Ven y llora en mi funeral - Capítulo 3
Frente a un
extraño, y especialmente ante el duque Izar, a Freesia la mortificaba que la
vieran en ese estado tan lamentable y empapada. Se aferró al cordero como si
fuera un escudo.
«¿Qué
hago?».
La túnica
mojada se le pegaba a los brazos y al pecho, causándole una vergüenza
insoportable. Sin embargo, no era solo la humillación de estar tan expuesta lo
que la atormentaba. La mera presencia de Izar resultaba demasiado abrumadora;
Freesia se sentía menos significativa que una sola oveja, mientras que él era
incomparablemente deslumbrante.
—Tú.
Pastorcilla.
Su voz
profunda y cortante la llamó. Pero Freesia no pudo levantar la cabeza; solo
logró responder tartamudeando:
—S-sí, S-Su
Gracia.
—Toma esto.
—...¿Sí?
De repente,
una prenda de vestir de color azul oscuro apareció ante sus ojos. Era, sin
lugar a dudas, el abrigo de verano de un noble, probablemente el que Izar se
había quitado antes de saltar al lago.
Para el duque
no era más que un trozo de tela, pero para Freesia era diferente.
—No puedo
aceptar algo co—
—¿Entonces
planeas regresar a casa viéndote así? —Había un claro tono de fastidio en la
voz del hombre—. Si quieres ser el hazmerreír de todos, allá tú.
—N-no, Su
Gracia.
Al ser
consciente otra vez de que chorreaba agua, Freesia se encogió sobre sí misma.
Una cosa era que la despreciaran como «la hija de la loca», pero no veía la
necesidad de buscarse problemas. A regañadientes, se encorvó como una anciana y
tomó el abrigo.
—Gracias...
Y mientras lo
recibía, se atrevió a mirarle el rostro de reojo.
En ese
entonces, Izar, tres años mayor que ella, tenía dieciocho. Su estatura y su
porte superaban con creces los de un adulto promedio. Sus ojos dorados, que
quedaron al descubierto al echarse hacia atrás el cabello mojado, le
atravesaron el corazón con fuerza.
«Ahora
entiendo por qué la gente lo llama cometa».
Un ser tan
lleno de vida era, con toda razón, una estrella resplandeciente que cruzaba el
cielo nocturno. Sin embargo, para Freesia, parecía más bien un muchacho que
luchaba por controlar su temperamento impetuoso.
«Debe de
estar molesto conmigo por haber estado a punto de perder un cordero en el
agua».
Freesia
susurró con timidez mientras se cubría con el abrigo:
—Su Gracia,
esto... esto, ¿a quién debería devolvérselo?
— No es
necesario. Haz lo que quieras con él.
—¿Qué?
¡Pero...!
Izar no se
molestó más con ella. Se limitó a limpiarse el agua de la cara y caminó a
grandes zancadas hacia el castillo.
Freesia se
quedó contemplando su silueta en la distancia durante mucho tiempo. ¿Por qué la
había ayudado el Amo? ¿Por qué?
Su corazón
latía desbocado y un calor incipiente comenzó a extenderse desde su cuello
hasta sus orejas. Su pecho dio un vuelco ante una inexplicable sensación de
ilusión.
Sin embargo,
cuando devolvió el cordero al pastizal y salió, el mayordomo principal del
castillo frunció el ceño al verla.
—Tú, la de
ahí. ¿De dónde sacaste ese abrigo?
—Ah. Esto...
Su Gracia me lo prestó...
—Ahh.
Al escuchar
su explicación, el mayordomo no armó un escándalo, pero soltó un pesado suspiro
de fastidio.
—Cielos, Su
Gracia es demasiado bondadoso con los de abajo.
—...
—Esta no es
la primera vez...
La efímera
emoción de Freesia se desmoronó de inmediato.
Izar se había
convertido en duque a una edad muy temprana, reemplazando a su padre, quien se
había quitado la vida. Su sentido de la responsabilidad hacia sus súbditos era
de sobra conocido. Ella sabía que él le había dado el abrigo por esas razones;
el problema era que jamás había sentido una ilusión semejante, y le dolió que
se la pisotearan tan rápido.
El mayordomo
principal agitó la mano con desdén, indicándole que se marchara.
—No te hagas
ilusiones, y devuélvelo limpio.
—...Sí.
Pero al día
siguiente, le arrebataron el abrigo.
Ella creyó
que lo había escondido bien debajo de la cama, pero cuando regresó a casa, su
madre lo estaba quemando en el hogar de la chimenea.
—¡Madre, qué
estás haciendo!
Freesia, que
por lo general no alzaba la voz, gritó horrorizada ante la escena. La tela azul
oscuro ya estaba completamente carbonizada e insalvable. Pero cuando Freesia
estiró la mano para rescatar lo que quedara, un doloroso destello apareció ante
sus ojos.
—¡...!
Sucedió tan
rápido que Freesia ni siquiera pudo gritar.
¡Zas!
Su madre le golpeó la mejilla con fiereza una vez más. A pesar de estar débil y
delirante, la mano huesuda de su madre poseía una fuerza despiadada.
—¡Ay, ah!
—¡Detente...
ugh!
Ese día, su
madre se encontraba en su estado más desquiciado y golpeó a Freesia sin piedad.
Más tarde, al recuperar un poco la cordura, la mujer garabateó furiosa en el
suelo de tierra.
«¿Cómo
pudiste ser tan indecente como para aceptar la ropa de un hombre? ¿Acaso tu
padre recibiría a una hija así?».
¿Tenía algún
sentido pensar que un hombre que había abandonado a una mujer embarazada de su
propio hijo regresaría? Freesia no tenía intenciones de aferrarse a sueños tan
desalentadores. En su lugar, se concentró en el abrigo que ardía ante ella.
Lo único que
pudo salvar fue el extremo chamuscado de una manga. Desprendió un botón de la
tela y lo colgó de una vieja cadena. Era su único adorno, lo único en su vida
que brillaba.
—Es tan
hermoso.
Incluso con
la mejilla hinchada y amoratada, Freesia sonrió. Sentía que su vida era
infinitamente vacía, y, sin embargo, ese collar con el botón como dije le daba
una razón para despertar al día siguiente.
Y luego
estaba Izar.
En la lúgubre
vida de Freesia, él se convirtió en una estrella radiante.
********
Pasaron cinco
años desde que Freesia comenzó a albergar su amor no correspondido por Izar.
Desde aquel encuentro, no había vuelto a tener contacto con el señor del feudo;
solo se limitaba a observarlo desde la distancia.
Desde una
colina al atardecer, acompañada de unas cuantas ovejas, miraba hacia el prado
donde él se encontraba. El señor a veces daba órdenes montado a caballo o
practicaba esgrima de forma ligera. Ver el movimiento de su muñeca al echarse
hacia atrás el cabello negro, y sus brazos fuertes bajo las mangas
arremangadas, le infundía un calor que recorría todo su cuerpo.
Y su
imponente figura bajo el crepúsculo era lo más doloroso de presenciar. Le dolía
más que cuando su madre la golpeaba, y, aun así, no era una sensación
desagradable.
Este
sentimiento se asemejaba a los raros dulces de azúcar que probaba en los días
de festival. Amargos en la lengua, pero irresistiblemente adictivos, e
imposibles de olvidar una vez que se habían saboreado.
Freesia lo
contemplaba en silencio y luego emprendía el camino a casa, con la esperanza de
volver a ver su imagen en sueños.


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