La tumba de los cisnes - Capítulo 4
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal a Anna, como si una bestia oculta en la penumbra estuviera cazando a su presa. Cerró los ojos con fuerza y se echó a temblar.
Pronto, la mano de él tocó su cabello. Su melena negra, como si hubiera absorbido toda la oscuridad, se deslizó entre sus dedos como arena movediza.
—Abre los ojos.
Susurró con suavidad, casi como un gruñido. Ella no quería abrirlos, pero Anna carecía del valor para desafiar la orden de Rothbart. Despacio, separó sus párpados firmemente cerrados. Sus pestañas temblaban, cargadas de inquietud.
—Como lo imaginaba.
¿Qué era lo que Rothbart había querido confirmar? Anna, sin saber nada, solo temblaba en la oscuridad.
¿Cuánto tiempo había pasado?
De repente, algo le apresó el cuello. Era la mano de Rothbart. No quería morir así. Convencida de que tenía la intención de estrangularla, Anna reaccionó tardíamente y suplicó de forma frenética por una pizca de piedad.
—Yo... haré lo que sea si me deja vivir. Jamás volveré a entrar a esta habitación. Solo tenía curiosidad. No le diré a nadie lo que vi... mmph...
Sin embargo, lo que le robó el aliento no fue la fuerza bruta de su mano, sino unos labios que devoraron los suyos como si quisieran consumirla por completo. Sus labios sepultaron los de ella y, al poco tiempo, él paseó la lengua por sus dientes como para confirmarlos, rozando una y otra vez la punta de su canino inferior izquierdo, que era particularmente afilado.
—Uhh, nngh, amo, mm...
Las manos de Anna intentaron empujar ese pecho duro como la piedra, pero él la ignoró y continuó besándola.
El inesperado beso sumió su mente en el caos. Intentó recuperar el juicio, pero cada vez que la lengua de Rothbart barría el interior de su boca, sus frágiles pensamientos se dispersaban como polvo, dejándola únicamente jadeando, arrastrada por el beso.
Mientras tanto, la mano de él le subió la falda hasta la cintura. Acto seguido, le bajó la ropa interior y los pololos; la rudeza de sus manos estuvo más cerca de desgarrar las prendas que de quitárselas. Las costuras se rompieron de forma audible.
Su carne expuesta relucía por la humedad. Rothbart tragó saliva con fuerza una y otra vez, con la mirada fija y hambrienta entre los muslos de ella.
—Tan empapada...
La voz que un momento atrás la había amenazado con la muerte se volvió dulce ahora, como si todo hubiera sido una mentira.
Sus labios se curvaron de manera antinatural, revelando sus dientes blancos. En medio del manto negro, solo podían verse sus colmillos relucientes. Como una bestia que muestra los dientes en una mueca grotesca, Anna jadeó mientras lo miraba. Un hilo de saliva, que no sabía de cuál de los dos provenía, escurría de sus labios entreabiertos.
Anna pensó que debía resistirse con más fuerza, pero por alguna razón no pudo. Tal vez se debía a que, al borde de la muerte, apenas había vislumbrado una luz de esperanza.
En un instante, la actitud de Rothbart había dado un vuelco rotundo, y el instinto le decía que su ejecución se había postergado. A esa certeza le siguió de inmediato el regreso de la bruma que nublaba sus sentidos. Aunque la vela se había extinguido, la fragancia dulce del incienso continuaba saturándolo todo.
Sentía el cuerpo como plomo derretido. Caliente, pesado... algo andaba mal.—Haah...
Solo entonces Anna se dio cuenta de que el incienso que Rothbart había encendido al entrar a la habitación contenía un afrodisíaco. Pero ya era demasiado tarde. Su cuerpo, impregnado con la droga, se había vuelto tanto hipersensible como incapaz de reaccionar.
A diferencia de su cuerpo flojo, su mente aún no se había adormecido por completo. Podía prever lo que estaba a punto de sucederle. Él inevitablemente la ultrajaría. Era como una profecía de la que no podía escapar, y aun así, se aferró a una súplica inútil.
—Amo, por... por favor, perdone...
—Me das la bienvenida. Tú también me extrañabas, ¿verdad? ¿No es así?
Era Rothbart quien había estado más cerca del incienso. Anna estaba segura de que él se encontraba bajo los efectos de la sustancia y la estaba confundiendo con la marquesa. De lo contrario, por qué él, que jamás la había considerado más que a una rata, actuaría de repente de esta manera...
La alucinación nacida de la droga le había perdonado la vida por el momento, pero aquello no era del todo una bendición. Cuando él volviera en sí más tarde... bien podría enfurecerse como el fuego, furioso de que la marquesa, a quien reverenciaba como un santuario, hubiera sido mancillada. Si eso ocurría, la estrangulación podría haber sido un final más piadoso...
Tenía que escapar de esta situación de alguna forma. Sin embargo, al contrario de lo que dictaba su razón, la entrada de Anna se abría y cerraba repetidamente, liberando jugos translúcidos. Forzado al celo, su cuerpo ya había terminado de prepararse para aceptar al macho, y el imponente hombre ante ella captó el aroma con agudeza.
Separando los pliegues de su intimidad empapada y destilante, algo enorme se abrió paso hacia el interior. El dolor, demasiado agudo para ser olvidado incluso con la droga, le tajó la carne, haciendo que Anna se retorciera y sollozara.
—¡Haaak! ¡Ah, duele, ah, aah...! A... amo, lo siento, por favor, deténgase...
—Roth.
Rothbart susurró mientras frotaba su nariz contra la mejilla de Anna. Su voz húmeda se pegó con viscosidad al borde de su oído. Como algo con vida propia, la humedad reptó por su conducto auditivo directo a su cerebro.
—Llámame Roth.
Rothbart arremetió con la pelvis con fuerza y tiró de la cintura de ella hacia sí. Ella gritó como un animal atrapado entre barras de hierro.
—¡Ahhk!
—Tienes el derecho.
Mientras decía esto, sus ojos se curvaron en una sonrisa. En lo rojo de su mirada existía Anna, cuyo rostro se contraía por el dolor y a la vez se encendía de calor. Parecía estar debatiéndose, sumergida en sangre.
—Actúas como una virgen. Me recuerdas a tu primera vez.
—¡Ah, ah!
También en ese entonces, piabas como un pajarillo...
—Duele, ah, ngh, nngh... ¡ah!
Cada vez que el miembro de Roth perforaba su cuerpo, el contenedor de Anna se hacía pedazos y se volvía a reconstruir. No alcanzaba a distinguir si su cuerpo se estaba adaptando a él, o si simplemente él conocía su anatomía demasiado bien.
Con aquellos implacables movimientos sacudiéndola, Anna olvidó que tenía novio, olvidó que esta era su primera experiencia. Entregó su cuerpo entero al placer que Rothbart le otorgaba, abriendo las piernas en señal de sumisión y dejando escapar gemidos húmedos.
—¡Ah, aaah, Roth, ah...!
En el momento del clímax, detrás de la imponente silueta de Rothbart, el retrato de la marquesa se desdibujó, parpadeando hasta desaparecer de vista.
En medio de su nublada visión, Anna no fue capaz de capturar nada más que ese par de ojos rojos que parecían atravesarla por completo.
Anna había sido una estudiante universitaria común y corriente en Corea del Sur.
Entonces, de repente, había caído en otro mundo. Lo que la recibió fue una aldea que lucía como la Europa de antes de la industrialización. De haber caído sola, se habría desatado el pánico, pero, por fortuna o por desgracia, su novio Jo Sehyun la había acompañado en este extraño viaje dimensional.
Apoyándose el uno en el otro, lograron recuperar la compostura relativamente rápido. Aunque no podían leer la escritura de este mundo, sí que entendían el idioma hablado, por lo que Anna y Sehyun intentaron desesperadamente camuflarse en aquel lugar desconocido.
Los llamativos jeans y la camiseta de Anna fueron intercambiados con la esposa de un granjero por un vestido viejo, un delantal y unas cuantas monedas de cobre. Con esas monedas, compraron ropa de trabajo para Sehyun. Como la camisa y los pantalones de él no diferían mucho de las vestimentas de este mundo, decidieron conservarlos por si acaso. Tener al menos una muda de ropa decente parecía una decisión sabia, en caso de que necesitaran verse presentables al buscar empleo.
Vagaron de un lado a otro, buscando cualquier trabajo que pudieran encontrar: costura, quehaceres domésticos, cepillar caballos...
Afortunadamente, tal vez porque en este mundo había otras personas provenientes del mismo continente oriental que compartían su apariencia, la gente los trataba con distancia, pero no con un rechazo absoluto.
Así, pasó bastante tiempo desde que ambos se establecieron en la aldea. A medida que los aldeanos se acostumbraban gradualmente a los extraños del continente oriental, empezaron a compartir historias sobre el trágico destino de la propiedad del señor feudal de aquellas tierras lejanas.
La casa del marqués Lohengrin, gobernante del dominio, había ayudado al rey fundador a establecer el reino mil años atrás. Durante generaciones habían gobernado bien sus tierras, pero en cierto punto, bajo el control de la corona, la familia comenzó a declinar. Desde el mismísimo nacimiento del actual jefe de la casa, Rothbart Lohengrin, las desgracias habían azotado el hogar sin tregua.


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