—¡Duque! Es
el mayordomo.
Antes de que
pudiera pronunciar otra palabra, un apresurado llamado resonó en la puerta,
seguido de la urgente voz del mayordomo desde el exterior. Kaern levantó la
cabeza y miró alternadamente hacia la puerta y hacia mí; parecía estar
decidiendo qué asunto requería su atención inmediata.
—¡Duque! ¡Ha
llegado un mensaje urgente desde el palacio imperial!
Pero como
para disipar su vacilación al instante, el mayordomo presionó a Kaern todavía
más. Finalmente, él apartó los ojos de mí y se dirigió hacia la puerta con voz
queda.
—¿Desde el
palacio imperial?
—Sí. Dijeron
que debe serle entregado de inmediato.
—Adelante.
Ante la orden
de Kaern, el mayordomo entró apresuradamente al estudio.
—Mis
disculpas.
—Es
suficiente. El mensaje.
—Aquí está.
Kaern tomó el
sobre sellado de manos del mayordomo y lo rasgó con impaciencia. A simple
vista, el sello era indudablemente el del emperador. Permanecí sentada en
silencio, observándolo. Tras leer la carta con rapidez, murmuró una maldición
entre dientes.
Por un
momento, me sobresaltó su actitud ruda, pero pronto su mirada regresó a mí.
Guardó silencio de nuevo por un largo rato. A su lado, el mayordomo se movía
con nerviosismo de un pie a otro, visiblemente ansioso. Este asunto debía de
ser sumamente urgente.
De cualquier
forma, yo ya había dicho todo lo que necesitaba decir hoy. Aunque me sentía un
poco inquieta por no haber recibido una respuesta clara debido a su
desconcertante reacción, pareció lo mejor marcharme por el momento.
—Duque…
—Hablaremos
de nuevo más tarde. —Justo cuando estaba por hablar, él se me adelantó.
—Oh… sí,
comprendo. Entonces me retiraré ahora. —Aliviada, me levanté de prisa de mi
asiento.
—Helena.
—Mientras me giraba hacia la puerta tras hacer una reverencia, Kaern de pronto
pronunció mi nombre.
—¿Sí?
—Vendré a
buscarte tan pronto como termine. Espérame. Y la próxima vez… preferiría que me
llamaras por mi nombre, no «duque».
Había pensado
que el asunto había pasado de largo de forma natural, pero por lo visto no era
así. Kaern se había quedado enganchado al hecho de que yo no había utilizado su
nombre. En lugar de responder, simplemente asentí y abandoné el estudio con
presteza para que pudiera atender sus obligaciones.
La distancia
desde el estudio del segundo piso hasta la entrada de la mansión era
considerable. Caminé por el pasillo de la segunda planta, bajé las escaleras,
crucé el vestíbulo del primer piso y finalmente salí al exterior. Mi mente
permaneció revuelta y aturdida durante todo el trayecto.
—Señorita.
—La voz de Amy me sacó de mis pensamientos—. ¿Señorita?
—¿Eh?
—¿Qué ocurre?
¿Sucedió algo?
—No, no. Solo
regresemos a casa ya.
—Sí,
entendido. —Forcé una sonrisa torpe, fingiendo que nada iba mal, y me dirigí
hacia el carruaje.
Justo en ese
momento…
De repente,
un alboroto estalló en las cercanías, y varios caballos aparecieron frente a la
mansión, como si hubieran surgido de la nada. Uno de ellos me resultaba
sumamente familiar.
«Ese es el
caballo de Kaern».
Casi tan
pronto como el pensamiento cruzó mi mente, su jinete irrumpió desde el interior
de la propiedad. Con una gracia fluida, montó el caballo con presteza.
—Eres
bienvenida a quedarte y contemplar mi jardín un poco más. —Kaern, sosteniendo
las riendas, se dirigió a mí.
—No, gracias.
Se está haciendo tarde, y es evidente que usted no se va a quedar. ¿Se dirige
al palacio imperial de inmediato?
—Resolveré
esto lo más rápido posible y luego retomaremos nuestro asunto de antes.
—Sí. Por
favor, cuídese, duque.
Kaern
respondió únicamente con una mirada antes de espolear a su caballo en un galope
furioso. Los caballeros que lo escoltaban lo siguieron de cerca a su paso.
—¡Ka…! —Casi
armé de valor mi resolución para llamarlo por su nombre, pero me detuve de
inmediato. Ya se encontraba demasiado lejos; mi voz jamás lo alcanzaría.
Mantuve los
ojos fijos en su figura en retirada hasta que se desvaneció por completo.
—Vámonos,
Amy.
—Sí,
señorita. —Tras dedicarle una última mirada a la dirección por la que había
desaparecido, reprimí mi persistente melancolía y subí al carruaje para
regresar a casa.
Mientras
galopaba hacia el palacio imperial, Kaern luchaba con fiereza por reprimir la
ira bullente que ascendía en su interior.
¿Anular el
compromiso? ¿Recibir a una nueva duquesa? ¿Cómo podía alguien sugerir semejante
cosa? Jamás imaginó que Helena —su prometida, su futura esposa— albergaría
nociones tan absurdas e impensables.
De haberlo
sabido, se habría casado con ella en el instante en que alcanzó la mayoría de
edad. No, mejor aún: si se hubieran casado directamente desde el principio en
lugar de limitarse a comprometerse, ella jamás habría soñado con escapar de su
lado.
Se había
contenido únicamente por el bien de Helena. No quería abrumarla mientras fuera
todavía tan joven. Si se hubieran casado en aquel entonces, Helena se habría
convertido de inmediato en la señora de la Casa Lavellion y se habría visto
obligada a cargar con un sinfín de responsabilidades. Tales deberes venían con
el título, independientemente de la edad.
Sin embargo,
Kaern no había querido que Helena —de la misma edad que Adelia— soportara una
vida pesada tan pronto. Anhelaba que pudiera disfrutar de una juventud libre de
preocupaciones, tal como Adelia. Incluso había liquidado las deudas dejadas por
los difuntos vizconde y vizcondesa Rosentia, creyendo que aquello aseguraría su
tranquilidad.
Pese a ello,
Helena había insistido en reembolsarle, devolviéndole el dinero paulatinamente
a lo largo de varios años. Al principio, él se había negado a aceptarlo.
Después de todo, una vez que se casaran, todo en la casa ducal le pertenecería
a ella de cualquier forma. Pero Helena se había mostrado firme. Decidida a
restituir cada moneda, se mantuvo en sus trece hasta que él finalmente cedió.
Cada vez que
reembolsaba una parte de la deuda, incluía una carta. El contenido siempre era
simple y casi idéntico: expresaba su gratitud y manifestaba cuánto tiempo más
le tomaría liquidar la cantidad restante. Para él, no obstante, aquellos no
eran meros cronogramas de pago; eran valiosos testimonios de recuerdos
entrañables.
Por ende,
esas cartas estaban cuidadosamente almacenadas en un cajón del escritorio de su
estudio, junto al dinero que ella había devuelto. En un espacio al que solo el
propio Kaern tenía acceso. Cada vez que su deseo de mantener a Helena cerca se
volvía demasiado intenso, leía esas cartas para apaciguarse.
Y ahora, este
era el resultado. Mientras él ejercía la paciencia por consideración a ella,
Helena había estado tramando su escape.
«Ah…».
Kaern respiró hondo, intentando sofocar su creciente agitación. «No». No
podía permitir bajo ningún concepto que Helena lo dejara de esta manera.
Sin embargo,
en este preciso momento, le era imposible hablar con ella. Kaern ya sabía por
qué razón lo había convocado el emperador.
Guerra.
Recientemente
se había ausentado de la capital por ese mismo motivo. Al percibir movimientos
inusuales por parte del reino vecino de Mathios, se había dirigido a
investigar. Allí confirmó que Mathios se preparaba para invadir los territorios
del sur del imperio. No obstante, no había previsto que la guerra estallara tan
pronto. De manera inusual en él, se había permitido un tiempo de ocio.
«¿Por qué
lo hice?». ¿Por qué? No es que realmente hubiera creído que la guerra no
llegaría. La respuesta era evidente: simplemente deseaba permanecer al lado de
Helena un poco más. Después de que Adelia se marchara, no soportaba la idea de
dejar a Helena sola para sobrellevar su solemnidad.
«Maldita
sea». Kaern maldijo para sus adentros, con la frustración hirviendo en su
ser.
El momento no
podría haber sido peor. Necesitaba quedarse cerca para evitar que Helena se
desviara, pero las circunstancias lo hacían imposible. El imperio siempre
requería de Kaern, y como duque de su casa principal, cargaba con el deber y la
obligación de responder a su llamado.
«Debo ver
a Helena antes de marcharme».
Nadie sabía
cuánto duraría esta guerra. De las innumerables contiendas en las que había
luchado, la más corta había tomado menos de dos meses, mientras que la más
larga se había prolongado por años. Pero esta vez, se juró a sí mismo que no
tomaría tanto tiempo. Tenía que explicarle la situación y, de algún modo,
retenerla a su lado. Esta ansiedad corrosiva no se desvanecería hasta que
pudiera mantenerla a salvo entre sus brazos; pero, aun así, necesitaba verla
ahora para aplacar estas emociones, aunque fuera un poco.
«De seguro
Lucas Aiker no se atreverá a aproximarse a ella en mi ausencia».
Por fortuna,
Lucas Aiker no había osado acercarse a Helena desde la advertencia de Kaern.
Pero si se corría la voz de que él se marchaba…
—¡Prrr!
De repente,
el caballo de Kaern soltó un fuerte relincho y se detuvo en seco.

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