La tumba de los cisnes - Capítulo 10
Pronto, solo Anna y Svanhild quedaron en el pasillo. Svanhild esbozó una tenue sonrisa y dio un paso hacia ella.
—No le hagas demasiado caso a lo que dice la maestra.
Su voz era dulce. Aunque era un niño indescifrable y poseía una personalidad tan caprichosa que lo llamaban tirano, Svanhild trataba a Anna con una calidez sorprendente. Debido a eso, la habían asignado a limpiar su habitación tan pronto como entró a la mansión. Quizás se debía a que ella le recordaba a su madre. Algunas personas la odiaban por el simple hecho de tener la apariencia de alguien del continente oriental, mientras que otras le otorgaban su favor fácilmente por la misma razón.
Sin embargo, a Anna, Svanhild le había parecido inquietante desde el mismísimo principio. El aura opresiva que hacía encogerse a los demás era idéntica tanto en el padre como en el hijo.
Bajando sus largas pestañas, Svanhild dijo en voz baja:
—La maestra siempre quiere entrar en la habitación prohibida. Por eso está tan frenética. Ella nunca ha estado dentro.
¿Por qué sacar a colación la habitación prohibida precisamente ahora? Como si... él supiera que ella había entrado.
El corazón de Anna latía con fuerza. Primero Rose, ahora Svanhild. El incidente que se había mantenido en silencio hasta ahora, de repente se estrechaba alrededor de su cuello.
¿Cuánto sabía Svanhild? La presión que caía sobre ella no se parecía en nada a cuando Rose la había acorralado.
Como si pudiera leer su miedo, Svanhild fijó sus ojos rojos como granadas en Anna y le preguntó en un susurro:
—¿Dormiste con mi padre?
—¡Joven señor!
Ante las crudas palabras de Svanhild, Anna soltó un grito. Su rostro se encendió tanto de golpe que después se tornó pálido.
Que un niño de once años preguntara de la nada sobre dormir con su padre no solo era ofensivo, sino escalofriante. Más aún dadas las circunstancias.
—Lo hiciste, ¿verdad?
Adivinando la confirmación en su sensible reacción, el rostro de Svanhild se iluminó con una sonrisa radiante, como si fuera exactamente lo que había esperado.
Anna contuvo el aliento con fuerza.
Svanhild estaba seguro de que ella había entrado a la habitación prohibida, y de que algo había sucedido allí entre ella y su padre.
Pensándolo bien, había habido más de una o dos cosas extrañas. Los sentimientos de inquietud que había pasado por alto descuidadamente ahora salían a la superficie uno a uno, como objetos que se abren paso desde la arena sepultada.
¿Por qué Svanhild, que no era un niño hablador, le había contado sobre el diario de la marquesa?
E incluso si ella estaba a cargo de la limpieza de su cuarto, ¿cómo había podido robar una llave que él tanto atesoraba de forma tan fácil...?
¿Acaso... Svanhild lo había orquestado todo desde el principio? ¿Pero por qué?
—Como lo pensé.
El niño sonrió levemente. Con su rostro pálido, el rojo de sus ojos y labios resaltaba de manera descarnada. El hijo de un demonio era un demonio después de todo... su sonrisa parecía gritarlo. Anna se estremeció y murmuró sin darse cuenta:
—¿Qué demonios...?
—Quiero una madre, Anna.
Dijo Svanhild mientras envolvía sus brazos alrededor de la cintura de ella. Sus brazos delgados, que apenas le llegaban al pecho, se aferraron a ella como un espectro de agua que arrastra a su presa hacia el fondo. Anna, horrorizada, quiso quitárselo de encima de inmediato, pero no fue capaz de hacerlo.
—Y la única que puede ser mi madre eres tú.
Svanhild había dejado caer pistas deliberadamente, sabiendo que ella se sentiría atraída por la habitación prohibida. ¿Habría descubierto que era un cisne? Entonces, ¿qué era lo que Svanhild quería? ¿Una madre? ¿A ella?
Innumerables preguntas se arremolinaron en su cabeza, pero ni una sola llegó a sus labios.
A veces hay cosas que uno no necesita saber, y cosas que jamás debe conocer. Abrir la caja llamada Svanhild era claramente esto último.
Demasiado asustada para escuchar la respuesta, Anna ni siquiera pensó en corresponder el abrazo del niño. Solo se quedó mirando a Svanhild, que se había acurrucado en sus brazos, y optó por el silencio.
Rose Schwartz, al enterarse de que el marqués la había llamado, se iluminó de inmediato y fue a buscarlo. Su rostro, parecido al de una muñeca de porcelana, se ruborizó y pareció aún más hermoso con esa nueva vivacidad, pero Rothbart solo le lanzó una mirada fría y fugaz.
—¿Acaso te llamé?
Rothbart bajó los ojos de nuevo hacia los documentos. El momento en que se cruzaron sus miradas fue breve, pero el fuego ardiente de sus ojos rojos se pegó al rostro de Rose, calentándolo. Temiendo que él pudiera malinterpretar que había ido bajo falsos pretextos, Rose explicó rápido:
—Sí, el joven señor Svanhild claramente...
—Las bromas de ese chico son excesivas.
Aunque su sonrisa no iba dirigida a ella, el corazón de Rose tembló ante la visión de esa leve mueca en sus labios.
Rose amaba a Rothbart. No podía evitarlo. Aunque permanecía en la mansión como la institutriz de Svanhild, Rose era originalmente una maga negra.
Y para una maga negra, amar a un demonio era casi inevitable. La fuente de la magia negra era el maná, y entre todo el existente, el poder de él resultaba demasiado irresistible.
Había muchos magos negros esperando ser elegidos por el demonio Rothbart, pero a quien él había escogido fue a Rose.
Porque ella era la única que sabía cómo invocar a un cisne.
El rumor de que un demonio solo podía engendrar un hijo con un cisne estaba muy extendido, pero nadie sabía cómo convocar a uno. Por lo tanto, cuando un demonio nacía en una familia, usualmente significaba el fin de ese linaje. La casa de los Lohengrin era la única excepción.
El fundador de la familia Lohengrin, el primer señor, era un demonio. No hacía solo unos siglos, sino casi mil años en el pasado. Había transcurrido tanto tiempo que ya pocos conocían la verdad. Como demonio caído, el primer señor era un experto en todas las formas de magia negra y, al mismo tiempo, cargaba con una superioridad y una obsesión inusuales por su linaje. Para prepararse ante la posibilidad de que sus descendientes nacieran como demonios, dejó oculto en secreto el método para invocar a un cisne.
Y aquella previsión del demonio caído reveló su valor con el nacimiento de Rothbart.
La madre de Rothbart, la anterior marquesa de Lohengrin, era una mujer noble típica que vivía únicamente por y para su casa. Las pequeñas ganancias mundanas eran para los nobles advenedizos; su orgullo radicaba en la antigua historia familiar que se mantenía en pie desde la fundación del reino.
Sin embargo, la familia real no veía con buenos ojos ese orgullo. Durante generaciones, habían mantenido bajo control a la familia Lohengrin, recelosos de su prestigio, y para la época de la anterior marquesa, el título de marqués se había visto reducido casi a la insignificancia.
Para ella, pensar que su propio hijo pudiera nacer en ese día maldito fue pura alegría. Después de casi mil años, al fin un demonio descendería de nuevo en su casa. Y a través de su propio vientre. Para revivir la gloria de su fundador, ¿cómo no iba a regocijarse? Creía firmemente que solo un hijo nacido demonio podría ser la salvación de la familia Lohengrin.
La anterior marquesa preparó todo para el nacimiento de su hijo demonio. Como parte de ello, le habló a su esposo, el duque Albert, sobre el ritual de invocación del cisne.
El duque Albert cumplió fielmente el deseo de su amada esposa, quien le había suplicado que continuara el linaje Lohengrin a como diera lugar.
Cuando Rothbart comenzó a mostrar signos de pubertad, el duque Albert buscó a una maga negra discreta y capaz para llevar a cabo el ritual de invocación del cisne.
La elegida fue la maestra de Rose.
El resultado fue que la marquesa fue arrastrada a este mundo y dio a luz a Svanhild, el heredero. Después, ella regresó a su mundo original... El objetivo de continuar la línea Lohengrin se había logrado, pero ese era solo el objetivo de la anterior marquesa y del duque Albert. Rothbart, que no tenía la menor intención de dejarla ir, buscó otra forma de traerla de vuelta.
Pero había un problema.
Después de que la marquesa «partió», el duque Albert también falleció, y la maestra de Rose, que conocía los secretos de la familia, fue asesinada por el propio duque Albert, receloso de que sus conocimientos se filtraran al exterior. De este modo, el método para invocar a un cisne se había perdido una vez más.


Publicar un comentario
0 Comentarios