La tumba de los cisnes - Capítulo 21
Era tal como
Rothbart decía. Mientras la razón de Anna intentaba rechazar la estimulación
transmitida a través de sensaciones tan ambiguas que no alcanzaba a distinguir
si eran una recompensa o un castigo, su cuerpo, como un perro amaestrado, se
veía forzado a entrar en celo ante cada uno de sus gestos. Anna estaba
destrozada por aquello en lo que se había convertido.
Pero todavía
le quedaba un hilo de orgullo. Cuando todo terminó, Anna se arregló la ropa
desordenada sin revelar el menor rastro de emoción. Se recogió de nuevo el
cabello revuelto y alisó el dobladillo arrugado de su falda. A excepción de sus
mejillas sonrojadas, apenas había diferencia con el aspecto que tenía al
principio.
Recomponiéndose,
Anna tomó un trapo e intentó limpiar el escritorio manchado y los alrededores.
Rothbart, fastidiado, la detuvo.
—Déjalo. El
mayordomo lo limpiará de todos modos.
Ella solo lo
hacía porque no quería dejar las cosas en ese estado, pero Rothbart jamás lo
entendería. Era un hombre desvergonzado al que no le importaba tener relaciones
sexuales a la vista de los demás.
Dicen que los
extremos se atraen; la vulgaridad y la sofisticación solo estaban separadas por
una delgada línea. La miserable vida de alguien que ya no tiene orgullo que
perder sin importar quién la vea rebajarse, y la excelsa vida de un señor noble
cuyo altivo orgullo no sufría el más mínimo rasguño por tales nimiedades. En
esencia, era lo mismo.
Pero Anna no
pertenecía a ninguno de esos dos mundos. Incluso si el mayordomo estaba al
tanto de la relación entre ella y Rothbart, mostrarle las manchas de sus
fluidos seguía siendo humillante.
—... No soy
la amante del marqués, sino su sirvienta asignada. Esto es lo menos que debería
hacer...
—¿Estás
diciendo de forma indirecta que quieres convertirte en mi amante?
—No es eso.
Yo solo...
Aturdida,
Anna se apresuró a excusarse. Pero antes de que terminara de hablar, Rothbart
le arrebató el trapo de la mano y lo arrojó a un lado. Sus labios, que hasta
hace un momento parecido satisfechos, se contrajeron con desagrado.
—Si tantas
ganas tienes de hacer algo, ¿por qué no te esfuerzas en cosas que me
complazcan? Aliviar el malestar de tu señor es el deber de una sirvienta.
El brazo de
Rothbart rodeó la cintura de Anna y la atrajo hacia sí. Cada vez que él
murmuraba, Anna fruncía el ceño, como si esa expresión fuera su última línea de
defensa, su escudo final.
—Solo
necesitas preocuparte por mí.
Ignorando la
mirada de incomodidad de Anna, Rothbart presionó sus labios con firmeza contra
la nuca de ella y susurró:
—¿O de verdad
quieres ser mi amante? El uniforme de sirvienta te sienta bien, pero nada se
compara con verte desnuda. Platos colmados de especias, frutas frescas. Pieles
y joyas costosas... Te daré lo que desees. A cambio, estarás siempre desnuda,
esperando únicamente por mí. ¿Qué te parece?
—... Estoy
bien tal como estoy ahora.
—No sabes
cómo vivir con comodidad. De todos modos, regresarás a tu mundo original, y por
muy promiscua que te comportes aquí, nadie allá lo sabrá jamás.
—...
—Ah, es
verdad, estaba ese hermano tuyo. Ahora que lo pienso, ¿ya habrá encontrado a
alguien en quien sembrar su semilla?
Anna mantuvo
los labios cerrados en silencio, pero Rothbart leía sus pensamientos tan
fácilmente como la palma de su mano. Ella poseía tan pocas cartas que para él
era sencillo adivinar.
—Jaja. Conque
aún no se lo has dicho. ¿Por qué? ¿Temes que descubra que me has estado
entregando tu cuerpo? Pero es tu hermano, si conoce las circunstancias, ¿no lo
entendería? Eso, por supuesto, si realmente es tu hermano.
Rothbart
manifestó abiertamente sus dudas de que Sehyun fuera un pariente consanguíneo
de Anna. Más que eso, parecía absolutamente convencido de que existía algo
entre Sehyun y ella.
—Si no es
eso... ¿será porque te desagrada la idea de que siembre su semilla en otra
mujer?
Era un asunto
que Anna ni siquiera había considerado. De hecho, habían salido juntos, pero su
relación era mucho más árida de lo que Rothbart imaginaba, y en la mansión rara
vez se cruzaban. No había motivos para que él pensara de ese modo, por lo que
Anna quedó desconcertada.
Dado que no
existía posibilidad alguna de que él sintiera celos de ella, Anna nunca había
pensado en esa dirección. Solo asumía que la presencia de Sehyun le resultaba
molesta por alguna otra razón. Si no era eso, tal vez utilizaba a Sehyun como
un pretexto para provocarla con la esperanza de extraer alguna información. Qué
podría ser tan valioso como para justificarlo, no alcanzaba a adivinarlo, pero
no parecía haber otra explicación.
Cuanto más
persistentemente la presionaba Rothbart sobre Sehyun, más fuertemente apretaba
Anna los labios. Temerosa de quedar atrapada en sus artimañas y decir alguna
tontería, Anna apartó la cabeza y empujó el brazo que la rodeaba por la
cintura.
—... Si no me
necesita para nada más, me marcharé ahora.
Rothbart
soltó a Anna sin oponer resistencia. Luego, esbozó una sonrisa astuta.
—Ocultarlo
tanto como puedas podría no ser una mala idea.
Se veía como
si hubiera encontrado un nuevo entretenimiento. Anna no olvidaba lo que
Rothbart era en realidad. El oponente ante ella era un demonio. El
entretenimiento de un demonio nunca terminaba bien para los humanos.
Armándose de
valor, Anna se dio la vuelta y abandonó la habitación. A sus espaldas, la risa
baja de Rothbart hirvió como las llamas de azufre del mismísimo infierno.
Para
entonces, el sol ya se había puesto. Mientras se apresuraba a regresar a sus
aposentos tras dejar la habitación de Rothbart, Anna divisó una figura oscura,
semejante a un muñeco, de pie y a solas al fondo del pasillo en penumbras. Un
cuerpo pequeño y robusto. Al acercarse, Anna vio el rostro pálido de Svanhild,
que la miraba fijamente desde la oscuridad.
—Anna.
—Joven señor.
Anna, que
todavía se sentía incómoda cerca de Svanhild, sonrió con timidez. Aunque su
rostro reflejaba claramente que no era bienvenido, a Svanhild no le importó.
Con una leve sonrisa que rompió su expresión de muñeco de porcelana, caminó
hacia Anna.
—¿Regresas de
la habitación de mi padre?
—... Sí.
—Me alegra
que mi padre te esté tratando bien.
Las palabras
de Svanhild eran extrañas. Anna quería descartarlo como una simple
conversación, pero al recordar cómo le había preguntado previamente si se había
acostado con su padre, no pudo hacerlo. Como era de esperarse, Svanhild hizo
una pregunta que ningún niño de once años debería formular:
—¿Cuándo te
tomará mi padre como su amante?
—No sé qué
expectativas tenga de mí, joven señor, pero ese lugar no es para mí. Yo...
—¿Entonces mi
padre sí te hizo esa propuesta?
Svanhild
acorraló a Anna como si estuviera en una cacería. Era una forma de hablar que
le resultaba familiar. Acababa de quedar atrapada en una trampa similar.
Rothbart solo
se quedaba en la mansión durante una estación cada año, y sin embargo, la
manera de hablar de Svanhild era idéntica a la de su padre.
Habiendo sido
atormentada por Rothbart durante todo el día, Anna estaba exhausta. Ocultando
el cansancio que la invadía, intentó calmar a Svanhild.
—Joven señor,
solo soy una sirvienta.
—No,
terminarás convirtiéndote en mi madre.
—No diga esas
cosas, joven señor. Si otros lo oyen...
—Los demás no
importan.
Svanhild la
interrumpió con firmeza. Anna esbozó una sonrisa incómoda. Ante esa sonrisa,
por primera vez, el rostro de Svanhild mostró un destello de confusión.
—¿Te
desagrada la idea de convertirte en mi madre?
Por supuesto
que sí. La negativa subió por la garganta de Anna, pero no tenía la menor
intención de provocar el temperamento del niño. Dejando a un lado su alta cuna,
Svanhild seguía siendo solo un niño. Por muy astuto y escalofriante que pudiera
ser, ella no quería exponer sus verdaderos sentimientos y herirlo.
—Quiero que
te conviertas en mi madre —murmuró Svanhild, sonando un poco desanimado.
A diferencia
de su habitual y astuta forma de hablar, ese aspecto compungido lo hacía
parecer digno de lástima.
Pensándolo
bien, creer que solo por haberse acostado con Rothbart se convertiría en su
madre reflejaba una inocencia muy infantil. Quizá era ahí donde aún residía la
ingenuidad de un niño en él.
Aunque
conocía las relaciones entre hombres y mujeres, seguía pensando que estas
conducían a un único resultado. En eso radicaba su inmadurez.
«Su padre
solo piensa en usar el embarazo como una excusa para saciarse conmigo».
Anna dejó
escapar un suave suspiro y luego se agachó ante Svanhild para quedar a la
altura de sus ojos. El niño, la viva imagen de Rothbart, la miraba con los ojos
llenos de expectación.
—Joven señor.
Anna tomó la
mano de Svanhild. La larga cicatriz que cruzaba su pequeña palma izquierda rozó
las yemas de sus dedos. Era más profunda y vívida de lo que parecía a simple
vista.


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