil.
—¡Ah, ah...!
—Este acto
solo terminará cuando pueda moverme dentro de ti.


Publicar un comentario
0 Comentarios