—¿Te agrada?
—¿Eh? Oh… es
tan limpio y ordenado que me transmite paz.
—Ya veo.
—Sí.
Pensando que
había logrado cambiar de tema con éxito, le sonreí y continué examinando el
despacho. Deseaba absorber cada detalle de este lugar mientras tuviera la
oportunidad.
—Oh, colocó
las flores que le di justo allí. —Eché una mirada hacia su escritorio y divisé
las flores que le había obsequiado antes—. Le sientan mucho mejor a la
habitación que la planta en maceta que traje. Armonizan a la perfección con la
atmósfera.
—No lo creo.
—¿Eh?
—La que tú
trajiste es mejor.
—Ah, ¿sí?
Lo que le
había dicho no era en absoluto un cumplido vacío. Genuinamente consideraba que
la maceta que había traído se adaptaba mejor a las flores que la que se
encontraba allí en ese momento. Sin embargo, Kaern insistía en que el
recipiente roto era preferible.
«¿Será
porque me vio muy desilusionada?».
Verlo
preocuparse por mí de forma tan natural hizo que mi corazón diera un vuelco una
vez más. Después de eso, intercambiamos algunas palabras breves y cotidianas.
La mayor parte, como era de esperarse, giró en torno a Adelia: si se encontraba
bien, lo feliz que lucía y demás. También conversamos sobre las flores que
había plantado en el jardín hoy.
Consideré
brevemente preguntarle cuál sería la mejor manera de cuidar el jardín de ahora
en adelante, pero deseché la idea de inmediato; sería mejor hablar de ello con
el personal por separado más tarde.
Justo
entonces, mientras estábamos por completo absortos en nuestra conversación…
—¡Ah, es
verdad!
Aunque un
poco tarde, de pronto recordé que tenía otro obsequio para él. Estimando que
este era el momento oportuno, lo extraje con cuidado de mi bolsillo y se lo
extendí.
—¿Qué es
esto?
—Un regalo
para usted, duque.
—¿Un regalo?
Pensé que las flores eran el obsequio.
—También
preparé este porque deseaba entregárselo. —Evitando sus ojos debido a una
repentina timidez, me recompuse rápidamente—. Usted me prestó su pañuelo una
vez antes… así que quería obsequiarle uno nuevo.
—¿Un pañuelo?
—Sí.
Tan pronto
como terminé de hablar, Kaern desenvolvió el regalo con presteza. En el
interior se encontraba el pañuelo blanco que había comprado antes, y él lo
contempló con fijeza.
—No es tan
fino como el que usted me dio, pero me alegraría que lo aceptara. —Temiendo que
pudiera no ser de su agrado, me apresuré a añadir esas palabras.
Él permaneció
en silencio. Desde el instante en que se lo había entregado, solo había
mantenido la mirada clavada en el pañuelo.
—¿Qué
significa esto? ¿KH?
Entonces,
levantando la cabeza —la cual había estado ligeramente inclinada—, me miró
directo a los ojos y señaló las iniciales bordadas en la tela.
—Eso… ese es
su nombre.
—¿Mi nombre?
—Sí. Bordé
las iniciales de su nombre.
—¿Pero por
qué KH?
—¿Eh? —Aunque
había anticipado la pregunta y preparado una respuesta, aun así, me desconcerté
por un instante.
—¿Por qué una
H después de la K, en lugar de solo la K? —volvió a preguntar Kaern, como si
supiera algo.
—Bueno… pensé
que una sola letra luciría un poco simple, así que añadí la siguiente también.
—¿Así que es
eso? —replicó Kaern, y luego fijó su penetrante mirada en mí en lugar de en el
pañuelo.
Aunque era
imposible, sentí como si pudiera leer mis pensamientos por completo, y la
tensión se instaló en mi pecho. Pero bajo ninguna circunstancia podía permitir
que se enterara. Reprendiéndome por actuar de forma tan tonta, esbocé una
sonrisa relajada a la fuerza.
—¿Debería
haber bordado solo una letra en su lugar? —le pregunté con inocencia.
—…No. Me
agrada de esta manera. Va conmigo. Gracias por el regalo.
Me alivió
escuchar que le había gustado. En mi fuero interno, dejé escapar un suspiro de
alivio y apacigüé mi acelerado corazón.
Ahora…
habiendo entregado el obsequio y concluido la charla amena, era momento de
abordar mi verdadero propósito.
—Duque.
—Hablé con cautela y lo miré—. Hay algo que necesito decirle.
Ante mis
palabras, Kaern asintió levemente, como instándome a continuar. Sin embargo,
mis labios no se movían con facilidad. Necesitaba hablar; mi mente sabía que
debía hacerlo, pero mi boca se rehusaba a obedecer.
—Si tienes
una petición que hacerme, puedes hablar con total libertad en cualquier
momento.
—Bueno… es
solo que…
¿Cómo
reaccionaría Kaern una vez que lo dijera? Sencillamente no podía predecirlo.
Considerando su temperamento habitual, podría aceptarlo con calma; pero dado
todo lo ocurrido en los últimos días, también podría enfurecerse. De cualquier
forma, sabía con certeza que aquello me resultaría difícil por un largo tiempo.
Pero esa era mi carga. No podía seguir postergándolo solo por tener miedo.
«Debo
hacerlo». Vamos, puedes con esto. Infundiéndome valor, finalmente obligué a
las palabras a salir:
—En realidad…
planeo marcharme pronto a estudiar al extranjero.
Al mencionar
los estudios en el extranjero, él se detuvo brevemente a reflexionar antes de
asentir.
—Siempre
deseaste estudiar fuera. Enviaré sirvientes para que se encarguen de la
propiedad mientras no estés. ¿Cuánto tiempo estarás fuera? ¿Un mes? ¿Dos?
—Bueno… el
país al que iré esta vez queda bastante lejos, así que podría tomar un tiempo.
Y considerando su edad, creo que nuestro compromiso…
—¿Nuestro
compromiso? —Al mencionar el compromiso, la mirada de Kaern se afiló—. ¿Qué es
exactamente lo que deseas decir sobre nuestro compromiso? —Su tono, además,
ahora se percibía gélido como el acero.
Al percatarme
de su expresión desconocida, seguí adelante:
—Después de
que mis padres fallecieron, usted se ofreció a protegerme y cuidar de mí a
través de nuestro compromiso; estoy verdaderamente agradecida por ello.
El rostro de
Kaern ahora se había endurecido por completo. De algún modo, mientras más
hablaba, peor parecía volverse la situación. Pero no podía detenerme aquí.
—Si me marcho
a estudiar al extranjero, transcurrirán años antes de mi regreso. Mantener este
compromiso, que depende únicamente de su benevolencia, no sería lo correcto.
Ahora soy una adulta capaz de protegerme a mí misma, por lo que ya no necesita
preocuparse por mí. No puedo seguir dependiendo de usted para siempre.
Kaern se
reclinó un poco hacia atrás, cruzó los brazos y se acomodó en el sofá. Aunque
vacilé ante la escena, armé de valor mi resolución. La suerte estaba echada; ya
no había vuelta atrás.
—Así que…
considero que no hay necesidad de mantener este compromiso formal. Debería
encontrar una duquesa pronto, cuanto antes mejor…
Antes de que
pudiera terminar, Kaern —quien apenas se había movido hasta ahora— se puso de
pie súbitamente. La atmósfera ominosa que se había estado gestando a su
alrededor desde antes alcanzó su punto máximo en ese instante, y me detuve a
mitad de la frase. Mis labios se secaron bajo el peso aplastante de la tensión.
Él solo se
había levantado, pero no emitió más palabras ni realizó ningún otro movimiento.
Un silencio insoportable se prolongó entre nosotros. Entonces, nuestras miradas
se cruzaron. Su iris carmesí, más oscuros que de costumbre, me atravesaron por
completo. No alcanzaba a descifrar qué pretendía comunicar con esa mirada; solo
sabía una cosa: estaba furioso.
«¿Qué
hago?».
Sin embargo,
no lograba comprender por qué estaba tan enfadado. Sin conocer el motivo, me
era imposible articular palabra; cualquier comentario imprudente solo podría
enfurecerlo más. Así que simplemente permanecí allí, ansiosa e inmóvil,
observando cómo Kaern se desplazaba despacio.
Caminó sin
prisa alguna. Un momento después, se detuvo justo frente a mí. Entonces, sus
labios —sellados hasta ahora— se abrieron, y una voz un tanto áspera emergió:
—¿«Formal»?
¿Desde cuándo dictaminó alguien que este compromiso era meramente formal?
Parece ser que te he inducido a un gran error. Déjame dejarte esto en claro: no
importa cuánto tiempo transcurra, nos casaremos… y tú te convertirás en la
duquesa de esta propiedad.
Su voz había
descendido a un registro casi imperceptible, y sus palabras se rehusaban a
cobrar sentido en mi mente aturdida. Lo único que pude hacer fue contemplarlo
con una expresión en blanco.
Otro denso
silencio cayó entre nosotros. ¿Qué demonios quería decir? Intenté descifrar
desesperadamente sus palabras en mi cabeza, pero mi cerebro, abrumado por la
conmoción, se negó a cooperar.
—…¿Eh? ¿A qué
se…? —Tras un largo rato, lo único que finalmente escapó de mis labios fue esa
débil pregunta.
—¿Así que no
lo comprendes? Entonces permíteme decírtelo de nuevo…
En ese
preciso instante…

0 Comentarios