Una propuesta de matrimonio salvaje - Capítulo 5
Capítulo 5
El motivo del
deseo
La reunión
había terminado.
Fermos, tal
como había dicho, se marchó con sir Weroz para discutir el traslado y el
redespliegue de las tropas.
Mashilow,
quien tenía que finalizar el acuerdo matrimonial antes de que Tiwakan pudiera
invadir arbitrariamente el castillo, también abandonó a toda prisa la sala de
recepción.
Un silencio
pesado como una armadura se apoderó de la habitación, donde solo quedaban dos
personas.
Aunque había
una gran mesa entre el comandante de Tiwakan y ella —una mesa lo
suficientemente grande como para sentar a treinta personas—, sentía como si él
la estuviera aplastando mientras ella no llevaba nada puesto.
—¿Le
apetecería a mi señor dar un corto paseo? —Se puso en pie, incapaz de soportar
por más tiempo aquella atmósfera asfixiante.
—Cualquier
lugar bastará. —Black la imitó, empujando su silla hacia atrás y levantándose
de su asiento.
Justo cuando
ella estaba a punto de decirle que esperara un momento, él se acercó sin mediar
palabra.
—¿Adónde
iremos?
—Le mostraré
a mi señor el jardín trasero de Nauk.
...Este
hombre es demasiado grande. Por esa razón sentía que se ahogaba; de lo
contrario, no había forma de explicar tanta tensión. Apartó ligeramente el
rostro, evitándolo.
—Espere un
momento. Convocaré a madama Flambard... Ah, llamaré a mi niñera para que nos
acompañe.
—Ningún
acompañante es necesario.
—No puedo
hacer eso. Al dar un paseo con un extraño...
Él la
interrumpió:
—No soy un
extraño, Su Alteza, sino el prometido de la princesa.
...Es
verdad, ese es el caso. Se mordió el labio con suavidad. Por un breve
instante le cruzó la mente el pensamiento de cómo un bárbaro podía conocer tal
etiqueta, pero la duda se desvaneció rápidamente cuando él le extendió el
brazo.
—...
Bajó las
pestañas como un gesto de resignación y deslizó la mano en el brazo que él le
ofrecía.
—Ah... —Se
sobresaltó por lo rígido que se sentía aquel brazo. Cuando detuvo su movimiento
por la sorpresa, él inclinó la cabeza y la miró.
—¿Qué ocurre?
—No, es...
nada. —Señaló hacia el frente, como para olvidar lo sucedido. Sin embargo, él
la sujetó primero de la mano.
—La herida.
—¿...?
—Parece que
no se aplicó medicina.
En su palma,
la cual él sostenía por las yemas de los dedos, permanecía la herida de ayer. Y
al lado de esta, había una marca más que acababa de aparecer hoy; una pequeña
señal con forma de media luna que no podía sopesar el hecho de ser la marca de
una uña.
—¿Qué tuvo
que soportar esta vez? —Mientras formulaba una pregunta pausada que no parecía
exigir respuesta, le levantó la mano.
Era aceptable
que le sostuviera la mano. Sin embargo, que su mano tocara los labios de él era
completamente inaceptable. Tampoco pudo tolerar que esos labios cubrieran la
punzante herida con un beso, succionando suavemente su piel como si consolara
la lesión.
—...¡Deténgase!
—No pudo soportarlo más y retiró la mano de un tirón.
Si él no
hubiera estado observando, ella habría vuelto a apretar el puño hasta que sus
uñas lastimaran su palma.
—Estoy
bien... de verdad. Es mejor que demos nuestro paseo en lugar de...
—A mí no me
parece bien. —Las tiernas palabras «no me agrada que salgas herida» sonaban a
cualquier cosa menos gentiles viniendo de los labios de un hombre con ojos de
bestia. En su lugar, se sintieron como una amenaza que cortaba la respiración—.
Cuide bien de sí misma. Todas sus heridas pasarán ahora a ser mi
responsabilidad.
Resultaba
irónico que el hombre que era más letal y peligroso para su propia existencia
pronunciara semejantes palabras. Al igual que ayer, él volvía a ser una
contradicción que la envolvía hoy.
—...Por aquí.
Pudo volver a
entrelazar su brazo con el de él solo después de tomar la firme resolución de
no mirar jamás a los ojos de aquel hombre otra vez.
Tras informar
de su partida a los guardias de la sala de recepción, se dirigió al jardín
trasero con el hombre al que ahora debía llamar su prometido.
******
Aunque se le
llamaba jardín trasero, el lugar era meramente grande; no podía considerarse
hermoso.
Desde que
comenzó la sequía, las flores florecían brevemente antes de marchitarse. Los
arbustos de hojas afiladas que requerían poca agua dominaban la mayor parte del
jardín.
¿Acaso era
demasiado pedirle que caminara en un sitio como este?
A pesar de
que se cuidaba de no permitir que sus cuerpos entrelazados se acercaran
demasiado, de repente se sintió avergonzada por el paisaje estéril que se abría
ante sus ojos.
—...
¿Y si
piensa que lo traje aquí deliberadamente para burlarme de él?
Pero eso no
era en absoluto cierto. No había elegido a propósito un lugar que no fuera
hermoso; la mayor parte de Nauk se encontraba en esa misma condición. Estéril y
seca. La magnífica cascada que se bifurcaba en nueve arroyos alrededor del
castillo se había secado hacía mucho tiempo sin dejar rastro.
Si lo ve,
¿se dará cuenta? De que esta tierra no vale la pena ser adquirida.
«Ya sea
que el objetivo sea Nauk o la princesa, lo habrá de nuevo».
Las palabras
de él, que parecían burlarse de sus pensamientos, resonaron en su mente.
—No...
—Sacudió la cabeza de manera inconsciente y lo negó.
—¿No a qué?
—Black se detuvo de repente.
Fue un error
levantar la cabeza de forma involuntaria. Sus ojos quedaron apresados otra vez.
—...
Liene tragó
saliva con dificultad.
Esos ojos
eran el problema; unos ojos que no podía evitar ni tampoco enfrentar. Tenía que
admitir que esa mirada era aterradora, pero a la vez cautivadora. Quizás sentía
miedo porque era incapaz de rechazarla.
—...Nada.
Lamenté haberle pedido que diéramos un paseo dado que no hay nada que ver, por
esa razón lo dije en voz alta.
—No es verdad
que no haya nada que ver. —Su respuesta perforó lentamente los oídos de ella—.
Porque usted está aquí.
—...
¿Qué
significaban sus palabras? ¿Estaba diciendo que ella era digna de contemplar, o
que tenía que vigilarla?
—Entonces,
tomaré eso como su conformidad. —Movió los pies.
Sin embargo,
en ese mismo instante...
—No se mueva.
Su voz suave
detuvo los pasos de ella. Mientras levantaba la mirada con sorpresa, él
arremetió, cubriéndola con su cuerpo.
¡Zas!
¡Pum!
Vio una sola
línea negra rasgar el aire e incrustarse en el hombro de él.
La línea
negra era una flecha.
—¡Por allá!
Los
mercenarios de Tiwakan se movieron con presteza tras darse cuenta de que se
acababa de disparar una flecha.
—¡No dejen
que escape! ¡Y captúrenlo vivo si es posible!
Al ver a los
mercenarios desplazarse a una velocidad increíble, ella comprendió que en
realidad no habían estado caminando solos. Lógicamente, eso era lo natural. El
hombre que lideraba un ejército de mercenarios que había luchado durante más de
diez años no se tomaría a la ligera el peligro que pudiera estar acechando.
—¿Se
encuentra bien? —Lo revisó con el rostro pálido.
La flecha
clavada en el hombro de él podría convertirse en el detonante para la
destrucción de todo. Podría parecer que ella había aceptado la propuesta, pero
que, a sus espaldas, en realidad estaba preparando una traición. Sintió que la
cabeza le iba a explotar.
¿Quién?
¿Quién cometió esta insensatez?
Esto no era
ni una venganza ni un intento de rescate. Este era un sendero que hundiría a
Nauk en el abismo de la destrucción. Incluso si la flecha lo mataba, la
situación sería la misma. Si su comandante moría a causa de un cobarde
asesinato, Tiwakan ciertamente no dejaría en paz a Nauk.
—Primero...
primero, debería apoyarse en mí... Parece más seguro entrar que esperar a la
gente aquí. —Le tendió la mano para sostenerlo.
Su mano
temblaba levemente. Apretó los dientes para evitar que ese temblor fuera
malinterpretado.
—Este
incidente no tiene absolutamente nada que ver con Nauk. Jamás tuve la intención
de hacerle daño.
—...Eso ya lo
veremos —dijo él, clavando la mirada en la mano de ella—. Creo que es usted
quien necesita apoyo.
Sin embargo,
la persona cuya cintura fue rodeada por un brazo robusto fue ella.
—Lord
Tiwakan, yo no soy la que está herida.
—Eso es lo
que me sorprende. Por qué la persona que no está herida tiembla como si fuera a
desmayarse.
—...
—Entonces,
caminemos.
La persona
con la flecha clavada en el hombro comenzó a caminar, sosteniendo a la persona
ilesa.
Ella quiso
decir que no necesitaba apoyo, pero sus labios no pudieron moverse. La
presencia del hombro que sostenía su espalda y del brazo envuelto alrededor de
su cintura era demasiado vívida.
Por qué...
¿Y por qué estoy temblando?
Por qué...
Ahora no era
su mano, sino su columna vertebral la que temblaba. Los vellos de su cuerpo se
erizaron debido a que el brazo del hombre tocaba su espalda. Recordó el momento
en que la abrazó con fuerza justo antes de que la flecha impactara. La
sensación de aquel cuerpo robusto chocando con dureza contra el suyo. La aguda
percepción que le perforó la piel en ese instante.
Este temblor
había comenzado desde ese momento.
*******
—¡Cielo
santo, Su Alteza!
Regresó en sí
cuando se encontró con madama Flambard, quien tenía el rostro pálido, tras
haber llevado a Black de vuelta a la sala de recepción.
—¡¿Qué ha
sucedido?! ¡¿Dónde está herida?! ¡¿Quién se atrevió...?!
—Yo no. Una
flecha alcanzó a lord Tiwakan. Llame a un médico y traiga agua caliente y
toallas. ¡Rápido!
—¿Qué...?
¿Quién resultó herido? —Madama Flambard lucía desconcertada, como si no pudiera
creerlo.
Ella se
sintió un poco avergonzada porque podía adivinar el motivo de su confusión.
Como no había tiempo para dar explicaciones, apremió a madama Flambard:
—Madama.
¡Dese prisa!
—Ah, sí. Muy
bien, Su Alteza.
Madama
Flambard salió corriendo de la sala de recepción. Ella giró la cabeza hacia él
y le dijo en voz baja:
—Ya puede
soltarme. Estoy bien.
—Si ese es el
caso. —La mano que rodeaba su espalda desapareció.
Sin embargo,
ella no se desplomó. De hecho, no había ninguna razón por la cual tuviera que
haber sido sostenida hasta ese momento por una persona cuyo hombro había sido
alcanzado por una flecha.
Mientras su
mente se desordenaba por un instante buscando el motivo, él arrastró un sofá
frente a la chimenea.
—Siéntese.
—...¿Qué? —Lo
miró con sorpresa.
—Como le
dije, está temblando. Todavía.
—...
¿Acaso era
porque aún sentía la mano del hombre tocando alguna parte de su cuerpo? Se
obligó a sí misma a calmarse.
—Yo no estoy
herida. Parece más urgente tratar su lesión.
—Lo sé. Pero
siéntese. —Tras decir eso, él desvió la mirada hacia la flecha clavada en la
parte posterior de su hombro izquierdo.
Al
observarlo, resultaba difícil considerarlo como una persona herida. Sus ojos no
mostraban emoción alguna al contemplar la lesión, como si lo hubieran
atravesado con una flecha cientos de veces.
—Mi ropa
parece estorbar —conjeturó en voz baja y luego se arrodilló ante ella. El
cuerpo de Liene se tensó por un momento, pero la intención de él era más simple
de lo que pensaba—: Necesito su ayuda para quitarme esta prenda.
—La ropa...
Sí. —Él no podía quitarse la ropa debido a que la flecha estaba incrustada.
Ella se levantó rápidamente de la silla—. Iré por unas tijeras.
—No es
necesario.
Ella ya se
había dado la vuelta.
—Espere un
momento.
Sí que lo
necesitaba. Necesitaba cualquier pretexto para no estar a solas, demasiado
cerca de él. Tenía que romper con esa sensación fantasma por la cual todavía se
sentía abrazada por él.
*******
—No tenía la
intención de salir herido —murmuró Black en voz baja al quedarse solo tras la
partida de Liene—. Fermos seguramente me va a regañar.
A pesar de
ello, su rostro inexpresivo no mostraba ninguna alteración. A juzgar únicamente
por su semblante, no parecía una persona que acababa de ser alcanzada por una
flecha.
—...
Black, que
había cerrado la boca y los ojos, giró la cabeza de repente. Su mirada cayó
sobre la silla donde Liene había estado sentada justo antes.
Extendió su
brazo ileso y dio un leve golpe sobre la silla.
¡Pum!
Como si
quisiera confirmar con el calor remanente que alguien había estado sentado allí
hace un momento.
«Estoy
embarazada. ¿Aún mantendrá su propuesta?».
Las palabras
que había escuchado ayer le hicieron cosquillas en el oído, justo como el calor
que le acariciaba las yemas de los dedos.
Tal como
había dicho, un hijo bastardo no era gran cosa. Para empezar, nunca había
esperado nada elaborado en este lugar. Solo lo tomó porque Nauk le pertenecía.
Sus
pensamientos respecto a Nauk eran los mismos.
Poseer esta
tierra estéril y casi en la ruina representaba más una pérdida que una
ganancia. Debían de haber estado sobreviviendo a duras penas mediante la venta
de los bienes reales. Convertirse en el gobernante de este sitio significaba
tener que verter riqueza en un recipiente agrietado, tal como lo hacía Liene.
Sin embargo,
le resultaba molesto pensar que alguien más se lo quedaría. No es que lo
deseara de verdad, pero ese sentimiento de fastidio fue lo que lo llevó a
decidirse a proponerle matrimonio.
Tras
deambular por el continente durante diez años, era natural que uno se volviera
sensible a la situación y a los movimientos de los diversos reinos. Muchos
hombres deseaban a Liene Arsak, incluso si la identidad de su amante no se
había anunciado públicamente. Entre ellos, debía de haber algún hombre
adinerado que considerara a Nauk como un pequeño apéndice que acompañaba a
Liene.
En lugar de
entregársela a alguien más, decidió poseerla. Dado que el objetivo era la
posesión, no había pensado en lo que sucedería después. Por esa razón, que ella
tuviera un amante o incluso que diera a luz a un hijo bastardo no suponía un
problema.
—Pero...
—Movió los labios—. ...Es molesta.
Incluso
después de haberla poseído, la princesa continuaba fastidiándolo.
Los puños que
siempre apretaba cada vez que lo enfrentaba, y las palmas que se quedaban con
las marcas de sus uñas. Los labios que le temblaban levemente, las pestañas que
vacilaban, el rostro pálido de miedo. Y, sin embargo, ese cuerpo frágil pero
fuerte que resistía sin retroceder jamás.
¡Pum!
El movimiento
de su dedo se detuvo. El calor que sentía en las yemas de sus dedos ya se había
desvanecido.
De repente,
le surgió una inmensa sed. Deseaba comprender con claridad el significado de
este fastidio.



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