Un dios masculino tras la pared: Amor forzado por 100 días - Capítulo 90
Gu Yusheng
levantó ligeramente los párpados y lanzó una mirada a Lu Bancheng sin decir
palabra. Dio una fuerte calada a su cigarrillo y, mientras exhalaba un elegante
círculo de humo, tomó su teléfono. Miró la pantalla: estaba limpia, sin ninguna
notificación de mensaje o llamada perdida.
Al terminar
la ronda anterior, había tomado el teléfono y la había sacado de su lista
negra. Había pasado bastante tiempo y seguía sin recibir ni un solo mensaje de
ella...
Los ojos de
Gu Yusheng brillaron con un matiz extraño. Entró en la carpeta de mensajes
bloqueados; había muchos mensajes y llamadas interceptadas ahí. Deslizó la
pantalla con una mano para revisarlos rápido: excepto por aquel de hace tres
meses que decía: "El abuelo volvió de Hainan, nos pidió ir a cenar a la
mansión mañana", no había absolutamente nada más de ella.
¿Así que esta
tarde, incluso estando atrapada en las afueras sin poder volver a la ciudad, ni
siquiera se le pasó por la cabeza pedirle ayuda?
De repente,
por la mente de Gu Yusheng cruzaron las imágenes de ayer: ella comiendo sola en
el coche en medio de la calle, ella durmiendo toda la noche en el solárium y la
conversación que tuvo con el mayordomo por la mañana...
Parecía que,
cuando dijo que se mantendría lejos de él, realmente lo estaba cumpliendo...
Pero, ¿desde cuándo se había vuelto tan obediente? En el pasado, él le había
gritado mil veces que se largara, ¿y cuándo le había hecho caso de verdad?
Esa
irritación que sintió al salir de casa por la mañana volvió a brotar con
fuerza. Gu Yusheng dio una calada feroz al cigarrillo y, entre dientes, le
respondió a Lu Bancheng con dos palabras:
—¡No hace
falta!
Justo cuando
terminó de hablar, otro relámpago cruzó la ventana; una luz blanca que pareció
desgarrar el cielo negro en dos, creando una escena tan hostil que parecía
salida de una película de ciencia ficción.
Tras el
estruendo de un trueno ensordecedor, Lu Bancheng, que siempre había tenido una
buena relación con Liang Doukou, mostraba una ansiedad cada vez más profunda.
Giraba la cabeza frecuentemente para mirar a Gu Yusheng, pero el hombre seguía
recostado en su silla con total indiferencia: con una mano tomaba y lanzaba
cartas, y con la otra sostenía el cigarrillo, sacudiendo la ceniza de vez en
cuando. Su postura no podía ser más relajada.
Cuando fue el
turno de Gu Yusheng de robar carta, el ruido de la lluvia contra los cristales
se hizo aún más violento. Lu Bancheng miró de reojo aquel clima infernal y,
tras dudar un momento, se acercó a Gu Yusheng y le susurró:
—Incluso si
no la quieres, al menos es la esposa con la que te casaste. No puedes ser tan
sangre fría como para ignorarla por completo, ¿no crees?
El movimiento
de Gu Yusheng para tomar una carta se detuvo un instante. Su vista se desvió
hacia la pantalla del móvil que estaba a un lado: seguía sin haber
notificaciones. Sus ojos se volvieron ligeramente más fríos; organizó sus
cartas con rapidez, sacó una y la lanzó a la mesa como si no hubiera escuchado
a Lu Bancheng, diciendo simplemente:
—Tres de
bambú.
—Sheng, es
solo hacer una llamada. Si llegó bien a casa, todos nos quedamos tranquilos. No
vaya a ser que no haya vuelto y, si llega a pasarle algo grave o fatal...
—¡Si muere,
mejor! ¡Así deja de estorbar! —Antes de que Lu Bancheng pudiera terminar, Gu
Yusheng lo interrumpió con una voz cargada de una frialdad siniestra.


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