Tras unir a la villana con el protagonista masculino - Capítulo 25

Capítulo 25

 

—¡Duque! Es el mayordomo.

Antes de que pudiera pronunciar otra palabra, un apresurado llamado resonó en la puerta, seguido de la urgente voz del mayordomo desde el exterior. Kaern levantó la cabeza y miró alternadamente hacia la puerta y hacia mí; parecía estar decidiendo qué asunto requería su atención inmediata.

—¡Duque! ¡Ha llegado un mensaje urgente desde el palacio imperial!

Pero como para disipar su vacilación al instante, el mayordomo presionó a Kaern todavía más. Finalmente, él apartó los ojos de mí y se dirigió hacia la puerta con voz queda.

—¿Desde el palacio imperial?

—Sí. Dijeron que debe serle entregado de inmediato.

—Adelante.

Ante la orden de Kaern, el mayordomo entró apresuradamente al estudio.

—Mis disculpas.

—Es suficiente. El mensaje.

—Aquí está.

Kaern tomó el sobre sellado de manos del mayordomo y lo rasgó con impaciencia. A simple vista, el sello era indudablemente el del emperador. Permanecí sentada en silencio, observándolo. Tras leer la carta con rapidez, murmuró una maldición entre dientes.

Por un momento, me sobresaltó su actitud ruda, pero pronto su mirada regresó a mí. Guardó silencio de nuevo por un largo rato. A su lado, el mayordomo se movía con nerviosismo de un pie a otro, visiblemente ansioso. Este asunto debía de ser sumamente urgente.

De cualquier forma, yo ya había dicho todo lo que necesitaba decir hoy. Aunque me sentía un poco inquieta por no haber recibido una respuesta clara debido a su desconcertante reacción, pareció lo mejor marcharme por el momento.

—Duque…

—Hablaremos de nuevo más tarde. —Justo cuando estaba por hablar, él se me adelantó.

—Oh… sí, comprendo. Entonces me retiraré ahora. —Aliviada, me levanté de prisa de mi asiento.

—Helena. —Mientras me giraba hacia la puerta tras hacer una reverencia, Kaern de pronto pronunció mi nombre.

—¿Sí?

—Vendré a buscarte tan pronto como termine. Espérame. Y la próxima vez… preferiría que me llamaras por mi nombre, no «duque».

Había pensado que el asunto había pasado de largo de forma natural, pero por lo visto no era así. Kaern se había quedado enganchado al hecho de que yo no había utilizado su nombre. En lugar de responder, simplemente asentí y abandoné el estudio con presteza para que pudiera atender sus obligaciones.

La distancia desde el estudio del segundo piso hasta la entrada de la mansión era considerable. Caminé por el pasillo de la segunda planta, bajé las escaleras, crucé el vestíbulo del primer piso y finalmente salí al exterior. Mi mente permaneció revuelta y aturdida durante todo el trayecto.

—Señorita. —La voz de Amy me sacó de mis pensamientos—. ¿Señorita?

—¿Eh?

—¿Qué ocurre? ¿Sucedió algo?

—No, no. Solo regresemos a casa ya.

—Sí, entendido. —Forcé una sonrisa torpe, fingiendo que nada iba mal, y me dirigí hacia el carruaje.

Justo en ese momento…

De repente, un alboroto estalló en las cercanías, y varios caballos aparecieron frente a la mansión, como si hubieran surgido de la nada. Uno de ellos me resultaba sumamente familiar.

«Ese es el caballo de Kaern».

Casi tan pronto como el pensamiento cruzó mi mente, su jinete irrumpió desde el interior de la propiedad. Con una gracia fluida, montó el caballo con presteza.

—Eres bienvenida a quedarte y contemplar mi jardín un poco más. —Kaern, sosteniendo las riendas, se dirigió a mí.

—No, gracias. Se está haciendo tarde, y es evidente que usted no se va a quedar. ¿Se dirige al palacio imperial de inmediato?

—Resolveré esto lo más rápido posible y luego retomaremos nuestro asunto de antes.

—Sí. Por favor, cuídese, duque.

Kaern respondió únicamente con una mirada antes de espolear a su caballo en un galope furioso. Los caballeros que lo escoltaban lo siguieron de cerca a su paso.

—¡Ka…! —Casi armé de valor mi resolución para llamarlo por su nombre, pero me detuve de inmediato. Ya se encontraba demasiado lejos; mi voz jamás lo alcanzaría.

Mantuve los ojos fijos en su figura en retirada hasta que se desvaneció por completo.

—Vámonos, Amy.

—Sí, señorita. —Tras dedicarle una última mirada a la dirección por la que había desaparecido, reprimí mi persistente melancolía y subí al carruaje para regresar a casa.

Mientras galopaba hacia el palacio imperial, Kaern luchaba con fiereza por reprimir la ira bullente que ascendía en su interior.

¿Anular el compromiso? ¿Recibir a una nueva duquesa? ¿Cómo podía alguien sugerir semejante cosa? Jamás imaginó que Helena —su prometida, su futura esposa— albergaría nociones tan absurdas e impensables.

De haberlo sabido, se habría casado con ella en el instante en que alcanzó la mayoría de edad. No, mejor aún: si se hubieran casado directamente desde el principio en lugar de limitarse a comprometerse, ella jamás habría soñado con escapar de su lado.

Se había contenido únicamente por el bien de Helena. No quería abrumarla mientras fuera todavía tan joven. Si se hubieran casado en aquel entonces, Helena se habría convertido de inmediato en la señora de la Casa Lavellion y se habría visto obligada a cargar con un sinfín de responsabilidades. Tales deberes venían con el título, independientemente de la edad.

Sin embargo, Kaern no había querido que Helena —de la misma edad que Adelia— soportara una vida pesada tan pronto. Anhelaba que pudiera disfrutar de una juventud libre de preocupaciones, tal como Adelia. Incluso había liquidado las deudas dejadas por los difuntos vizconde y vizcondesa Rosentia, creyendo que aquello aseguraría su tranquilidad.

Pese a ello, Helena había insistido en reembolsarle, devolviéndole el dinero paulatinamente a lo largo de varios años. Al principio, él se había negado a aceptarlo. Después de todo, una vez que se casaran, todo en la casa ducal le pertenecería a ella de cualquier forma. Pero Helena se había mostrado firme. Decidida a restituir cada moneda, se mantuvo en sus trece hasta que él finalmente cedió.

Cada vez que reembolsaba una parte de la deuda, incluía una carta. El contenido siempre era simple y casi idéntico: expresaba su gratitud y manifestaba cuánto tiempo más le tomaría liquidar la cantidad restante. Para él, no obstante, aquellos no eran meros cronogramas de pago; eran valiosos testimonios de recuerdos entrañables.

Por ende, esas cartas estaban cuidadosamente almacenadas en un cajón del escritorio de su estudio, junto al dinero que ella había devuelto. En un espacio al que solo el propio Kaern tenía acceso. Cada vez que su deseo de mantener a Helena cerca se volvía demasiado intenso, leía esas cartas para apaciguarse.

Y ahora, este era el resultado. Mientras él ejercía la paciencia por consideración a ella, Helena había estado tramando su escape.

«Ah…». Kaern respiró hondo, intentando sofocar su creciente agitación. «No». No podía permitir bajo ningún concepto que Helena lo dejara de esta manera.

Sin embargo, en este preciso momento, le era imposible hablar con ella. Kaern ya sabía por qué razón lo había convocado el emperador.

Guerra.

Recientemente se había ausentado de la capital por ese mismo motivo. Al percibir movimientos inusuales por parte del reino vecino de Mathios, se había dirigido a investigar. Allí confirmó que Mathios se preparaba para invadir los territorios del sur del imperio. No obstante, no había previsto que la guerra estallara tan pronto. De manera inusual en él, se había permitido un tiempo de ocio.

«¿Por qué lo hice?». ¿Por qué? No es que realmente hubiera creído que la guerra no llegaría. La respuesta era evidente: simplemente deseaba permanecer al lado de Helena un poco más. Después de que Adelia se marchara, no soportaba la idea de dejar a Helena sola para sobrellevar su solemnidad.

«Maldita sea». Kaern maldijo para sus adentros, con la frustración hirviendo en su ser.

El momento no podría haber sido peor. Necesitaba quedarse cerca para evitar que Helena se desviara, pero las circunstancias lo hacían imposible. El imperio siempre requería de Kaern, y como duque de su casa principal, cargaba con el deber y la obligación de responder a su llamado.

«Debo ver a Helena antes de marcharme».

Nadie sabía cuánto duraría esta guerra. De las innumerables contiendas en las que había luchado, la más corta había tomado menos de dos meses, mientras que la más larga se había prolongado por años. Pero esta vez, se juró a sí mismo que no tomaría tanto tiempo. Tenía que explicarle la situación y, de algún modo, retenerla a su lado. Esta ansiedad corrosiva no se desvanecería hasta que pudiera mantenerla a salvo entre sus brazos; pero, aun así, necesitaba verla ahora para aplacar estas emociones, aunque fuera un poco.

«De seguro Lucas Aiker no se atreverá a aproximarse a ella en mi ausencia».

Por fortuna, Lucas Aiker no había osado acercarse a Helena desde la advertencia de Kaern. Pero si se corría la voz de que él se marchaba…

—¡Prrr!

De repente, el caballo de Kaern soltó un fuerte relincho y se detuvo en seco.

Publicar un comentario

0 Comentarios