La tumba de los cisnes - Capítulo 3
Mientras Anna se mordía los labios, devanándose los sesos sobre qué hacer a continuación, sus aguzados oídos captaron el leve roce de una tela. Luego vino el crujido de la ropa, seguido por el largo suspiro de un hombre, como si acabara de liberar su tensión.
—Haa...
El retumbo gutural de su garganta se adhirió a sus oídos como el gruñido de una bestia. La piel se le erizó de escalofríos. El continuo sonido de la fricción y aquellas respiraciones pastosas hicieron que Anna levantara la cabeza antes de darse cuenta. A través de la estrecha rendija de la cortina, alcanzó a vislumbrar una escena sutil, una que apenas podía creer.
La mano de Rothbart acariciaba su propia entrepierna. Sus dedos se movían lentamente sobre el bulto de sus pantalones, con un significado desvergonzadamente claro. Anna olvidó incluso apartar la mirada, contemplando la escena con los ojos abiertos de par en par.
No era tan ingenua como para no entender lo que estaba haciendo. Allí estaba él, de pie ante la chimenea, frotando su rostro contra el retrato de la marquesa mientras se daba placer a sí mismo.
Pronto, con manos rudas y apresuradas, desabrochó la hebilla de sus pantalones. El ornamentado broche dorado brillaba tenuemente en la oscuridad con cada movimiento.
Entonces, de la abertura aflojada de sus pantalones, emergió algo. Largo, grueso... una presencia tan evidente que ni siquiera la oscuridad podía ocultar. Para Anna, era la primera vez que veía el miembro de un hombre en la realidad.
Ante semejante acto obsceno, Anna estuvo a punto de gritar, pero logró ahogar el sonido con la mano. Conteniendo la respiración, se agachó y observó en silencio sus acciones. Sus ojos, clavados en el sitio, seguían los movimientos de aquella mano como si estuviera hipnotizada.
Luego, él escupió con crudeza sobre su propia palma. Para alguien cuya sola apariencia encarnaba la nobleza, y cuyo comportamiento en esta habitación había sido casi obsesivamente meticuloso, este acto vulgar resultaba tan fuera de lugar que a Anna se le secó la boca.
Usando la saliva como lubricante, rodeó su miembro y comenzó a masturbarse con brusquedad. Incluso con su mano grande, le tomaba tiempo a su palma recorrerlo desde la punta hasta la base.
Con cada embestida, el líquido preseminal brotaba de la inflamada punta y goteaba hacia el suelo. Él presionaba su enorme anatomía contra el lienzo, como si intentara arrancar a la figura de su interior o forzarse a sí mismo a entrar en la pintura, gimiendo todo el tiempo.
—Debes de estar feliz así, ¿verdad? ¿Eh? Siempre fuiste de esa manera. Fingiendo que me lo darías todo, para al final escaparte de mí...
Su voz resquebrajada era a la vez desesperada y furiosa, ardiendo de pasión y amargura. Aun sabiendo que era con la marquesa del retrato con quien suplicaba, su voz se clavaba en los oídos de Anna como golpes sobre hierro, pegajosa e inescapable.
Entre las sirvientas, algunas discutían si el marqués realmente seguía amando a su difunta esposa o si solo lo aparentaba. Pero en este instante, Anna estuvo segura de la verdad: nada podría reemplazarla jamás para él.
Para él, la mujer más allá del retrato era, incluso sin carne, una tentadora que hechizaba su alma, un santuario que embriagaba su mente.
El noble que se jactaba más que nadie de su austeridad se estaba masturbando ahora ante el recuerdo de su esposa muerta. Este acto, a la vez tierno y obsceno, agitó algo oculto en lo profundo de la propia naturaleza de Anna, despertando un estremecimiento voyerista. El calor se propagó por su cuerpo y sintió una punzada en el bajo vientre.
Sin embargo, jamás había sentido una excitación semejante. Se convenció a sí misma de que esa repentina presión en su cuerpo no era más que la urgencia de ir al baño. Solo deseaba que Rothbart terminara pronto y saliera de la habitación. Cruzando las piernas con fuerza, se mordió los labios severamente.
En ese momento, Rothbart soltó un gemido bajo y ahogado.
—Haa, Ianna...
Esa única palabra la golpeó como un rayo, atravesándole la cabeza e impactando directo en su corazón. El verdadero nombre de Anna era «Ianna».
Y, extrañamente, parecía que la marquesa había llevado el mismo nombre.
Aunque poco común, no era del todo único. Tal vez la marquesa extranjera lo había elegido como un nombre falso para adaptarse a este lugar.
Justo como su novio Sehyun, a quien ahora llamaban Joseph aquí...
Considerando las posibilidades, era completamente plausible que la marquesa compartiera su nombre. Anna se llevó la mano al pecho, que le latía con fuerza, sobresaltada por la repentina coincidencia.
Pero cada vez que Rothbart exclamaba «Ianna» con esa voz vulgar, no podía quitarse la ilusión de que la estaba deseando ferozmente a ella en su lugar. Mantener la compostura era imposible.
Ya fuera por estar detrás de la cortina o porque mantenía la boca firmemente cerrada, su respiración se volvió asfixiante. La fragancia dulce y seductora del incienso le provocaba la nariz. Ese aroma, flotando justo al borde de su olfato, parecía adormecerle la cabeza en un torbellino.
—¡Maldición, el hedor de una ramera!
Rothbart, absorto en los movimientos de su mano, soltó de pronto una maldición y pisoteó el suelo con irritación. Luego, arrojó violentamente el objeto que estaba sobre la repisa de la chimenea. Tan pronto como el incienso encendido cayó al suelo, su bota extinguió la llama.
Anna, conteniendo hasta el aliento, se concentró únicamente en los movimientos de Rothbart más allá de la cortina, rezando con desesperación.
«Por favor, por favor, que no me descubra...».
Como si se burlara de ella, una mano grande y pálida se coló de repente por debajo de la cortina y le sujetó el tobillo con salvajismo. El dolor, como el de caer en una trampa, casi hace que Anna gritara. Pero como si tuviera la garganta sellada, no emitió ningún sonido.
La habían atrapado. El impacto dejó su mente en blanco, incapaz de pensar.
—¿Pensaste que no te descubriría apestando de esta manera? Criaturas mugrientas y viles. Sin falta, estas plagas siempre terminan asomando la cabeza tarde o temprano.
Rothbart hablaba de forma incoherente, como escupiendo lo primero que le venía a la mente.
Anna se aferró a la chimenea intentando resistirse, pero Rothbart tiró de su tobillo con una fuerza implacable. Un dolor punzante la invadió, como si sus huesos se fueran a fracturar bajo su agarre. Su cuerpo fue arrastrado por el suelo, siendo sacada poco a poco de detrás de la cortina.
—¿Te atreves a entrar en este lugar? Criatura rastrera como una rata. Debo mostrarte lo que les ocurre a quienes se atreven a poner un pie aquí.
La siniestra risa de Rothbart le heló la sangre. Ya fuera intencionalmente o no, la arrastraba despacio, aterrorizándola todavía más.
Ella no era la primera sirvienta que se colaba en esta habitación. Había habido otros que, codiciando los objetos de valor de la marquesa, se habían escabullido al interior... y Anna sabía muy bien que su destino siempre había sido la muerte. Ese era el castigo por aproximarse a lo que llevaba la marca del tabú. Sin embargo, aun sabiendo aquello, se había visto obligada a entrar.
Las lágrimas se acumularon y rodaron por el rostro de Anna.
—Tu sangre plebeya tampoco sería jamás bienvenida por mi esposa... Debería servir de alimento para los cerdos.
Anna sabía que él no estaba amenazando solo con palabras. Aunque la tenía sujeta por el tobillo, sentía como si su mano le apresara la nuca, asfixiándole el aliento. ¿Era este realmente el final? Morir como una desconocida en este mundo extranjero... «No. No puedo morir de esta manera...».
—Lo... lo lamento, amo... por favor, perdóneme... —tartamudeó Anna, temblando, forzando las palabras a salir de sus labios, aferrándose a cualquier súplica que pudiera convencerlo. Los pensamientos se dispersaban y se reformaban en su mente frenética, buscando desesperadamente algo que pudiera conmoverlo.
Pero el agarre de Rothbart era despiadado. El cuerpo de Anna fue sacado por completo de detrás del cortinaje. Solo entonces se enfrentó finalmente a la enorme figura que se cernía sobre ella.
El último destello de la vela que había iluminado tenuemente la habitación se extinguió, dejando únicamente una densa oscuridad. Lo que alcanzaba a ver no era más que una vaga silueta entre las sombras y el penetrante brillo de sus ojos rojos.
¿Eran los ojos de una bestia, o los de un demonio?
Aunque ambos permanecían en la misma penumbra, sus visiones no eran iguales. Mientras Anna no podía ver nada, Rothbart le clavaba la mirada en el rostro sin pestañear.


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