—Vaya,
esperen un momento, chicas.
Julie, una
sirvienta que acababa de terminar de limpiar el dormitorio del amo, se detuvo
abruptamente en el vestíbulo principal.
—Creo que
dejé mi paño de limpieza en la habitación. ¿Les importaría adelantarse sin mí?
Se veía
bastante avergonzada. La mujer del amo todavía estaba durmiendo en la
habitación. Aunque el amo no estaba, sin duda la ama de llaves la regañaría si
alguien descubría que había dejado algo como un paño de limpieza en el cuarto
del amo.
—Tú y tus
despistes. Está bien.
—Date prisa,
que ya es hora de comer. Te guardaré un asiento.
Julie asintió
y dio la vuelta para regresar al cuarto piso cuando sus compañeras la llamaron.
—¡Oye, Julie!
—¿S-sí?
—Tienes que
llevarte esto. La puerta está cerrada con llave. El amo ordenó que se
mantuviera cerrada cada vez que él entra o sale.
—¡Ah! Es
verdad. Gracias.
Julie tomó el
manojo de llaves y se apresuró hacia el dormitorio.
¡Clic!
Julie entró al dormitorio y echó un rápido vistazo a su alrededor. La mujer del
amo, Vivianne, dormía con la espalda acurrucada. Tal como siempre había sentido
mientras limpiaba, la figura inmóvil de la mujer lucía exactamente como un
cadáver. Le daba escalofríos cada vez que la veía.
Julie
recuperó el paño de limpieza que había dejado deliberadamente en la esquina y
se acercó a la mesa de noche. Sobre ella descansaba una jarra de agua de la que
supuestamente Vivianne bebía mientras dormía.
Necesitaba
terminar rápido antes de que Vivianne se despertara. La mano de Julie tembló
ligeramente mientras sacaba un pequeño paquete de papel de su manga. Justo
cuando vertía apresuradamente el polvo en la jarra...
—... ¿Quién
te ordenó hacer esto?
Julie se
congeló en el acto.
—Probablemente...
la prometida de Kian, ¿verdad?
Era la voz de
Vivianne. Cuando Julie se giró para huir, sintió algo frío presionando contra
su espalda.
—Lo siento,
pero esto es un cuchillo. Si te mueves sin cuidado o intentas correr, te
apuñalaré.
—P-por favor,
p-piedad.
—¿Esto es
veneno? ¿Del tipo que mata al ser ingerido?
—Yo... yo no
s-sé realmente t-tanto...
—Estás
intentando hacerme daño. ¿O acaso tu objetivo es dañar a mi bebé?
—N-no sé
nada. S-solo hago lo que me o-ordenaron. De verdad.
—Lo sé. Solo
estás siguiendo órdenes. Si no revelas quién está detrás de esto, serás la
única en asumir la culpa y morir. Fue Penélope quien ordenó esto, ¿no es así?
—……
—Respóndeme
antes de que te apuñale. Si no quieres morir.
Julie asintió
con la cabeza frenéticamente.
—Entonces ve
y dile esto: ella debe de haber oído hablar del grillete. La verdad es que yo
también quiero irme de este lugar. Así que, si realmente quiere que desaparezca
de la vista de Kian, debería dejar estos trucos baratos y, en su lugar,
ayudarme a escapar.
Vivianne
presionó el cuchillo más cerca y lanzó otra amenaza al oído de la temblorosa
Julie.
—Te daré
hasta mañana. Necesito un carruaje y dinero.
—¿Un
c-carruaje y d-d-dinero?
—Sí, de lo
contrario se lo contaré todo a Kian.
Vivianne
empujó la parte posterior de la rodilla de Julie con la suya.
—Si lo
entiendes, entonces lárgate. Julie.
La temblorosa
Julie abandonó la habitación a toda prisa.
Después de
que la sirvienta se marchó y la puerta se cerró, las piernas de Vivianne
flaquearon y se desplomó en el suelo. Respiró hondo para calmar su temblor.
Quizás porque jamás en su vida había amenazado o intimidado a nadie, el corazón
le latía con violencia, a punto de estallar.
¿Había
sujetado el cuchillo con demasiada fuerza? Su mano pálida vibraba
violentamente. Al mirar hacia abajo, su agarre se aflojó. ¡Clank! El
cuchillo tintineó al caer al suelo.
¿Se notaba
tan nerviosa como se sentía? Se encontró patética por temblar mientras sostenía
un arma. A juzgar por lo efectiva que había sido su torpe amenaza, Julie debía
de haber estado más asustada que ella, o bien perdió la compostura ante la
vista de la hoja.
Incluso para
ella misma, el cambio en su comportamiento era sorprendente. Pero por el bien
de proteger a su bebé, era capaz de hacer mucho más que esto.
Qué poco
debían de pensar de ella para intentar envenenar su agua justo al lado de su
cama. Gracias a eso, los había atrapado con las manos en la masa y obtuvo una
oportunidad para escapar, así que las cosas salieron bien.
Para escapar,
necesitaba un carruaje y dinero. Si intentaba huir sola y sin nada, no llegaría
muy lejos antes de ser capturada. Necesitaría escapar a algún lugar lejano y
encontrar trabajo. De alguna manera, daría a luz y criaría a este hijo. Para
empezar, quedarse en Larson nunca había estado en sus planes.
Al principio
había considerado pedirle ayuda a Matilda, pero si Kian descubría que Matilda
había colaborado en su huida, no se lo perdonaría fácilmente. No quería
causarle ningún daño.
Quedaba por
ver si su impulsiva amenaza funcionaría, pero si Penélope lo había ordenado, no
había razón para que no ayudara a Vivianne a desaparecer, que era exactamente
lo que Penélope quería.
*******
—... Matilda.
Su voz sonaba
ligeramente ronca, lo que indicaba que acababa de despertarse. Matilda se había
quedado dormida con ella en la cama del amo después de que Vivianne insistiera
en que durmieran juntas.
—Vivi, ¿por
qué estás despierta?
—Quería
charlar contigo.
—¿A estas
horas de la noche?
—Sí. ¿Te
molesta?
Vivianne
frotó su frente contra el pecho de Matilda. La idea de que esta mujer con
actitudes tan infantiles pronto tendría un bebé parecía irreal y, de algún
modo, conmovedora.
—Claro que
no. Me encantaría, Vivi.
—Jeje.
Matilda
abrazó con fuerza a Vivianne y le plantó un tierno beso en la coronilla.
—Ojalá Kian
no volviera nunca para que pudiéramos dormir juntas todos los días.
—¿Y qué hay
del bebé?
—Lo criaría
sola, por supuesto.
«Todavía debe
de guardar muchos resentimientos». Sus pucheros y quejas se veían adorables.
—¿De qué
charlaremos? ¿Te gustaría que te cuente una vieja historia?
—Yo la
contaré.
—¿Tú?
—Sí. Tengo
una historia que quiero compartir contigo, Matilda.
—Adelante,
entonces.
Al principio,
Matilda pensó que relataría algún cuento de hadas que hubiera disfrutado leer.
En el pasado, Vivianne a menudo rememoraba con rostro soñador historias donde
las princesas y los príncipes vivían felices para siempre.
Pero la
historia que Vivianne contó era completamente diferente.
—En
realidad... yo era una sirena.
—¿Qué? ¿Una
sirena?
—Está bien si
no me crees. Creo que a mí también me costaría creerlo.
Una sirena,
de la nada. Sonaba descabellado para cualquiera.
Cuando
Matilda expresó su sorpresa, Vivianne lo asimiló con calma.
—Aun así,
quería ser honesta contigo, Matilda. De entre todos los que he conocido aquí,
tú has sido mi mayor apoyo.
Su voz, que
ya era un susurro, se volvió todavía más ahogada. Aunque la historia sonaba
como una mentira, de alguna manera no parecía que estuviera mintiendo.
—No te
preocupes. Te creo. Creeré cualquier cosa que me digas, Vivi.
—Gracias,
Matilda.
Su rostro,
que esbozaba una leve sonrisa, ya estaba húmedo por las lágrimas. Matilda le
limpió los ojos a Vivianne y escuchó con atención sus palabras.
—Salí a la
superficie para ver la luna. Fue entonces cuando vi a Kian en la playa de
corales. Me enamoré de él a primera vista. Deseaba con desesperación acercarme
a él, así que le pedí a una bruja que me diera piernas. Pensé que si tan solo
tenía piernas... si podía tener el bebé de Kian, sería feliz.
—Y de hecho
quedaste embarazada. Ganaste, Vivi.
—Sí. Pero no
creo que sea feliz. No, no soy feliz.
Su rostro se
volvió a humedecer tan rápido como Matilda se lo limpiaba.
—Vivi, ¿le
dijiste al amo sobre esto también? ¿Que eras una sirena?
Mirando hacia
atrás, ahora todo tenía sentido: el uso que ella hacía de términos como
«apareamiento» como si fuera un animal, y su completa ignorancia sobre los
asuntos del mundo. Si Vivianne realmente hubiera sido una sirena, estas cosas
eran comprensibles. Pero Vivianne claramente tenía un cuerpo humano. Incluso si
Matilda le creía, la mayoría de la gente, por naturaleza, no lo haría.
—Sí. Se lo
dije, pero él no me creyó. Lo entiendo. Suena como una mentira incluso para mí.
Vivianne,
aparentemente cansada de llorar, se frotó los ojos con fuerza con el dorso de
la mano. Luego sacó algo de debajo de su almohada.
—Este es mi
tesoro. No lo recuerdo exactamente, pero lo tengo desde que era pequeña y lo
apreciaba mucho. Quiero dártelo a ti, Matilda.
Era una
brújula dorada con tapa.
—¿Esto? ¿Para
mí?
—Sí. Es una
brújula. Dicen que te muestra qué dirección tomar.
Y la aguja de
esa brújula siempre había apuntado hacia Kian.
—Ahora quiero
determinar mi propia dirección.
*******
—¿Embarazada?
—Sí. El
médico dice que ha estado experimentando náuseas matutinas.
El ayudante
entregó las noticias provenientes de Larson. Los ojos de Kian se agrandaron
ligeramente mientras se reclinaba en el sofá, revisando su próxima agenda.
No había
usado ningún tipo de anticonceptivo desde que la mujer había expresado con
desesperación su deseo de tener un hijo. Es más, hasta hace bastante poco,
había vertido su semilla en ella hasta que desbordaba sobre las sábanas, por lo
que esto era tal vez de esperarse. Estaba familiarizado con los síntomas
iniciales del embarazo. Pero dadas las circunstancias, había asumido que el
malestar de ella se debía a la angustia, sin imaginar jamás que pudiera estar
embarazada.
—Esas son
buenas noticias.
Kian se
limitó a pronunciar esta breve exclamación, sin ningún cambio perceptible en su
expresión.
Su primera
emoción al enterarse del embarazo fue una irónica sensación de alivio. Fuera
una sirena o una humana, esto era una prueba definitiva de que su cuerpo, al
menos, era humano. ¿Quién creería eso de que era una sirena? Pensarían que era
una locura. Cualquiera que fuera la verdad, eso era suficiente. Tarde o
temprano, la mujer dejaría de insistir.
Además, esto
le daba una razón para retenerla. La vida en su vientre se convertiría en un
grillete de peso. En su estado, incapaz de valerse por sí misma adecuadamente,
ni siquiera se atrevería a pensar en escapar estando embarazada de su hijo.
Incluso para
sí mismo, estos pensamientos resultaban despreciablemente mezquinos.
«Bueno,
para otra persona... esta podría ser una noticia desafortunada».
¿Cómo
reaccionaría ella al enterarse de que estaba embarazada? Había dicho que lo
odiaba. Había intentado apuñalarlo con un cuchillo y, a menudo, temblaba y
lloraba diciendo lo horrible que era él. Se sobresaltaba de miedo ante el menor
movimiento. Debió de haber sido repugnante para ella acostarse con un hombre
así cada noche. Ahora también estaba embarazada de su hijo; qué lamentable se
había vuelto su situación. Si ella fuera a llorar de desesperación por su
predicamento, tenía muchas ganas de verlo.
Kian dio unos
golpecitos con la punta del dedo en la agenda para después del banquete
imperial y se la entregó a su ayudante.
—Revisa si
hay más citas que puedan cancelarse aquí. No... cancélalo todo. Haz los
preparativos para que podamos irnos inmediatamente después del banquete.
—¿Señor?
—Necesito ir
a casa. Ella estará esperando.
Incluso si
esa expectativa fuera meramente una ilusión suya. Qué deleite que ahora no
hubiera uno, sino dos seres atentos a sus pasos. ¿Podría haber algo más
placentero?
Aunque
intentaba mantener la compostura y parecer indiferente, una sonrisa no dejaba
de extenderse por su rostro.

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