La tumba de los cisnes - Capítulo 22

Capítulo 22

 

Si la herida era así de profunda, debió de haber dolido terriblemente. Una punzada de compasión se agitó en el corazón de Anna. Sin embargo, se obligó a ignorarla, temiendo que Svanhild albergara falsas esperanzas.

Anna tomó las manos de Svanhild con suavidad entre las suyas y habló con tranquila sinceridad:

—Debo regresar a mi tierra natal. Mi relación con el señor es solo... pasajera. Hasta ahora, muchos sirvientes han trabajado en esta mansión y luego se han marchado a otra parte. Yo no soy diferente de ellos. Al final, solo soy alguien que va de paso.

—...

—Así que, por favor, no diga cosas tan exageradas. Si otros en la mansión que sí van a quedarse escuchan esas palabras, llegarán a odiarme.

Si el odio fuera lo único a lo que tuviera que enfrentarse, sería una fortuna. Especialmente con la institutriz Rose; Anna deseaba no involucrarse más con alguien como ella.

Svanhild miró a Anna con ojos difíciles de descifrar, como si comprendiera, pero se negara a aceptarlo. Quizá era más cercano a eso. Anna sintió lo mismo. Fingiendo no notar nada, le dio unas palmaditas en la mano a Svanhild y se levantó de su asiento.

Anna pasó al lado de Svanhild y regresó a sus aposentos. No miró atrás, y Svanhild, abandonado en el pasillo, no intentó detenerla.

**********

—¿Cuándo convertirás a Anna en mi madre?

Después de que Anna se marchara, Rothbart estaba recibiendo un informe sobre las tareas que le había ordenado al mayordomo cuando el repentino arrebato de su hijo lo hizo arquear una ceja. Svanhild irrumpió en el despacho sin previo aviso, con el rostro encendido de ira.

Una conversación entre padre e hijo, especialmente sobre una mujer, no era algo que los extraños debieran escuchar. El mayordomo Barrett captó la indirecta y se retiró.

—Dado que el informe está casi terminado, me retiraré.

Cuando Barrett se marchó, solo Svanhild y Rothbart permanecieron en la habitación. A pesar del abrumador aura de Rothbart, Svanhild gritó frustrado:

—¡Lo prometiste! Dijiste que, si tenía éxito en el experimento, encontrarías una manera de mantener a Madre en la mansión. ¿Pero qué es esto? Anna dice que no será mi madre. Dijo que va a regresar a su tierra natal. Eso no es verdad, ¿cierto? No dejarás que eso ocurra, ¿verdad?

—Svanhild.

La mirada de Rothbart hacia su hijo era tan fría que costaba creer que proviniera de un padre.

Aunque era el único hijo nacido de su amada esposa, Rothbart era despiadado con Svanhild. Si lo consideraba el fruto de una esposa que solo buscaba escapar de él, entonces no odiarlo ya era suficiente misericordia. Rothbart realmente creía que, al perdonarle la vida a Svanhild, estaba cumpliendo con su deber de padre.

—La impaciencia no sirve de nada. Te dije que resistieras. Pensé que te habías vuelto algo útil tras tener éxito en el experimento, pero... ¿Hasta cuándo vas a seguir comportándote como un niño?

Ante la dura reprimenda de Rothbart, que no contenía ni un rastro de indulgencia, los ojos de Svanhild destellaron con rebeldía. Si Rothbart era un padre despiadado, Svanhild era un hijo rebelde. No se acobardó, sino que levantó la voz.

—Pero—

—Anna no se convertirá en tu madre.

Ante las repentinas palabras de Rothbart, Svanhild parpadeó confundido. Rothbart entonces lo dejó en claro con firme resolución:

—Ella es tu madre.

Ante la afirmación de Rothbart, el rostro de Svanhild se iluminó. Aunque padre e hijo compartían una relación espantosa, había una sola cosa respecto a su difunta madre en la que Svanhild confiaba plenamente en su padre. Su padre nunca había mentido sobre su madre. Por eso, Svanhild miró a Rothbart con ojos llenos de esperanza.

Rothbart continuó, como si rememorara el pasado:

—Ni tú ni yo pudimos retenerla. No teníamos ningún valor que pudiera atarla.

«Sin valor». Un dolor agudo atravesó el pecho de Svanhild. Ser rechazado por los propios padres sacudía los cimientos mismos de la existencia. Pero Rothbart, indiferente a la herida que infligía, continuó hablando.

—Pero al final, ¿no regresó a nuestros brazos de esta manera? A fin de cuentas, solo es cuestión de ver qué lado se rinde primero. Como nosotros no tenemos intención de rendirnos, debemos obligarla a ceder.

No habían escatimado en medios en su intento por traer de vuelta a la difunta marquesa Ianna. No dudaron en mancharse las manos con incontables vidas, ni tampoco en cortarse su propia carne.

La mirada de Svanhild cayó sobre la vieja cicatriz visible bajo la manga izquierda de Rothbart. Su propia cicatriz pronto se desvanecería de la misma forma. El dolor de la hoja había sido lacerante, pero breve, y la cicatriz, aunque estorbosa, no era gran cosa. Si a cambio de ese fugaz instante podía atar a su madre para siempre, Svanhild estaba dispuesto a sangrar una y otra vez.

—Dentro de poco, tu madre quedará perfectamente atrapada en la red.

Los ojos rojos de Rothbart brillaron con un matiz sombrío. Como si, en caso de no ocurrir por las buenas, fuera a fragmentarla y tallarla hasta conseguirlo.

Sobrecogido, Svanhild asintió en silencio. Luego, como si no tuviera más asuntos que atender, salió furioso del despacho de Rothbart.

Al quedarse solo, Rothbart contempló la chimenea que ardía silenciosamente. Las llamas oscilantes titilaban inquietas.

Rothbart murmuró en voz baja:

—Se muestra obediente por fuera, pero por dentro, quién sabe qué estará pensando...

Rothbart conocía a Anna mucho mejor de lo que ella sospechaba. Incluso podría decirse que la conocía al derecho y al revés. Pero, aun así, Anna guardaba muchas cosas ocultas. Ese hombre del Continente Oriental que ella afirmaba que era su hermano mayor era una de ellas.

«¿Un hermano mayor? Qué noción tan ridícula».

El instinto de Rothbart captaba y le advertía con agudeza sobre cualquier hombre que se interpusiera entre él y una mujer. Excepto por la época en que estuvo hechizado por su esposa, sus instintos siempre lo habían guiado con una precisión infalible.

Se había preguntado si tal vez ella amaba a ese hombre, pero no parecía ser el caso. Si realmente lo hubiera amado, habría elegido quedarse con él antes que gestar al hijo de Rothbart.

Que no lo amara era una fortuna... o una desgracia.

—Qué lástima.

Rothbart recordó las últimas palabras que Ianna le había dirigido, palabras que lo encadenaban como una escama invertida.

«Hay alguien a quien dejé atrás. No puedo dejar a esa persona sola... Esa persona solo me tiene a mí».

Rothbart tembló de ira ante aquel amor de su mundo original, sordo a los gritos de un esposo y un hijo en este mundo. Un amor al que no podía llegar ni mancillar, un amor que solo se volvía más hermoso en la imaginación de ella a medida que pasaba el tiempo. Un amor tan preciado que ella no le dedicó ni una sola palabra, tragándoselo en silencio durante cinco años. Ese amor le había robado a su esposa...

Así que, esta vez, esperaba que incluso esa persona amada cayera aquí con ella. Si caían en este mundo, estarían bajo el dominio de Rothbart.

Pero parecía haber fallado. En su lugar, una especie de cascarón inútil se había aferrado a ella, limitándose a exasperarlo. Una lástima.

Por supuesto, el hecho de que Anna no amara a ese hombre no significaba que Rothbart fuera a dejar en paz a Sehyun.

Ese hombre compartía con Anna lo que Rothbart no sabía: el conocimiento del mundo original. Un saber que solo ellos dos poseían.

Y para colmo, por una cruel coincidencia, la diferencia de edad entre ese necio y Anna era la misma que existía entre Rothbart e Ianna en el pasado. Veinticinco y veintiocho... Estando juntos, parecían la viva imagen de una joven pareja perfecta.

¿Pero qué había de él ahora? Anna permanecía exactamente igual que en sus recuerdos, mientras que solo Rothbart había envejecido. Ya no encajaba con ella...

Existen tipos de amor que solo pueden existir a una determinada edad. Rothbart ya no podía tener un amor tan fresco como el de antes. Era algo que Ianna le había arrebatado, y algo que el propio Rothbart había arruinado, arrojándose a sí mismo a décadas de un odio y un resentimiento podridos.

__________
«Escama invertida» (逆鱗 / 역린) es una metáfora proveniente de los clásicos chinos. Se decía que los dragones poseían una única escama que crecía en dirección opuesta; si alguien la tocaba, el dragón entraba en una furia incontenible. En sentido figurado, se refiere al punto débil o a la herida más sagrada e intocable de una persona.

Publicar un comentario

0 Comentarios