Capítulo 23

 

Solté lo primero que se me ocurrió —lo que fuera— para ocultar el frenesí de mi corazón.

—Puede ir adentro. Puedo arreglármelas sola, así que…

Mientras hablaba, eché el cuerpo hacia atrás, esforzándome al máximo por poner algo de distancia entre nosotros. Pero entonces mi pie resbaló con una piedra grande incrustada en el suelo, lo que me hizo perder el equilibrio y caer de espaldas.

—¡Oh… ah…!

¡Clang!

En el mismo instante en que la maceta se hizo añicos, Kaern me sujetó por la cintura y me atrajo hacia sus brazos. Gracias a él no me caí, pero la flor que debió quedar bellamente asentada en la maceta ahora yacía esparcida por el suelo.

—Oh, la flor….

La miré con pesar y luego aparté la cabeza. Fue entonces cuando me percaté de que estaba presionada contra él de forma mucho más cercana que hacía un momento.

—¿Te encuentras bien?

—¿Eh? Sí. Estoy bien. Lo siento.

—¿De verdad estás bien? —Su voz, colmada de preocupación, no dejaba de resonar en mi oído.

—Sí. Estoy bien. Gracias a usted, Su Gracia, no me caí. Gracias.

Tras disculparme con Kaern desde esta postura terriblemente bochornosa, aparté los ojos de inmediato. Me moví sutilmente, intentando zafarme de su abrazo; pero quizá porque mi posición era inestable, Kaern no aflojó su agarre.

—Su Gracia, de verdad estoy bien. Así que… ¿podría soltarme ya, por favor…?

A pesar de mi reacción, Kaern solo me liberó después de ayudarme con cuidado a ponerme erguida y firme.

—Muchas gracias. Oh, pero la maceta…. —Suspiré, contemplando el recipiente por completo destrozado, y flexioné las rodillas—. Uf, menos mal. Aunque la maceta se rompió, la flor en sí está a salvo.

Por fortuna, la flor no había sufrido daños; si sacudía la tierra y la replantaba en la maceta de repuesto que traía en mi equipaje, debería estar perfectamente. Pensando en ello, estiré la mano para recoger la flor de entre los fragmentos rotos.

—¡No la toques! —Pero Kaern me sujetó la muñeca, impidiendo que mi mano siquiera se aproximara a la flor—. Es peligroso. No la toques.

—Solo voy a recoger la flor con cuidado.

—No. —Deteniéndome con firmeza, Kaern llamó a un sirviente—: Trasplanten la flor a una maceta nueva.

—Sí, señor.

Ante la orden de Kaern, los sirvientes se movieron con presteza y en perfecta sincronía. En un santiamén, gracias a sus movimientos experimentados, el sitio donde se habían esparcido los pedazos de la maceta quedó impecable.

—Incluso había una maceta de repuesto en mi equipaje… y ya la han replantado —murmuré, observando el recipiente que sostenía Kaern, uno que lucía mucho más costoso y elegante que el que yo había traído. En su interior reposaba la flor roja—. No quería que tu flor saliera lastimada.

—Los pétalos rojos y la maceta blanca combinan de maravilla. —La brillantez de la flor armonizaba a la perfección con la serenidad del blanco puro de la maceta.

—Pero ahora mi regalo ya no es realmente un regalo.

—¿Un regalo?

La flor en maceta había sido pensada como un obsequio para él. Aparte del pañuelo que había comprado en la tienda, deseaba especialmente entregarle esta flor, por lo que también había preparado el recipiente a juego.

—Sí. La traje para dársela a usted, Su Gracia. Pero me siento muy desilusionada por haber roto la maceta —respondí con voz decaída.

—¿La trajiste para dármela a mí?

—Sí. Cuando vi esta flor, pensé de inmediato en usted… porque su color me recordó al de sus ojos…. —No había tenido la intención de decir algo tan vergonzosamente dulce, pero las palabras se me escaparon antes de que pudiera darme cuenta.

—Así que, esto es….

—Compraste esta flor pensando en mí…. —Había intentado encubrir mi vergüenza, pero, en su lugar, mi reacción solo despertó un mayor interés en Kaern por la flor—. Entonces realmente es una pena, justo como dices.

—¿Eh?

—De haber sabido que era un regalo para mí, jamás —bajo ninguna circunstancia— habría permitido que se rompiera.

—Lo siento. Fue por mi descuido….

—No hay necesidad de disculparse. Fue mi movimiento repentino lo que lo provocó. Aceptaré tu regalo con gusto. —Cuando me disculpé, invadida por el remordimiento, él me tranquilizó con amabilidad. Luego llamó a un sirviente cercano y le entregó la maceta—: Llévala a mi estudio por ahora.

—Sí, señor.

Después de que el sirviente se retirara con la maceta, el silencio se instaló a nuestro alrededor por un momento. Me preguntaba qué decir a continuación cuando, de pronto, recordé a qué había venido.

—Iré a plantar algunas flores en el jardín ahora.

—Acompáñame. —Justo como antes, Kaern caminó a mi lado, acoplándose a mi paso.

—¿No le estoy quitando demasiado tiempo? —Él era célebre por lo ocupado que estaba; todo el mundo lo sabía. No podía evitar preocuparme por si se estaba exigiendo de más por mi culpa. Pero Kaern respondió a mi pregunta con su habitual expresión en blanco y su tono seco—: No particularmente.

—Oh…. —Dado que dijo que no estaba especialmente ocupado, se sentía extraño insistir, así que simplemente guardé silencio.

A decir verdad, incluso antes de bajar del carruaje, había albergado el secreto anhelo de que paseáramos juntos por el jardín. Así que caminé con él en silencio hacia allí, haciendo todo lo posible por ocultar tales pensamientos.

Con Kaern a mi lado, no sabía si era solo mi impresión, pero el día parecía mucho más radiante que antes.

Al adentrarse en el jardín, el dulce aroma de las flores me hizo cosquillas en la nariz, transportado por el cálido y acogedor aliento de la primavera. Fingiendo mirar a mi alrededor, le eché un rápido vistazo de reojo a Kaern.

Lucía tan asombrosamente apuesto y notablemente elegante como siempre. Sin embargo, lo que se suponía que sería solo una mirada fugaz se transformó en una contemplación intensa sin que me diera cuenta. Kaern notó mi atención y giró la cabeza hacia mí.

—¿Tengo algo en el rostro?

—¿Eh? No. —Apenas logré disimular mi desconcierto y aparté la vista con rapidez.

Justo en ese momento, arribamos al parterre donde había planeado plantar las flores. Tomé con presteza las flores de la caja de madera colocada frente al lecho y las extraje con cuidado. Luego, inclinándome, comencé a colocarlas en la tierra que Amy ya había labrado para mí.

Él no volvió a hablarme. Me había preocupado que pudiera ofrecerse a ayudar, pero, por fortuna, no lo hizo. Ya debía de haber escuchado por boca de Adelia que jamás permitía que nadie más se encargara de mis labores en el jardín.

En otros lugares habría aceptado la ayuda de los sirvientes, pero el jardín del duque de Lavellion era diferente. Este era un sitio especial que yo misma había moldeado con mis propias manos, cuidando cada porción de tierra, cada flor y cada árbol. Incluso Adelia, que siempre me acompañaba, conocía bien el empeño y el cariño que había volcado en él, por lo que solo se limitaba a observar en silencio mientras yo me ocupaba del jardín.

Ahora que me había desligado del compromiso y estaba a punto de marcharme a estudiar al extranjero, los sirvientes de la propiedad se harían cargo; pero aun así deseaba plantar estas flores yo misma antes de partir.

«¿Seguirá de pie justo detrás de mí?». No podía estar segura puesto que no estaba mirando, pero habría jurado que sentía una mirada ardiente sobre mi espalda. Haciendo de tripas corazón para no distraerme, me apresuré a terminar de trasplantar las flores. Como los sirvientes ya lo tenían todo preparado, acabé antes de lo previsto y finalmente enderecé la espalda.

Cuando me giré para buscarlo, Kaern estaba sentado en un banco situado justo detrás de mí. Tras dedicarle una mirada de satisfacción al parterre, ahora colmado de los capullos que había traído hoy, me aproximé a él, y él se puso de pie.

—¿Todo listo?

—Sí. Creo que ya podemos volver adentro.

—Espera un momento.

—¿Por qué? —Justo cuando estaba a punto de dar un paso atrás…

La mano de Kaern se extendió lentamente hacia mí, se detuvo cerca de mi cabello por un segundo y luego se retiró. Entre las yemas de sus dedos había un solo pétalo de flor.

—Oh… se me debe de haber pegado mientras plantaba. Gracias. —Sonriendo levemente, le agradecí.

—Entonces, vayamos adentro.

—Sí, Su Gracia.

Antes de seguirlo, eché un último vistazo al jardín. Una sonrisa de satisfacción se dibujó de forma natural en mis labios.

«Este debería ser el final, ¿verdad?».

Sin embargo, a pesar de ese pensamiento, una agridulce sensación de pérdida resultaba inevitable. Bueno, al menos el personal del duque lo cuidaría bien de ahora en adelante. Esperando que así fuera, entré a la mansión con Kaern. Era un lugar que visitaba todos los días, pero entrar con Kaern en vez de con Adelia me despertaba un sentimiento extraño y desconocido.

Fuimos directo al estudio de Kaern y nos sentamos frente a frente, con la mesa de por medio. Entonces Kaern, que parecía sumido en sus pensamientos, finalmente abrió la boca:

—Helena, ¿por qué continúas llamándome "Su Gracia"?

—¿Eh? —Kaern frunció levemente el ceño, como si algo le disgustara.

—¿Acaso no acordamos que nos llamaríamos por nuestros nombres de pila a partir de ahora?

No había esperado que me confrontara directamente por seguir utilizando el trato formal, y vacilé antes de responder. Aunque me hacía feliz contar ahora con el permiso para pronunciar su nombre, la timidez y los nervios eran simplemente inevitables. Para eludir la respuesta, cambié deliberadamente de tema, contemplando la habitación como si fuera algo fascinante:

—Esta es mi primera vez en el estudio de Su Gracia. Verdaderamente…. —El espacio se sentía fresco y pulcro, enteramente libre de cualquier distracción innecesaria. En esto, también, Kaern era indudablemente él mismo.