Cenicienta corre hacia la cabaña de serenidad y locura - Capítulo 8

Capítulo 8

"Descansemos aquí un poco".

Por suerte, encontró un pequeño cobertizo detrás de la cabaña que parecía un buen escondite. Parecía prudente dormir a hurtadillas en el cobertizo y reanudar su viaje al amanecer. Esconderse allí la protegería de los fríos vientos invernales y de cualquier amenaza de las bestias.

Con este pensamiento, Roel se dirigió hacia el pequeño cobertizo detrás de la cabaña, desde donde se filtraba la luz, cuidando de silenciar sus pasos para evitar alertar al ocupante de la vivienda.

Al abrir la puerta del cobertizo, plagada de agujeros, descubrió que albergaba un hacha con manchas de sangre seca, junto a un desorden de escobas, martillos y cuchillos. La vista de las hojas hizo que se le encogiera el corazón. Una esquina del cobertizo tenía una capa de paja seca.

Roel se puso de cuclillas sobre la paja y sacó algo de ropa que traía consigo, usándola como una manta improvisada para defenderse del frío.

El viejo cobertizo no podía bloquear totalmente el gélido invierno, pero su miedo disminuyó un poco.

"Me iré tan pronto como aclare".

Pensó, mirando el hacha que colgaba de la pared. El hacha era tan grande como su torso, y parecía demasiado pesada incluso para que ella pudiera levantarla. Lo mejor sería escapar del cobertizo antes de ser descubierta por el dueño de la cabaña. Planeaba dormir un poco y despertarse temprano.

Apoyada contra la pared, Roel decidió descansar los ojos.

"Tan cansada".

Sus párpados se cerraron y un dolor de cabeza punzante se intensificó. Soportando el dolor insoportable, finalmente se sumió en un sueño profundo.

¡Thud—!

¿Cuánto tiempo llevaba dormida en su posición encogida cuando el sonido de algo golpeando la sobresaltó? El ruido de la puerta abriéndose le trajo instantáneamente el recuerdo de Howson invadiendo su habitación. Se le hundió el corazón.

"¡Howson ha vuelto!".

Por un momento, Roel olvidó que lo había matado con sus propias manos y levantó la vista rápidamente. La puerta del cobertizo se abrió, dejando entrar una ráfaga de viento, y una figura enorme bloqueó la entrada.

—¡Aaaah!

Creyendo que Howson había reaparecido, gritó. Se llevó las manos a la cabeza, temblando y agitándose. Con la espalda contra la pared y sin lugar a donde huir, luchaba por esconderse en el rincón.

El hombre, que observaba su peculiar comportamiento, finalmente habló.

—... ¿Quién eres?

Ante el sonido de aquella voz desconocida, Roel fue recobrando el sentido gradualmente. Tras levantar la cabeza lentamente, miró hacia la figura alta que llenaba el umbral. Era tan alto que su rostro quedaba oculto por el marco de la puerta, revelando solo hasta su barbilla. Solo entonces se dio cuenta de su error.

"Ah, Howson está muerto".

La comprensión de que el hombre ante ella no podía ser Howson le llegó tarde, y se enderezó apresuradamente. Al recuperar la razón, Roel bajó la cabeza con miedo, preocupada de que el hombre pudiera pensar que era una ladronzuela.

—Lo siento, no pretendía robar nada. Solo quería descansar un rato antes de irme.

—Hmm.

El hombre había pensado que un animal salvaje había entrado en el cobertizo al notar su pequeña figura acurrucada entre unas ropas, con su cabello opaco y enredado parecido al pelaje de un ciervo. Pero al ver su rostro, se dio cuenta de que no era un animal sino una persona; la misma mujer que tímidamente le había ofrecido pan hacía dos días.

—¿Estás perdida?

—Sí, sí... me escondí aquí por miedo a ser atacada por animales salvajes. Ahora que es de día, me iré. Siento haber entrado sin decir nada.

Roel luchó por ponerse de pie, ya que su cuerpo estaba entumecido por el frío. Pensó que lo mejor era marcharse antes de molestar más al hombre.

El hombre se agachó y entró en el cobertizo, llenando el espacio con su presencia. Fue solo entonces cuando Roel pudo ver su rostro con claridad.

"Es él".

Su tensión disminuyó un poco. A pesar de no haber hablado nunca con él, la familiaridad de su sola presencia la relajó. El hombre observó la lucha de Roel por mantener el equilibrio, luego estiró la mano y la agarró del brazo. La levantó con facilidad. Era tan ligera que él frunció el ceño al resultarle extraño.

—Gracias.

El cuerpo de Roel estaba helado. Dejarla en ese estado parecía algo que podría llevarla a morir congelada en su camino montaña abajo.

—Calienta tu cuerpo primero.

Dijo él, sujetándola del brazo y caminando a grandes zancadas. Roel, sintiéndose casi ingrávida, fue arrastrada sin esfuerzo. Al salir del cobertizo, sus piernas cedieron y tropezó. Aunque él evitó que cayera, se sentía como si la estuvieran arrastrando como a una criminal.

—Espere, por favor.

Al darse cuenta de que él tenía la intención de llevarla dentro de la cabaña, Roel le llamó presa del pánico. Un miedo repentino la asaltó.

¿Qué pasaría si la llevaban a la cabaña y ocurría algo extraño? En la profundidad del bosque, no habría oportunidad de escapar o pedir ayuda.

—Puedo irme ahora que hay luz. Puedo arreglármelas.

El hombre la miró de reojo; su rostro estaba medio oculto por una barba tupida, lo que dificultaba leer su expresión, solo se percibía una mirada indiferente.

—Está bien.

—Entonces yo...

—Descansa un poco.

Dijo él, cortándola de golpe, y abrió la puerta de la cabaña arrojando a Roel al interior. ¡Bam! Antes de cerrar firmemente la puerta tras ella.

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