—Los dragones
ni siquiera pueden distinguir entre diferentes comidas.
—Pero él ni
siquiera lo ha probado.
Ariel
refunfuñó al lado de Merrien. Ya hacía bastante tiempo que ambos habían dejado
la tienda de pudín y ahora se encontraban junto al lago.
El carruaje
estaba repleto de pudines bien envueltos, luego de que compraran todo el
inventario restante del local. A pesar de que la compra ya estaba hecha, él se
negaba a dejar ir el asunto.
—Podríamos
habérnoslos comido todos nosotros.
Sus labios
sobresalían en un berrinche.
—Ya te
comiste cinco en la tienda...
Cielos,
qué hacer con estos celos tan ridículos. Ella sintió el impulso de empujar esos
labios fruncidos de vuelta a su lugar, pero se contuvo. Merrien sabía
exactamente cómo calmarlo cuando se ponía de esa manera.
—Deberíamos
compartirlos con Agnes y los sirvientes, ya que aún no los han probado. Después
de todo, son de los nuestros.
Cuando
enfatizó lo de «los nuestros» mientras lo fijaba con una mirada seria, él cerró
la boca rápidamente. Sus labios pronunciados no solo se suavizaron, sino que
comenzaron a crisparse en una sonrisa.
«Es tan
simple, de verdad».
Los propios
labios de Merrien se curvaron en una esquina mientras tomaba la mano de Ariel.
Que sus ojos se abrieran de par en par al instante fue exactamente lo que ella
había previsto.
—¡Vaya, el
lago! —señaló hacia el frente, fingiendo no darse cuenta.
Con cada paso
hacia adelante, Ariel la seguía como ensimismado, igual que un trozo de papel
flotando en el viento. Pronto, ambos estuvieron frente al lago. Todavía tomados
de la mano.
—...Es
realmente hermoso —expresó Merrien con genuina admiración.
Había pensado
que solo sería brillante cuando le dijeron que era un lago bonito, pero el agua
estaba tan clara que las nubes se reflejaban a la perfección en su superficie.
Las flores a su alrededor parecían florecer por encima de las nubes. El cielo
reflejado estaba impregnado de luz solar, luciendo tal como si se hubiera
disuelto en él pintura al pastel de color naranja.
El lago azul.
Merrien apretó la mano que aún sostenía, y luego giró lentamente la cabeza
hacia un lado. Y, como siempre, se encontró con los ojos azules del hombre que
la observaba.
—Tal como
pensé.
Sí, cada vez
que miraba los ojos azules de Ariel, estos siempre le recordaban a un lago.
—¿Qué?
—Tus ojos son
más lindos.
[♥
142]
[♥
145]
El latido del
corazón de Ariel, que había parecido imperturbable, se aceleró de manera
gradual. A pesar de saber que su corazón corría con locura, Ariel no evitó la
mirada de Merrien.
—Merri.
—...Sí.
—Por el bien
de nuestra gente también, deberías quedarte en la Casa Hartez por mucho tiempo.
¿Verdad?
—...
Merrien no
pudo decir nada ante sus palabras, las cuales daban la impresión de saber algo.
—No, quédate
para siempre. A mi lado.
Lo que
recibió de vuelta no fue una petición sino casi una orden, pero la voz de Ariel
temblaba sutilmente. Como si fuera a llorar en cualquier momento.
Tal vez
contagiada por la atmósfera, y aunque no fuera el amanecer, Merrien también
sintió un nudo en la garganta.
«¿Cómo
podría dejar a esta persona?».
Una emoción
abrumadora se precipitó de repente, estrujándole el corazón. Ariel rozó la
mejilla de Merrien y ladeó un poco la cabeza. Pronto, sus labios se
encontraron.
La visión de
Merrien se nubló. Al cerrar los ojos, algo se deslizó por su mejilla.
Chu...
Después de
que el breve beso terminó, Ariel le dio un rápido piquito más antes de
alejarse. Limpió con suavidad las lágrimas que habían rodado hasta su barbilla
mientras susurraba en voz baja:
—No llores.
...¿Cómo no
hacerlo? Incluso al intentar desviar la vista, la barra de curación en el aire
seguía parpadeando como si exigiera atención. A este ritmo, solo con la
curación —por no hablar del contacto físico— les quedaba menos de un mes
juntos.
Al final,
Merrien esquivó su mirada mientras sollozaba. Hasta hace un momento era Ariel
quien tenía la voz temblorosa como si fuera a llorar, pero la que realmente
estaba llorando era ella.
—...No me
queda mucha curación.
—No, llora un
poco más.
—¿Estás loco?
De verdad, él
no podía ponerse serio ni por un instante. Merrien, cuyas orejas se habían
vuelto rojas, levantó la cabeza olvidando que había estado evitándolo
deliberadamente. A pesar de haber estado llorando justo antes, un sonido de
resignación escapó de sus labios. Cuando volvió a encontrarse con los ojos de
Ariel, estos estaban bellamente entrecerrados por una sonrisa.
—¿Te estoy
diciendo que necesito regresar a la realidad pronto?
—Tus ojos
rojos también son lindos.
No, ¿es que
acaso me estás escuchando? Sin duda uno debería escuchar cuando alguien habla
con tanta seriedad. Él no se estaba concentrando en absoluto. Parecía más
interesado en colocar con suavidad el cabello de Merrien detrás de su oreja.
—¡Ah, de
verdad! —¡¿No debería ponerse serio en momentos como este?! Merrien apartó su
mano con irritación mientras se frotaba los ojos.
—Merri,
dijiste antes que curar a aquellos que van en contra del flujo de la historia
reduce el poder de curación.
Justo cuando
pensaba que estaban volviendo a una conversación normal, incluso esto salía de
la nada. Ahora, hasta sollozar por haber llorado se sentía vergonzoso.
«Ponerme
tan emocional de repente...»
Se prometió a
sí misma no volver a conmoverse frente a Ariel. Como sea, tenía que responder,
pero dado que no era importante de todos modos, Merrien agitó la mano con
desapego.
—El Maestro
de la Torre probablemente sea esa clase de persona, pero no estoy segura. No
quiero arriesgarme a tropezar con él y que algo suceda.
«Tengo que
completar mi poder de curación... para curarte por completo». Se tragó esas
palabras.
—¿De verdad?
Ariel intentó
colocar su mano en la cintura de Merrien, pero en su lugar recibió un manotazo
con un sonido seco. Por un instante, sus pupilas se contrajeron verticalmente.
Por desgracia, Merrien no vio esto. A pesar de haberse besado hace un momento,
pronunció palabras que se sentían bastante distantes:
—Como sea...
Haré mi mejor esfuerzo para curarte, pero vayamos distanciándonos gradualmente.
—No. No
tenemos que hacerlo.
—¿...?
—Hagámoslo
una vez más.
—¿Qué?
Merrien
vaciló cuando Ariel se acercó de repente con actitud dominante. Sin embargo, no
pudo rechazarlo cuando él se inclinó y ella cerró los ojos...
—¿...Merrien?
Se congelaron
ante la voz de alguien. A pesar de que el ambiente se había estado
construyendo, ¿qué podían hacer? Merrien empujó apresuradamente a Ariel y giró
la cabeza hacia la voz. El sonido de un rezongo a su lado le entró por un oído
y le salió por el otro. Pronto, los ojos de Merrien se agrandaron al reconocer
a quien había pronunciado su nombre.
—¿...Charlotte?
—¡Cielos,
realmente eres Merrien! —Charlotte, que había estado observando a Merrien con
una expresión de duda, juntó las manos y exclamó con alegría. Su rostro
resplandecía.
—Jaah.
Ahora, en
lugar de un rezongo, se pudo escuchar un profundo suspiro a su lado. "Lo
siento por eso, ¿pero qué podemos hacer?". Sin importar qué, no podían
dejar que Charlotte los viera besándose. Merrien fijó la mirada hacia el frente
a la fuerza y se apresuró hacia ella. Al encontrarse después de tanto tiempo,
ambas se tomaron de las manos.
—Merrien,
¿qué te trae por aquí?
Ariel
contempló sus manos entrelazadas con una expresión de desagrado. Todo había
salido mal desde que esa Santa interrumpió; no había ni una sola cosa que le
gustara de esto. Sin importar la actitud de él, Merrien miró hacia el lago.
—Ah, tenía
algunos asuntos cerca y recordé que Charlotte dijo que el lago era bonito, así
que pasé a ver.
—¡Nunca
imaginé que Merrien estaría aquí! ...Oh, cielos, saludos, Duque Hartez
—Charlotte, que se había percatado de Ariel tardíamente, le ofreció un saludo
cortés. Sin embargo, él apenas lo reconoció con un leve asentimiento de cabeza.
Una nerviosa
Merrien guio a Charlotte de la mano para pararse ante Ariel. "Jaja",
se rió con torpeza mientras fingía palmear la parte posterior de la cabeza de
Ariel al tiempo que le susurraba al oído:
—Cómo pudiste
saludarla de esa forma.
—El ambiente
era bueno hace un momento.
—...
De verdad,
hay cosas que se pueden decir y otras que no. Qué vergüenza. Merrien giró la
cabeza bruscamente y sonrió fingiendo que no pasaba nada. Por fortuna,
Charlotte no parecía estar ofendida. Pero...
—¡Yo también
tenía asuntos cerca, qué coincidencia! Hay una tienda de pudín increíblemente
delicioso por allá, pero dijeron que todo se había agotado justo antes de que
yo llegara.
Lo que
escuchó fue suficiente para morderle la conciencia. El rostro de Charlotte se
ensombreció por la preocupación y la atmósfera se volvió lúgubre de repente.
Una sobresaltada Merrien abrió la boca.
«¡Charlotte
no pudo comprar pudín por mi culpa!».

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