Creí haber curado al hermano enfermo del villano - Capítulo 45

Capítulo 45

 

—...¿Tú también crees que los dragones son el origen de las bestias mágicas?

La primera impresión de Agnes no había sido más que arrogancia. Tan pronto como su violenta pelea terminó, Agnes habló en voz baja, intentando mantener la dignidad.

Con un enorme chichón en la cabeza.

Ariel frunció el ceño al ver a Agnes contemplando el abismo desde el acantilado, todo golpeado y cubierto de sangre.

—¿De qué estás hablando? No podría importarme menos. Fuiste tú quien bloqueó mi camino y terminó de esa forma.

—...¿No se supone que el Maestro de la Torre tiene un contrato con la familia Imperial para exterminar a las bestias mágicas?

Agnes, que había estado contemplando el cielo oscuro donde no se veía nada, giró la cabeza como si encontrara algo extraño.

—Acepté atrapar bestias mágicas, no dragones. Su energía es por completo diferente.

—...

—Tú. Eres el último dragón que queda.

Agnes contuvo el aliento, impactado por esos ojos azules que no mostraban ni interés ni hostilidad; solo una pura y completa indiferencia hacia todo lo que los rodeaba. A lo largo de sus siglos viviendo oculto y topándose con diversos humanos, jamás se había encontrado con alguien como él.

—...

Tras quedarse absorto en sus pensamientos por un momento, Ariel se pasó la mano por el cabello, por encima de su máscara. Luego, le devolvió la nota a Seren.

—Ese Agnes está en la mansión Hartez ahora mismo.

—...¡¿Qué?! ¿A qué se refiere?

Seren, que estaba recibiendo la nota con cuidado, casi la deja caer de nuevo por la sorpresa. ¿Por qué el dragón, que se había marchado a toda prisa para conseguir medicina, estaría en la mansión Hartez? La Santa, a quien este excéntrico Maestro de la Torre tanto atesora, también estaría allí...

Seren, después de guardarse a salvo los documentos y la nota en el pecho, movió los ojos de un lado a otro.

—Es una larga historia. Continúa con tu investigación. Avísame si necesitas la ayuda de Agnes.

—Sí, por supuesto.

Como era de esperarse, Ariel no iba a dar explicaciones. "Solo haz lo que se te ordena", refunfuñó Seren para sus adentros.

—Christopher. A ti también te veré la próxima vez.

—...Gañido.

A pesar de que su voz fue gentil y suave esta vez también, la bestia mágica tembló, emitiendo un sonido similar a los lloriqueos que hacía Agnes en su forma de dragón bebé.

—Oh, por favor, Maestro de la Torre. Cuando lo dice de esa manera, suena como una amenaza de muerte para la próxima ocasión.

Al darse cuenta de que algo andaba mal, Seren le ofreció un consejo. Ariel ladeó la cabeza y corrigió sus palabras:

—Te colmaré de más amor la próxima vez.

Aunque dijo esto con una sonrisa radiante, pareció tener el efecto contrario. Christopher se desmayó en el acto echando espuma por la boca.

—¡Oh, nooo!

A pesar del lamento de Seren que acompañó al fuerte estruendo de algo pesado desplomándose, Ariel no lo escuchó, ya que se había teletransportado a toda prisa de regreso a su habitación.

*******

—Merri, sobre esa cita que mencionaste antes.

—¿Quieres que vayamos hoy?

—Sí.

De alguna manera, se sentía como si hubiera vuelto a ser el de siempre. Durante los últimos días, Ariel había permanecido en su forma de Blanquito, ofreciéndole la cara constantemente como si suplicara que lo acariciara. Además, cada vez que Merrien intentaba mirar a Agnes, él gruñía y le bloqueaba la vista con sus patas delanteras. Incluso al tomar su medicina, bajaba las orejas y actuaba deprimido, lo cual era bastante problemático.

Por supuesto, tocar el lindo y esponjoso pelaje de Blanquito y las almohadillas rosas de sus patas era algo que la hacía feliz. Pero aun así...

«Prefiero este rostro apuesto».

A Merrien le gustaba ver el rostro de Ariel después de tanto tiempo. Le costaba evadir sus ojos cada vez que las comisuras de los labios de él se curvaban ligeramente. Ariel, que había recibido la curación con parsimonia, se recostó cuan largo era sobre la mesa con la cabeza un poco ladeada para mirar a Merrien. A estas alturas, ella no podía ignorar esa mirada tan descarada. Claramente parecía querer algo.

—Está bien, entonces. ¿Hay algún lugar al que quieras ir?

—Sí. A la tienda de pudín.

—Debió de haber estado delicioso. Ah, ¡me pregunto si a Agnes también le gustará el pudín!

—...

Acababa de hablar sin pensar. La atmósfera se volvió incómoda ante la repentina mención de ese nombre. Agnes, que había estado recibiendo su medicina en silencio, quedó atrapado en el fuego cruzado sin tener la culpa.

—No sé qué es el pudín, pero como dragón, no me interesa nada en particular.

Su voz era sumamente profesional y rígida mientras hablaba con rapidez. El que había sido un dragón diminuto hasta hace un momento, de alguna manera se había transformado en la apariencia de un niño pequeño.

—¿En serio? Podrías cambiar de opinión si lo pruebas. Pero he estado pensando, realmente hablas como un anciano en el cuerpo de un niño.

—Bueno, al ser un dragón, supongo que soy diferente a los humanos en ciertos aspectos.

...O tal vez no. ¿Más bien como una máquina en lugar de un alma vieja? Mientras Merrien ladeaba la cabeza y movía los ojos de un lado a otro, una conversación muy silenciosa transcurrió entre los dos hombres sin que ella lo supiera.

«Qué clase de tontería es esa».

«No lo sé. Simplemente terminó así».

Cuando Merrien giró la cabeza de repente, pareciendo recordar algo, los dos cortaron su conversación de golpe.

—Ah, yo también tengo un lugar al que quiero ir. Escuché que hay un lago realmente hermoso. No queda lejos de la tienda de pudín, así que podríamos visitarlo.

—¿Un lago?

Ariel se sentó derecho como si nada hubiera pasado y se sostuvo la barbilla. Esa mirada intensa significaba "no mires a ningún otro lado". Merrien detectó una extraña obsesión en esa mirada. ¿De qué podría estar celoso respecto a este niño pequeño? Había creado una tensión innecesaria al mencionar el nombre de Agnes sin motivo alguno.

—Sí. Charlotte me dijo que es tan hermoso que muchos nobles van allí a hacer turismo.

Hizo un gesto exagerado, formando un círculo grande con ambas manos.

—Parece que te has vuelto bastante cercana a esa Santa.

—¿Por qué? ¿Celoso?

—Sí.

Ariel parecía no tener intenciones de ocultarlo más. Su insensata obsesión no conocía límites de género ni de edad. Cuando ella había lanzado la broma a la ligera, la inmediata afirmación de él hizo que Merrien se congelara. Se quedó sin palabras, abriendo y cerrando la boca inútilmente.

Agnes se reclinó con comodidad contra la silla. Sosteniendo galletas y una taza de té mientras se reía entre dientes por la conversación de ambos, parecía haber olvidado por completo cómo había estado encogiéndose bajo la mirada de Ariel hace solo unos momentos.

—Pero no estoy enojado. Escuché que esa Santa ha estado aplastando el orgullo de otras jóvenes damas.

Ariel también sonreía con picardía. Habló con desapego mientras miraba a la estupefacta Merrien. El matiz obsesivo de sus ojos de hace un momento había vuelto más o menos a la normalidad.

—...¿Cómo lo sabes?

—Ya está por todos lados en los rumores. Que las dos Santas son muy cercanas.

¿Cómo es que se enteraba de estos rumores? ¿Debería estar agradecida de que el tema hubiera cambiado? Aun así, él ya lo sabía todo, por lo que no había nada más que decir.

«Dijo que no tenía amigos. ¿Acaso tiene su propia red de información?».

Merrien entrecerró un ojo y miró fijamente a Ariel, pero esos ojos confiados que se encontraron con los suyos no revelaron nada.

«Bueno, supongo que es así. Así fue como pudo conspirar con el Emperador para castigar al Sumo Sacerdote y al conde Montina».

Él también debió de haber sabido sobre los rumores de ellos desde el principio y fingió desmayarse. En realidad, había muchas cosas que quería preguntarle a Ariel, de principio a fin. Pero dada su personalidad, si se lo fuera a contar, ya lo habría hecho. Pasarlo por alto en silencio de esta manera significaba que no tenía la menor intención de decírselo.

La cabeza de Merrien se inclinó hacia el suelo. Sus párpados pesados cubrieron sus ojos a medias. Ariel no pudo haber pasado por alto esa energía amarga.

—Mi hermano es el Maestro de la Torre, así que al menos debería saber esto.

—...Sí, es verdad.

Aunque parecía que le estaba ocultando más de una cosa, decidió retirar su mirada suspicaz. Sin embargo, Agnes, que había estado observando con interés mientras tomaba varias galletas, de repente cambió su expresión a una de confusión.

—Su hermano es el Maestro de la To...

En el momento en que abrió la boca, Ariel arrojó una de las pocas galletas que quedaban en la mesa dentro de la boca abierta de Agnes.

—La To... Sí. Es verdad.

En ese instante, algunos susurros tácitos pasaron entre los dos, y Agnes refunfuñó mientras masticaba la galleta. Incluso asintió con la cabeza a toda prisa. Ariel, que había estado relajado hasta hace un momento, se levantó de repente. Parecía un tanto apurado.

—Vámonos. Necesitamos estar de vuelta antes de las seis.

—¿Ah? Está bien.

—Agnes. Regresa a tu habitación.

—Sí.

"Regresa justo después de terminar la curación". Ariel apretó los dientes mientras pasaba rápidamente al lado de ellos.

Agnes, que había aceptado obedientemente, no se molestó en transformarse de nuevo en dragón. Tenía la intención de seguir a las dos personas, caminando con pasos pequeños. Sin embargo, el sensible amo de la Casa Hartez no los esperó.

¡Creeak... Bam!

La puerta se cerró de golpe con una fuerza furiosa, justo en la cara de Agnes.

—Hmm, ya veo.

Agnes, que se había detenido frente a la puerta, ladeó la cabeza. No parecía enojado en absoluto. Más bien...

—Así que ha estado ocultando que es el Maestro de la Torre.

Sus ojos eran feroces a pesar de tener las mejillas infladas por masticar galletas.

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