Cuando la luna cae hacia el oeste - Capítulo 7

Capítulo 7

 

04. Invitación

En aquella noche ardiente, su rostro se contrajo ante cada uno de los gestos de él, y los ojos color oliva que lo miraban bañados en lágrimas resultaban adorables.

Aquella mirada con el rostro pleno de placer, las paredes internas que envolvían su miembro con vigor, el dulce gemido que brotaba como algo contenido...

La clavícula que resaltaba cada vez que ella movía la cabeza, el pecho que se hinchaba al inhalar y exhalar, la cintura esbelta y los muslos carnosos rodeando su talle. Todo eso volvía loco al hombre. Incluso ahora, mucho tiempo después del encuentro.

León no dejaba de pensar en la relación que habían compartido la noche anterior y en su cuerpo caliente. La sangre comenzó a circular rápidamente por su cuerpo de nuevo. Cambió de postura, intentando calmar su dolorida zona inferior. Tenía más cosas en las que pensar que en el cuerpo de ella o en su aventura.

La situación había cambiado con el ascenso del nuevo Emperador, los movimientos sospechosos del Duque Grande, el testamento de su padre fallecido y la mansión que no daba la bienvenida a su señor a pesar de su regreso.

De repente, la puerta se abrió y alguien entró. León se levantó, pensando que era el Emperador, antes de volver a sentarse con el ceño fruncido.

Su cabello negro brillaba bajo la luz del sol que entraba por la ventana. Sus ojos caídos resultaban bastante hechizantes, y sus labios rojos lucían una sonrisa seductora.

—¿Qué te trae por aquí? ¿No debería ser Su Majestad?

—Su Majestad vendrá pronto.

Mientras se sentaba a la mesa, apoyó la barbilla y bajó el torso. Los huesos de su pecho quedaron expuestos en un ángulo vertiginoso, pero él no le dedicó ni una sola mirada.

La Marquesa Philistine era la amante del nuevo emperador. León sabía muy bien la gran mujer que era, habiendo ascendido desde la prostitución hasta esa posición. No le bastó con ganar su corazón sin perturbar el sensible y exigente ánimo del emperador, que por aquel entonces era el tercer príncipe. Todas las fórmulas del éxito pertenecían a esa mujer, Jane Philistine.

León, que estuvo en el mismo campo de batalla que el tercer príncipe, vio todo el proceso. Esta mujer conocía bien su lugar, a pesar de que el hombre al que había capturado fuera coronado emperador. Le gustaban los regalos de joyas lujosas, aunque nunca los pedía. Debido a su elevado estatus, no maltrataba ni faltaba al respeto a sus subordinados. Incluso tras recibir el título, fue marginada por sus orígenes, pero no se amedrentó; al contrario, se mantuvo digna. Por ello, resultaba bastante atractiva a los ojos de muchos.

—Parece que tienes mucho en qué pensar —preguntó ella con una sonrisa.

León la miró de reojo y luego fijó la vista en la ventana.

—¿Es por tu primo, que se apoderó de la mansión mientras estabas en el campo de batalla? ¿O es por tu padre?

—….

—O tal vez…

—Basta.

Cuando León interrumpió a la Marquesa Philistine, ella simplemente sonrió de oreja a oreja. Parecía impaciente por burlarse de él. León, que conocía bien su temperamento, frunció el ceño.

—Creo que Su Majestad planea celebrar una fiesta de entronización ahora.

—¿Ahora?

—Sí, ahora. Supongo que has estado muy ocupado últimamente. Parece que ha tomado más tiempo de lo que pensaba quitar el olor a sangre del Palacio Imperial.

Dicho esto, sonrió con brillo. La Marquesa Philistine jugueteó con su cabello entre los dedos y continuó:

—Los invitados serán nobles de todos los rincones de la corte.

—….

—Les ordenó a todos asistir. Especialmente a la familia del Duque de Deorc, por supuesto.

—... ¿Me estás diciendo que traiga a Kevin de vuelta?

—¿Realmente Su Majestad se refería a algo así? —Los labios de la marquesa dibujaron una línea—. Es a la dama de la casa a quien quiero ver.

Al escuchar esas palabras, la mirada de él se volvió gélida. Mientras tanto, ella simplemente sonrió radiante, sin dejarse intimidar por aquella aura aterradora.

—No debe haber nada en el imperio que yo ignore, eso fue lo que dijo Su Majestad.

*******

Olivia levantó la cabeza con desgano ante la persona que había entrado en su habitación. Entonces, al darse cuenta de que era León, se levantó asombrada.

Al oír el golpe en la puerta pensó que era una criada, por lo que se sintió mal por haber respondido con brusquedad. Tumbada en la cama, su rostro se puso rojo al pensar que él la había visto así, sin filtros.

—Pensé que era una criada. No creí que vendría a mi habitación de esta manera…

Murmurando sus palabras, Olivia se alisó el cabello desordenado. La mirada de él se posó en su cuello. Las marcas con forma de flor que él había dejado allí permanecían grabadas en su piel.

—Vine aquí ayer mismo.

León habló en un tono que denotaba cierta desaprobación. Al comprender el sentido de sus palabras, ella abrió mucho los ojos. Ante la mención directa de su encuentro de ayer, sus mejillas y orejas se tiñeron de escarlata.

—Es cierto, es cierto…

De repente, Olivia sintió una gran vergüenza al ver a esta persona frente a sus ojos. Más aún al recordar que había llorado en sus brazos y abierto sus piernas para él. ¿Cómo podía él permanecer allí de pie con tanta naturalidad?

—¿Qué ocurre? —preguntó Olivia agachando la cabeza, intentando ignorar sus propios pensamientos.

—¿Por qué no miras a la cara de la otra persona cuando mantienes una conversación? —Su voz era fría.

Agachar la cabeza ante los demás era, sin duda, de mala educación. Sabiéndolo, ella intentó levantar la mirada de nuevo. Pero, en el momento en que sus ojos se encontraron con los púrpuras de él, Olivia recordó lo sucedido la noche anterior y, sin querer, volvió a bajar la cabeza. Su corazón latía con fuerza.

—No, ha sido un error mío. Ni siquiera tienes que intentar mirarme a la cara. No puedes obligarte a ver lo que no quieres ver.

—No, no es que no quiera verlo, no es eso...

Cuando ella habló con una voz apenas audible, él preguntó:

—¿A qué te refieres con qué no?

—Es que... me da vergüenza de repente... porque está hablando de lo de ayer...

Olivia cerró los ojos con fuerza. Se sentía como una mujer promiscua que fingía timidez; él pensaría que estaba coqueteando. Ella no sabía que él la observaba con expresión vacía, fijando su mirada en sus orejas teñidas de rojo. Cuando ella reunió el valor para levantar la cabeza otra vez, León tosió y abrió la boca. Su energía gélida se había apaciguado.

—¿Estás bien?

—Sí, estoy bien. No me pasa nada.

—Ayer no pude examinar tu cuerpo por mi cuenta.

—….

—La próxima vez, seré un poco más considerado.

¿La próxima vez...? Ella abrió mucho los ojos.

—¿La próxima vez?

—Sí, la próxima vez —dijo León con firmeza, observando su rostro antes de preguntar—: ¿Acaso no lo quieres?

—….

Al ver que Olivia no respondía, él insistió, elevando una comisura de sus labios.

—¿Te sientes culpable por mi hermano ahora?

—... ¿A qué se refiere con culpable?

—Aun así, no puedo evitarlo. No volverá a pasar nada entre ustedes dos.

—….

—Si quieres unir tu cuerpo con alguien, hazlo conmigo.

Al escuchar aquel comentario tan provocativo, ella lo miró sorprendida. Su rostro era decidido, como si no fuera a permitir un rechazo, y sintió una presión sutil. Quizás debido a la penumbra de la habitación, los ojos púrpuras de León parecían más profundos. Se le puso la piel de gallina.

—... ¿Por qué?

—….

—¿Por qué hace esto conmigo, Excelencia?

Él respondió a la pregunta:

—¿No dijiste que no podías vivir sin un hombre?

—….

—Por eso mismo.

—Si le preocupa que lo haga con Kevin, puede enviar a otra persona. ¿Por qué tiene que ser usted...?

—Parece que no te ha gustado.

—No es eso...

—¿O es que me estás pidiendo que busque a alguien que se ajuste a tus gustos?

—No estoy diciendo eso, Excelencia, lo que dije ayer en realidad era mentira...

—Su Majestad te ha invitado —la interrumpió él. Los ojos de Olivia se agrandaron ante las palabras que salían de la boca de León, sin atreverse siquiera a hablar.

—Su Majestad... Su Majestad... ¿qué quiere decir...?

—Su Majestad el Emperador de Abbas, este país.

—Lo sé. Pero ¿por qué a mí...? Soy de Roheim. Además, ¿cómo me conoce él?

—Ha invitado a todos los miembros de la familia Deorc. Tú también debes participar.

—Yo, la familia...

—Su Majestad quiere ver a todos los integrantes de nuestra familia.

Ella ensombreció su rostro con una expresión de preocupación.

—Excelencia, soy solo medio noble. Si voy, solo seré un estorbo para la familia. Además, yo... nunca he estado involucrada en algo así.

—¿No recibiste educación alguna?

—….

—También practicaste danza.

El rostro de ella se puso rojo ante las palabras "práctica de danza". Los ojos de Olivia, llenos de expectación, se dirigieron a León, pero la expresión de él no cambió. Decepcionada, volvió a bajar la cabeza.

—No tiene sentido tener confianza o no tenerla. La invitación ha llegado, y la señorita Claudel no podrá rechazar una orden imperial.

Él no parecía saber por qué ella bajaba la cabeza.

—Mañana llamaré a una costurera.

—... Sí.

Olivia se rindió y respondió débilmente. Luego le preguntó a León como si se le hubiera ocurrido de repente:

—Si es para los miembros de la familia Deorc, ¿vendrá también el hermano Kevin?

Él dijo, levantando las comisuras de los labios:

—No.

Sus ojos se movieron lentamente hacia la caja que estaba sobre la mesa. La tapa estaba ligeramente abierta, revelando el contenido. Al ver el collar de granates, comentó:

—Parece que a la señorita Claudel no le ha gustado el collar.

—….

—Me retiro.

Salió sin mirar atrás. Su espalda se veía muy fría.

*******

Los preparativos para la fiesta fueron sorprendentemente sencillos, porque León no escatimó en gastos. La costurera confeccionó el vestido de Olivia, prometiendo que la convertiría en una belleza que atraería todas las miradas.

Se entregaron accesorios a juego bajo la dirección de la costurera, e incluso se asignaron criadas para el maquillaje. Esta vez ella no rechazó su consideración, pensando que podría ser una deshonra para el Ducado de Deorc si se presentaba allí con un aspecto andrajoso. Una vez terminados todos los preparativos, su corazón empezó a palpitar.

Nunca había tenido una presentación en sociedad; por así decirlo, este era su debut. Por supuesto, no tenía expectativas optimistas. Olivia se levantó y se miró en el espejo. Su rostro se veía mucho mejor con el bonito maquillaje y los pendientes. Luego observó a las criadas. Estas la miraron fijamente, borraron la expresión de desdén de sus rostros y asintieron.

Mientras bajaba las escaleras, León la esperaba. Olivia se sujetó la falda y bajó con pasos silenciosos. Él parecía pensar lo mismo que ella al verse al espejo. Extendió su mano mientras esperaba al pie de la escalera. Momentos después, pronunció mientras ella miraba su mano:

—Yo te escoltaré.

Tras dudarlo, ella tomó su mano. Olivia sintió la mano firme de él envolviendo la suya sobre los guantes de seda. Se sintió extraña en ese momento. Sin embargo, cambió de posición y comenzó a caminar con la mano apoyada en el brazo de él. Contrario al cuerpo de ella, que ya temblaba, León no parecía estar nervioso en absoluto.

Cuando subió al carruaje, él la acompañó. Pensó que viajarían por separado, así que se sintió un poco avergonzada. Creía que a la familia Deorc no le faltaban carruajes; además, este era el carruaje que utilizaba el señor de la casa. La única mujer que puede viajar aquí es su prometida o la señora de la casa. Al darse cuenta de eso, dijo apresuradamente:

—Excelencia. Debo bajarme aquí...

—Es ineficiente usar un carruaje separado. No te sientas incómoda.

Sin embargo, era extraño que León no le hubiera asignado un carruaje aparte. Aunque para Olivia era mejor así, resultaba bastante incómodo estar con él en un espacio tan pequeño.

—¿Estás incómoda aquí?

—No.

Cuando él preguntó como si hubiera leído sus pensamientos, ella mintió de inmediato. Los ojos púrpuras la observaron y cambió la pregunta.

—¿Estás nerviosa porque es tu primera vez?

—... Sí.

Él soltó una pequeña risa ante sus palabras silenciosas. ¿Se rió? ¿Él...? Olivia abrió mucho los ojos.

—Para ser sincero, no creo que la señorita Claudel encaje muy bien allí. Siento no haber podido evitar esta parte.

—Oh, no.

Ella ya se había mentalizado para asistir al baile imperial.

—Pero no hay necesidad de desanimarse.

—….

—Solo tienes que ser valiente.

—¿Cómo puedo...?

¿De qué quería él que fuera valiente? Como respondiendo a su expresión interrogante, él abrió la boca.

—Perteneces a la Casa Deorc y estás bajo mi protección. Insultarte a ti es insultar a los Deorc. Por lo tanto, puedes ser valiente.

Ante eso, Olivia pensó que había oído mal. León estaba diciendo que ella pertenecía a la familia y que él la protegería... Ella ya era un miembro de la familia de León. La posición que ella creía precaria pareció quedar fijada con esa sola palabra suya. Por si ese deleite no fuera suficiente, él tomó un pequeño aliento y añadió:

—Además, hoy estás más hermosa que nadie.

Ante las últimas palabras, el rostro de ella se encendió. Sabía de lo que León estaba hablando. Así que podía ser valiente. ¿Y si su corazón estallaba de esta manera? Olivia bajó la cabeza y habló en voz baja.

—Sé que ha dicho cosas bonitas para animarme. Muchas gracias, Excelencia.

León no respondió nada. En su lugar, dejó escapar un pequeño suspiro de decepción que, debido al traqueteo del carruaje, tampoco llegó a los oídos de Olivia.

 

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