Capítulo 21
Réquiem (1)
Cuando Liene
salió tras prepararse para el funeral, Black ya tenía listo su caballo.
—Ah...
—Vaciló un poco al verlo.
Como si
tuviera la intención de acompañarla al funeral, él estaba vestido completamente
de negro de pies a cabeza. Los Tiwakan que se encontraban detrás de él vestían
de la misma manera. Al ver sus armaduras negras, capas negras y estandartes
negros, casi podía comprender por qué los llamaban los hijos bastardos del Dios
de la Muerte, expulsados a la tierra.
Sus miradas
se cruzaron y ella, de forma involuntaria, frunció el ceño.
«...A ese
hombre, el color negro le queda indebidamente bien».
Aunque ese
pensamiento era trivial y sumamente inapropiado antes de dirigirse a un
funeral, no pudo evitarlo. Él llevaba una armadura negra cuando lo conoció por
primera vez. «¿Por qué no me di cuenta en ese entonces?».
—¿Lista? —Él
se aproximó mientras ella permanecía allí, todavía dubitativa. Su mirada
recorrió el cuello y los hombros de ella—. Su ropa ha cambiado.
—Sí. La
señora Flambard la arregló.
—...¿Esto es
mejor? —murmuró él para sí mismo por un momento.
Ella ignoraba
por completo que él también pensaba que el negro le sentaba extraordinariamente
bien. Mientras tanto, uno de los mercenarios trajo su caballo hacia adelante.
Era un corcel negro de gran tamaño. A simple vista, supo que era el caballo que
él montaba.
—Suba. —Le
extendió la mano.
—¿Voy a
montar este caballo?
—Cabalgaremos
juntos.
Ella sacudió
levemente la cabeza.
—Yo... tengo
mi propio caballo. —Montar el mismo caballo era demasiado. Recordaba con
demasiada claridad lo que había sucedido el día que cabalgaron juntos en ese
animal. En un momento en que necesitaba aumentar su vigilancia contra ese
hombre, propiciar una situación que pudiera desencadenar un incidente similar
otra vez no era una buena idea—. Iré por separado.
—Eso no está
permitido. —La respuesta fue firme—. No sabemos cuándo podrían volver a
disparar flechas. Si montamos caballos separados, nuestra reacción será más
lenta.
—...
El culpable
del ataque con flechas aún no se había revelado de forma oficial. Por supuesto,
ella no podía decir que el culpable era Laffit, y que él jamás le dispararía
una flecha.
—Muy bien
entonces. —Finalmente asintió a regañadientes.
—La subiré al
caballo. —En lugar de pedirle la mano, simplemente la levantó en vilo y la
colocó sobre el animal.
Ella se quedó
estupefacta por la facilidad con la que su cuerpo fue elevado. «Se lastimó el
hombro, ¿no es así? La herida no podría haber sanado ya». Mientras más lo
conocía, más indescifrable se volvía ese hombre.
—Nos
marchamos. —Tras acomodarla con suavidad en el caballo, él montó de inmediato.
Su movimiento fue tan ligero que subir al caballo pareció la cosa más fácil del
mundo.
«Este
hombre es demasiado extraño».
Tocotoc,
tocotoc...
El sonido de
los cascos del caballo le retumbó en los oídos. Él jamás luciría torpe, sin
importar lo que hiciera. Parecía capaz de manejar todo sin el menor esfuerzo;
ya fuera subir a alguien a un caballo, cabalgar o cualquier otra cosa.
—... —Se
obligó a dejar de pensar.
Tenía miedo
de que, si continuaba pensando, pudiera recordar la destreza con la que él
había explorado sus labios.
«No lo
olvides. No debes bajar la guardia».
Tocotoc,
tocotoc.
A medida que
el caballo aumentaba la velocidad, el sonido de los cascos se hacía aún más
fuerte. En medio de todo, el brazo del hombre, que la rodeaba para sostener las
riendas, se sentía sólido, haciendo que su corazón se volviera caótico.
*******
El templo
estaba ubicado en la cima de la colina Fillian, al norte, frente al castillo de
Nauk. Una campana sombría y doliente ya repicaba desde allí, anunciando el
funeral.
—Espere. —Él
detuvo el caballo abajo, antes de las escaleras que subían hacia el templo.
Ella se
preguntó a qué se debía hasta que él saltó del animal y le ofreció la mano—.
Puede desmontar ahora.
Al ver esa
gran mano extendida hacia ella, tragó saliva con dificultad. «¿Por qué es tan
amable? Si su propósito es la venganza, no necesita ser gentil. ¿Por qué hace
esto? ¿Por qué a mí?».
—...
—Finalmente tomó su mano sin pronunciar una sola palabra de agradecimiento.
Pero la mano
fue solo el comienzo. Él tiró de ella y, mientras el cuerpo de ella se
inclinaba, la rodeó por la cintura con el brazo. Sus dos pies aterrizaron
suavemente en el suelo. Sintió que, a este paso, olvidaría cómo subir y bajar
de un caballo por su cuenta.
—¿Tenemos que
subir todas estas escaleras a pie?
—Sí. Porque
es el templo. —Subir las escaleras era una forma de reverencia hacia Dios. No
había excepción, ni siquiera para la gobernante de Nauk. Sin embargo, el
difícil sendero hacia el templo también era la razón por la cual la gente
prefería mantenerse alejada. Era un hecho que aquellos que estaban enfermos o
exhaustos no se atrevían a subir esa enorme escalinata. Incluso Liene, joven
como era, a veces sentía fatiga en las piernas o calambres al regresar del
templo—. Entonces, vamos.
Comenzó a
subir los peldaños. Black la siguió en silencio por detrás. Pero ese momento
duró poco. Justo cuando empezaban a ascender por la empinada escalera, unas
figuras blancas comenzaron a bajar desde lo alto. Eran los sacerdotes. Los
clérigos, que siempre insistían en vestir de blanco sin importar la ocasión,
formaban un claro contraste con el séquito de Liene, que vestía ropas de luto.
«¿Por qué
los sacerdotes...?». De manera involuntaria, frunció el ceño. Tenía un mal
presentimiento. Subir las escaleras requería tanto esfuerzo como bajarlas, así
que los sacerdotes no se moverían sin una buena razón.
—¡Entregamos
el mensaje del cardenal a la hija de Arsak! —Su premonición se había vuelto
realidad. Los sacerdotes, que bajaban deprisa por las escaleras, le gritaron—:
¡Por voluntad del gran protector de Nauk y del cardenal, prohibimos su
presencia en este funeral!
—... —Al
principio, debido a la distancia, pensó que había escuchado mal—. ¿Qué? ¿Qué
acaban de decir?
—Mientras
esté acompañada por aquellos que desafían la voluntad de Dios, la hija de Arsak
no podrá poner un pie en el templo. Este es el mensaje entregado por el
cardenal.
—¿Acaso eso
de "aquellos que desafían la voluntad de Dios" se refiere a mi
prometido?
—Sí, así es.
—... —Esto no
era un mensaje del cardenal. Era obra de Lyndon Kleinfelter. Parecía decidido a
aislar a Liene en Nauk. Ella habló con firmeza—: No puedo aceptar esto.
Despejen el camino.
—Nosotros
meramente obedecemos la palabra del cardenal.
—Yo soy la
gobernante de Nauk.
—El único
gobernante para los sacerdotes es Dios.
—Cómo se
atreven... —Las yemas de sus dedos se entumecieron por la conmoción y la ira.
Esto no podía estar pasando. Por mucho que el cardenal se pusiera del lado de
Lyndon, quien le llenaba los bolsillos, no podía despreciar tan abiertamente a
la gobernante de Nauk—. Entonces convoquen al cardenal. Diganle que hable
directamente frente a mí.
—El cardenal
está presidiendo el funeral.
—Díganle que
lo posponga.
—Sin
embargo... ¡él mencionó una condición! —Cuando ella se mantuvo firme en su
postura, el sacerdote, que había vacilado por un momento, cambió rápidamente
sus palabras—: Si la hija de Arsak abandona a aquellos a quienes Dios ha
desamparado, perdonaremos todas las faltas y la aceptaremos de vuelta como una
hija de Dios.
Este era el
meollo del asunto. Le estaban diciendo que cancelara obedientemente el
compromiso con Tiwakan. Ambas orejas se le encendieron en rojo. Estaba
enfurecida.
—¿Acaso un
compromiso se puede cancelar tan fácilmente solo con mi palabra? ¿De verdad el
cardenal cree eso? —Si el cardenal no fuera un tonto, no pensaría de esa
manera. Las fuerzas que sitiaron el castillo durante dos semanas para obtener
el consentimiento de la propuesta no podían haber mermado a un puñado en tan
poco tiempo. Lyndon debía saberlo.
Por lo tanto,
este era un intento de poner a todo Nauk en su contra. Si al final ella se
alejaba del templo, el rumor se esparciría: «A pesar de que Dios ofreció una
opción, la princesa de Nauk se dejó cautivar por el gusto bárbaro y juntos
desafiaron a Dios. Por lo tanto, ya no se le puede permitir gobernar Nauk. El
derecho a gobernar debe serle arrebatado. Esa es la voluntad de Dios».
—El cardenal
nos instruyó a entregar el mensaje tal cual.
—¡Díganle que
salga y hable directamente! ¡Que no se esconda dentro del templo como un
cobarde! —Cuando ella, incapaz de soportarlo más, alzó la voz, los sacerdotes
la fulminaron con la mirada.
—¡Hija de
Arsak, sea respetuosa en presencia de Dios! ¡Dios no permitirá tal falta de
respeto!
—¡Quién
comenzó la falta de respeto primero...! —Se quedó sin palabras. No podía
aceptar esta situación. Soltó sus puños fuertemente apretados y luego sujetó el
dobladillo de su falda—. Bien. Entonces iré a verlo yo misma. Veré si se atreve
a decir lo mismo frente a mí.
—Espere. —Sin
embargo, la voz profunda de él la detuvo—. Sería mejor que no suba.
—¿Por qué...?
—Con una mirada afilada, él observó más allá de los sacerdotes.
—Ellos no
serían tan tontos.
—Eso... —Se
mordió el labio por un instante.
Las palabras
de él eran ciertas. Por muy insensato que fuera el cardenal, no podía actuar de
esta manera. Además, el templo carecía de la fuerza militar para oponerse a las
fuerzas de Tiwakan. Si Tiwakan quisiera subir estas escaleras, los sacerdotes
no tendrían forma de detenerlos. Y, aun así, estaban cometiendo abiertamente
toda clase de insultos. Eso no era la acción de un tonto.
—Parece que
nos están provocando.
—¿Por qué...?
—Quizás
quieren que subamos. —Eso significaba que planeaban algo allá arriba.
—Pero tampoco
puedo dejar de asistir al funeral. Usarán eso como otra excusa para acusarme.
—Lidiemos con
las cosas una por una. Es mejor no ascender en una situación en la que no
estamos seguros de qué nos espera en la cima.
—... —Él
tenía razón. Su juicio no se basaba en las intrigas políticas de la familia
Kleinfelter. Debía de haber hecho una evaluación táctica como el invencible
líder de los mercenarios—. Es más sabio seguir su guía ahora. Comprendo —dijo
ella con un suspiro.
Mientras se
daba la vuelta para bajar las escaleras, miró de reojo hacia la cima de la
colina una vez más. Vio a los sacerdotes susurrándose unos a otras presas del
pánico. «Él tenía razón. Tendieron una trampa y me provocaron». La ira
estalló dentro de ella nuevamente. Lyndon parecía decidido a pisotear
abiertamente su autoridad. Eso equivalía a una declaración de guerra.
«Entonces,
¿qué debo hacer ahora?». Cuando Tiwakan sitió el castillo, el enemigo era
claro. Tiwakan era el enemigo de Nauk. Sin embargo, ahora ya no podía
identificar quién era su verdadero enemigo.
—Cuidado con
el escalón. —Sus complicados pensamientos se convirtieron en un tropiezo.
Cuando estuvo a punto de caer, él la rodeó rápidamente con sus brazos y la
levantó.
—Ah... Qué
vergüenza. No estaba concentrada mientras bajaba las escaleras.
—Está bien,
solo su futuro esposo lo vio.
—... ¿Este
hombre es mi enemigo, o no? —Quería saberlo. ¿Quién era este hombre que
constantemente la cuidaba con tanto esmero, evitando que se cayera o saliera
lastimada? «¿Acaso la venganza es realmente así de gentil?». Incluso un
pensamiento tan absurdo cruzó por su mente.
****¨***
—¡Maldición...!
—Lyndon, que se inclinaba sobre la barandilla en el patio del templo observando
hacia abajo, torció los labios con fastidio—. ¿Acaso olfateó la trampa de
alguna manera? Esa serpiente es astuta.
A su lado se
encontraba Laffit.
—...Más bien
es un alivio. Si la princesa hubiera muerto, la familia Kleinfelter habría sido
la expulsada de Nauk. —Laffit —o el hombre que ahora debía ser llamado Lopez
Kleinfelter— contemplaba fijamente un punto con ojos fríos.
Allí había
una enorme roca atada de forma precaria. Era un objeto extraño para estar en el
patio del templo. Una roca así debería estar ligada a una catapulta.
—...
Lyndon giró
el hombro y clavó la mirada en su sobrino, quien acababa de hablar.
—¿Hablas en
serio? ¿Perdimos una oportunidad de oro para matar al líder bárbaro al
instante?
Si la
provocación hubiera tenido éxito y Tiwakan se hubiera abierto paso a la fuerza
escaleras arriba, habrían hecho rodar la roca hacia abajo. De haber ocurrido
eso, todos habrían terminado aplastados por la roca o habrían muerto
despedazados al caer al fondo de la colina. Por supuesto, los sacerdotes o la
princesa también podrían haber muerto en el proceso. Pero a Lyndon no le
importaba.
—Admítelo. La
princesa Liene es amada en Nauk. No se le puede matar deliberadamente.
—Chis... No
sirves para nada. ¿Todavía tienes sentimientos por una mujer tan barata?
—Cuide sus
palabras, tío. —El hijo mayor, que había adquirido el nuevo nombre de Lopez,
levantó la mirada. Una pálida ira azul hizo que sus ojos lucieran tan afilados
como cuchillas—. Nadie tiene permitido hablar mal de la princesa en mi
presencia. Especialmente si sabe lo que ella hizo solo para salvarme.


0 Comentarios