Habla, Oh, Santidad - Capítulo 12
Incierta pero
resignada a obedecer, se obligó a levantar la mano, sobreponiéndose al dolor
para alcanzar el vaso. Pero justo cuando sus dedos temblorosos se acercaban,
McClart apartó el vaso, con la mirada fija en su vacilante agarre con evidente
irritación.
—Qué molesto.
Murmurando
con fastidio, sacó una llave de su bolsillo. Con un movimiento rápido, el peso
de las esposas que presionaban fuertemente sus muñecas desapareció. En una
decisión impaciente, le había liberado las manos. Sin esa carga, su mano se
estabilizó, y cuando McClart le tendió el vaso de nuevo, pudo tomarlo
correctamente.
Aunque Vienny
sostenía el vaso, todavía le costaba asimilar la situación. Miró el agua
confundida, mientras McClart arrastraba una silla y se sentaba frente a ella.
—Bébelo y
aclara tu garganta. No quiero escuchar ese sonido chirriante.
Así que
quería que bebiera, aclarara la voz y luego le contara su sueño. Vienny se
quedó estupefacta ante este inesperado acto de amabilidad. ¿McClart Hemlock
ofreciéndole agua? ¿Podría estar envenenada? ¿O mezclada con alguna otra cosa…?
—¿Acaso tu
cerebro revierte al de una bestia cada vez que conectas?
—N-No, señor.
Por extraño
que pareciera, su habitual tono burlón la tranquilizó; este era el McClart que
conocía. Con renuencia, se llevó el vaso a los labios.
Hacía tanto
tiempo que no se daba el lujo de beber agua limpia. Solo tenía la intención de
mojarse la garganta, pero antes de darse cuenta, la estaba engullendo, vaciando
el vaso por completo.
El movimiento
repentino hizo que sus labios agrietados se partieran, sangrando por un pequeño
corte, aunque no le dio importancia. Al inclinar la cabeza hacia atrás mientras
bebía, un fino rastro de agua mezclada con sangre le resbaló por el cuello.
Tan pronto
como bebió, una preocupación repentina le cruzó la mente: ¿y si terminaba
escupiendo sangre? Sus hombros se tensaron, pero no sintió nada inusual.
Dejando con cuidado el vaso vacío, Vienny aclaró su garganta y lanzó una mirada
cautelosa a McClart antes de abrir los labios para hablar.
—Estaba
vagando por el bosque, luego… vi una fogata. Me acerqué y… fui cazada.
—¿Por qué te
acercaste a la fogata?
—Tenía
hambre… no, la bestia tenía hambre… Intentó atacar a una persona. Pero antes de
que pudiera atacar, la mataron. Eso es todo.
Una risa baja
retumbó en el pecho de McClart.
—El lugar
donde apareció esa bestia era un cementerio, justo detrás de mi castillo. ¿Un
grupo acampando allí ahora? ¿Y lo bastante hábil como para repeler el ataque de
una bestia de un solo golpe, en plena noche?
Pensándolo
bien, incluso si la bestia hubiera vagado lejos, probablemente se mantendría
cerca de su hábitat, lo que significaba que debía haber estado en esa zona.
¿Habría siquiera un sendero para viajeros cerca del cementerio? Al no estar
familiarizada con la geografía local, Vienny no supo cómo responder a las
preguntas de McClart.
—¿Acaso
apareció un aquelarre de brujas e intentó llevarte? —preguntó él con tono
burlón.
Estaba claro
que McClart no le creería. No era de extrañar; ella podía decirle cualquier
cosa sobre sus sueños y él no tendría forma de comprobarlo.
Tampoco es
que tuviera motivos para confiar en ella. Al final, Vienny decidió relatar lo
que había visto de la manera más sencilla posible.
—No era una
bruja. Solo… una persona común con ojos negros.
Quizá debió
omitir el detalle de la caravana. Mencionarlo solo había despertado sospechas
innecesarias. Se mordió el labio, reprendiéndose en silencio por su falta de
previsión.
Sus labios,
aún húmedos por el agua, se partieron ligeramente bajo la presión de sus
dientes, y un escozor le recordó su nerviosismo. El esfuerzo por calmar sus
pensamientos la ayudó, y Vienny se preparó para recibir otra mueca de desprecio
de McClart. Pero, en su lugar, él permaneció en silencio, sentado con las
piernas cruzadas y una expresión inusual en el rostro.
—¿Ojos
negros?
—… Sí.
McClart se
frotó la barbilla, pensativo, con los ojos fijos en Vienny con una intensidad
implacable que la hizo sentir incómoda. Ella bajó la cabeza instintivamente.
Ahora que la
había visto en pleno trance de la conexión, esperaba que la enviara de regreso
a su habitación. No se atrevía a desear la celda subterránea, pero al menos
quería que la dejaran sola.
Sin embargo,
las plegarias de Vienny nunca habían sido escuchadas, y esta vez no fue la
excepción. En lugar de despacharla con una orden despectiva, McClart introdujo
un tema completamente diferente.
—¿Eras tú… la
niña que las brujas ofrecían cada estación?
Vienny apretó
los labios, incapaz de ocultar el leve temblor en sus pestañas.
—Así que las
brujas, lo bastante infames como para evitar incluso los desastres naturales,
han eludido los problemas tomando prestados los sentidos de las bestias
—reflexionó él, con un tono cada vez más sombrío.
Ya no
necesitaba ninguna explicación por parte de ella.
—Y por eso te
buscaban en cada caza… y morían.
McClart
parecía estar cada vez más seguro con cada palabra, como si las piezas
finalmente hubieran encajado en su lugar.
—Ahora que no
queda ninguna bruja que les advierta de la misma manera, serán cazadas
indefensas.
De una forma
retorcida, era una estrategia práctica de supervivencia. Si una persona sufría,
el resto de su especie podía vivir en paz. Se mirara por donde se mirara, era
un acuerdo ideal. Incluso el título de "Gran Bruja" le encajaba;
realmente las lideraba, aunque fuera de una manera abnegada.
Los labios de
McClart se curvaron con desprecio. No la habían matado en un altar, pero
aquello no se diferenciaba en nada de un sacrificio humano. Simplemente la
dejaban morir lentamente, poco a poco. Parecía que las brujas eran, en efecto,
adoradoras demoníacas que necesitaban ser purificadas.
—Si puedes
conectar con un animal dejando que beba tu sangre, ¿qué pasaría si un humano
bebiera tu sangre?
—¿Q-Qué?
—He
preguntado qué pasaría si un humano bebiera tu sangre.
El rostro de
Vienny se volvió pálido, con la expresión congelada por el horror. Abrió la
boca ligeramente, pero no le salieron las palabras. Al notar que McClart
fruncía el ceño con irritación, respondió apresuradamente.
—Se… se
convertiría en un demonio.
Sus palabras
salieron casi como una advertencia, portando una inquietante sensación de
certeza.
—Cualquiera
que beba mi sangre pierde la cabeza y se convierte en un demonio.
Era imposible
ignorarlo.
McClart
observó la tensa reacción de Vienny antes de levantarse con casual
indiferencia.
—Como era de
esperar, la sangre de bruja sería veneno para cualquier humano —comentó,
volviendo a colocar la silla en su sitio.
Parecía haber
terminado con ella, y Vienny se descubrió jugueteando con el vaso vacío entre
sus manos. McClart arrojó unos libros de la mesa hacia la habitación principal,
descartándolos como si fueran una distracción menor.
Se desabrochó
el botón superior de la camisa, reflejando el cansancio en su rostro. Al ver
esto, Vienny habló con cautela.
—Ahora que ha
averiguado todo lo que quería, ¿me enviará de regreso a mi habitación?
—Difícilmente.
Su respuesta
no fue la que Vienny esperaba. Le lanzó una mirada desinteresada y su voz sonó
fría al hablar.
—Ahora que sé
que eres una bolsa de veneno viviente, ¿por qué iba a arriesgarme a dejarte ir?
Vienny se
quedó sin palabras, sintiendo cómo se le escapaban las explicaciones que quería
dar. Sin inmutarse, McClart abrió la puerta y le dio una orden al soldado que
esperaba afuera.
—Trae a
Pepin.
Parecía que
tenía la intención de que volvieran a curar sus heridas. Lo que significaba que
la dejarían allí, atada y perdiendo el tiempo, exactamente igual que antes.
Sus labios se
entreabrieron ligeramente, pero se tragó el suspiro que se formaba en su pecho
y bajó la mirada. Dejando a un lado el vaso vacío, se miró las manos.
Las esposas
descartadas yacían junto a ella, arrojadas con descuido por McClart. La nueva
ligereza en sus muñecas, liberadas de aquel peso, se sentía tanto extraña como
rígida. Giró lentamente las articulaciones, escuchando un leve crujido a medida
que se adaptaban.
Sabía que
pronto le volverían a poner las esposas. Pero, por un breve instante, quería
saborear esta fugaz libertad, sentir sus manos moverse sin restricciones.
—Ahora que no
tienes las esposas, ¿crees que puedes escapar?
La voz de
McClart tenía un matiz cortante, interpretando los movimientos de Vienny como
algo más.
—Considéralo
una recompensa por cooperar y responder correctamente. Así que abandona
cualquier sueño tonto y acepta lo que se te ha dado con gratitud.
Casi sonaba
como si estuviera diciendo que no volvería a encadenarla. Vienny, que había
estado frotándose la piel amoratada y purpúrea de sus muñecas, lo miró.
McClart se
apoyaba contra el marco de la puerta con los brazos cruzados, observándola con
una mirada precavida, listo para actuar ante el menor indicio de problemas. El
hecho de que se limitara a ese nivel de sospecha resultaba sorprendente.
En realidad,
esto no era lo único que resultaba inusual. Un vaso de agua, la liberación de
sus esposas... tales amabilidades triviales no habrían ocurrido en
circunstancias ordinarias.
Los labios de
Vienny se abrieron un poco para murmurar en voz baja:
—Siempre me
mira como si fuera una inmundicia, pero…
Era casi
absurdo pensarlo, pero había un deje de tristeza al admitirlo. Miró la sangre
que goteaba de su brazo, manchando la alfombra, y murmuró para sí misma:
—Y sin
embargo… ¿puede creer que, de todos ellos, usted es el más caballeroso conmigo?
No hubo
respuesta. Vienny tampoco la había esperado. Mantuvo la mirada fija en la
mancha oscura que se extendía por la alfombra.
Momentos
después, la voz del soldado anunció la llegada de Pepin.
Pepin se
arrodilló ante ella con el rostro cansado, como si hubiera venido corriendo.
Solo entonces Vienny miró a su alrededor. McClart, que había estado de pie
junto a la puerta, había desaparecido.
Cerca del
fuego, el sofá vacío proyectaba una larga sombra a través de la habitación.
******
Había muchas
razones por las que McClart era excepcionalmente hábil en comparación con otros
inquisidores, pero la principal era, sin duda, su poder divino.
Normalmente,
se requería un artefacto sagrado para canalizar el poder divino. Para la
mayoría de los inquisidores, este artefacto tomaba la forma de armas como
espadas o hachas y, al igual que ellos, McClart imbuía su gran espada sagrada
con dicho poder.
Sin embargo,
a diferencia de otros que no podían liberar su poder sin un medio de ese tipo,
McClart tenía la capacidad de convocar llamas mediante pura fuerza de voluntad.
Utilizaba un
arma solo para aumentar la precisión y el poder destructivo. Conjurar el poder
divino únicamente con el pensamiento conllevaba el riesgo de verse influenciado
por impulsos inconscientes.
Por ejemplo,
hacía unos días, cuando quemó a la bestia. La criatura que originalmente tenía
la intención de quemar era la de pelaje negro, la que había mordido el brazo de
la Gran Bruja.
Sin embargo,
el poder divino que se liberó terminó quemando a la bestia de pelaje marrón en
su lugar. Debió de ser un instinto inconsciente de no dañar a la Gran Bruja.
Habría sido
más fácil simplemente matarla.
McClart se
pasó una mano por el pelo, irritado. Ya familiarizado con la astucia del Sumo
Sacerdote, tenía la sensación instintiva de que algo muy desagradable estaba a
punto de suceder. Y ahora, la bruja que estaba ante él confirmaba su
premonición.


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