Ven y llora en mi funeral - Capítulo 5

Capítulo 5

 

Tras el asesinato de su madre, Freesia fue llevada de inmediato a la residencia de los Antares.

Como era de esperarse, nadie se molestó en explicarle la situación debidamente, y era imposible que Freesia, que había pasado toda su vida como pastorcilla, aprendiera años de etiqueta en tan poco tiempo. En medio de una situación tan espantosa, era comprensible que se viera abrumada por la ansiedad, temerosa de que cualquier palabra que pronunciara pudiera revelar su agitación interna.

«De verdad, yo no sabía nada».

Por encima de todo, el hombre al que había amado durante cinco años ahora la miraba como si fuera un insecto repulsivo. El miedo a lo que vendría después no era nada en comparación con el dolor que le causaba esa mirada.

—Su Gracia, yo no... quiero decir, yo...

—¡Basta!

Ante el irritado golpe que Izar dio sobre la mesa, Freesia se quedó helada. El hombre, del que todos se habían burlado públicamente, la miraba fijamente como si ella también fuera su enemiga.

—¿Cómo te atreves a engañarme? ¡Una simple plebeya burlándose de mí...!

—¡N-no, Su Gracia! De verdad que yo no, no sabía—

Pero parecía que Izar ya había tomado la firme decisión de despreciarla. Sus ojos dorados, que alguna vez fueron indiferentes, ahora la fulminaban con una agudeza que parecía atravesar el corazón de Freesia.

—Y para colmo, una hija bastarda.

—...

—Hah, ¿cómo pudo llegar a esto...?

Las mejillas de Freesia se encendieron de vergüenza ante sus murmullos cargados de ira.

Al ser una bastarda, era una paria según las enseñanzas de Adamant, la única deidad del imperio, y normalmente no se le permitiría formar parte de las funciones de la sociedad. Desde la época en que su madre enloqueció, Freesia supo que su padre era un hombre despreciable: había abandonado a una mujer con la lengua cortada y embarazada. Freesia siempre había asumido que su padre estaba muerto o que era un don nadie. Pero resultar ser la bastarda de un alto noble… Era una mancha de la que no podía escapar.

Entonces, Izar le dio la espalda en la cámara nupcial, diciendo:

—No soporto verte. Haz lo que quieras.

—¡Su Gracia...!

—Mantente tan callada como un ratón. No hagas nada inútil junto con los Antares.

Dicho esto, la puerta de la cámara nupcial se cerró con brusquedad.

Así, el novio se marchó sin siquiera tocar a su nueva esposa. Al convertirse en noble prácticamente de la noche a la mañana, Freesia aprendió que existían abismos más profundos que el lodo que ya conocía.

Se suponía que una «pareja noble ideal» debía ser una alianza donde los logros del esposo se complementaran con la posición social de la esposa. Pero Freesia ni siquiera podía cumplir con ese papel tan «sencillo». La madrastra de Izar, la anciana señora Electra, actuaba como si perdiera los estribos cada vez que Freesia cometía un error.

—¡Esta basura como la consorte del duque!

Cada vez que Izar estaba fuera, Freesia soportaba un trato más severo que el de su difunta madre. Con Electra aborreciéndola por completo, ningún sirviente se ponía de parte de Freesia.

Entonces, un día, cuando Freesia tenía veintitrés años, el Emperador se reunió con la pareja en la capital por primera vez en mucho tiempo y comentó:

—El señor Antares y yo organizamos personalmente esta unión, pero parece que la luna de miel ha terminado demasiado pronto, ¿eh?

Fue un comentario burlón sobre la fría relación entre ambos. Freesia debió notar cómo la mandíbula de Izar se tensó en ese instante. Ella misma albergaba un profundo resentimiento y rabia hacia el Emperador.

«Qué cruel».

¿Por qué debía sufrir ella las repercusiones por las muertes de los miembros de la familia imperial? ¿Cuándo terminaría este castigo?

Pero esa noche, Izar finalmente la llevó a la cama.

Y, en efecto, a regañadientes.

********

En la oscuridad, Freesia, temblando de nervios, no se atrevía a levantar la cabeza. Vestida únicamente con una camisola reveladora, jamás imaginó que se encontraría ante él de esta manera, especialmente después de haber pasado tanto tiempo desde su boda.

«¿De verdad está bien que durmamos juntos así?».

Tras tres años de no ser tratada como una verdadera esposa, el dolor ya no la afectaba. Como un callo al que se presiona continuamente, se había vuelto insensible. Sin embargo, sentía un temor diferente.

«¿Y si termino como madre?».

Involucrada con un hombre, embarazada y, al final, abandonada a su suerte; tal como su madre. En rigor, su situación era distinta; ella gozaba de circunstancias comparativamente mejores.

«Al menos soy una esposa con votos jurados ante Dios».

Pero al haber crecido viendo a su madre, no podía evitar sentir pánico por lo que estaba por venir. Deseaba el futuro, pero al mismo tiempo quería gritar y salir huyendo.

El hombre, que había permanecido en silencio todo este tiempo, se le acercó lentamente. Se quitó la camisa del uniforme sin ningún cuidado y la dejó caer al suelo.

Freesia se sobresaltó involuntariamente al ver la piel desnuda de su esposo tan de cerca, un aspecto muy diferente de su habitual armadura negra. Su físico alto y esbelto, que ella solo había imaginado, estaba en realidad densamente esculpido con músculos bien definidos, un testimonio de sus largas horas de entrenamiento y combate. A pesar del duro trabajo que moldeaba su cuerpo, no se sentía tosco ni rígido.

Cautivada por su pecho ancho y sus hombros fuertes, Freesia lo admiró con total pureza.

«¿Todos los hombres se ven así de cerca?».

Pero… cada vez que él se aproximaba, las sombras que se dibujaban en los músculos de su cintura la hacían sentir avergonzada. La idea de que su imponente presencia física pronto se cerniera sobre ella le dejó la boca seca. Sin embargo, incapaz de obligarse a mirar la parte inferior de su cuerpo, se quedó contemplando torpemente sus propios pies.

No obstante, cuando la mano de él se extendió hacia su rostro, su mirada se elevó por instinto.

—¡...!

—Levanta la cabeza.

—S-sí...

Su esposo estaba acostumbrado a hablar con órdenes. A veces, a ella le dolía su tono de voz, pero comprendía que se debía a su crianza.

Sin embargo, esa noche, su voz sonaba más rígida de lo habitual. Él levantó ligeramente la barbilla, observándola fijamente y sin pronunciar palabra. Aquellos ojos dorados eran imposibles de leer, por más que ella intentara escudriñar en lo profundo de ellos.

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