Cenicienta corre hacia la cabaña de serenidad y locura - Capítulo 30
Capítulo 30
Sin ser
consciente de la atención que atraía, Kyden recorrió el mercado con entusiasmo.
Estaba emocionado ante la idea de que Roel se alegrara con su botín de compras.
En un puesto
donde vendían adornos para mujeres, se detuvo a mirar. No era algo que soliera
hacer: sentirse intrigado por los artículos expuestos. El dueño del puesto, al
verlo curiosear, le preguntó:
—¿Busca un
regalo?
—... Hmm. Me
pregunto qué le gustaría.
—Todo lo que
hay aquí es popular. Estas horquillas y pulseras gustan mucho. Regalar algo así
entusiasmaría a cualquiera. ¡Yo conquisté a mi esposa con estas!
Persuadido por
el vendedor, Kyden terminó comprando una horquilla y una pulsera por un precio
considerable. El comprar los ornamentos le hizo ser consciente de la ropa de
invierno de Roel, que era delgada y estaba desgastada. Después de comprarle
ropa, el recuerdo de su nuca blanca y expuesta acudió a su mente, y acabó
comprando también una bufanda de piel. Al salir del mercado, se sentía tan
orgulloso como si hubiera tenido éxito en una cacería.
"¿Debería
visitarlos?".
Habiendo
comprado todo, pensó en la casa de los parientes de Roel. Ella sentía tanta
aversión a la idea que se preguntó si valía la pena molestarse en ir. El día ya
estaba avanzado y, si se demoraba más, regresaría a la cabaña después de que
oscureciera.
*******
Después de que
Kyden se marchara, Roel se sintió desolada y se puso varias capas de ropa. Tuvo
su última cena con las sobras de la sopa de la mañana y tomó prestados los
guantes de piel y el gorro de él.
—Lo siento, de
verdad lo siento.
Estaba
abrumada por la culpa, albergando solo disculpas hacia él. Aunque le había
guardado resentimiento por solo querer su cuerpo, todos los viejos agravios se
habían resuelto la noche anterior. Su amabilidad y calidez eran demasiado
valiosas como para odiarlo.
Tras limpiar
la cabaña y ordenar la cama, preparó una cena temprana para que él pudiera
comer en cuanto regresara, usando lo último de sus suministros para hacer sopa.
Limpiar y cocinar le parecía insuficiente como pago por su hospitalidad, pero
se mantuvo ocupada hasta el final.
Borró todo
rastro de sí misma. Luego escribió una nota y la dejó en la mesa del comedor,
por si él la buscaba o se preocupaba.
[Me voy.
Lejos. No me busques. Gracias.]
Incapaz de
expresar plenamente sus sentimientos por escrito, ya que no había aprendido
mucho tras la muerte de su padre, Roel esperaba que, al menos, sus intenciones
se entendieran correctamente. Eso sería suficiente para ella.
Durante todos
los preparativos para su partida, vaciló. ¿Estaba bien irse así? ¿Podría irse
sin decir una palabra? Tal vez él la entendería. ¿Quizás debería simplemente
hablar con él con honestidad? Su falta de confianza para cruzar las montañas y
la calidez y consideración de él debilitaban su resolución.
Sin embargo,
lo que finalmente la impulsó a salir de la cabaña fueron aquellos que la habían
atormentado durante los últimos años, colmándola de indiferencia, desprecio y
críticas. Esos terribles recuerdos erosionaban el alma de Roel, la llevaban a
desconfiar de sí misma y le hacían temer a los demás. La convencieron de que no
merecía estar en un lugar cálido y que era demasiado insignificante para
recibir el afecto de alguien.
Roel se marchó
por voluntad propia, temerosa de que él descubriera sus defectos, de que
pudiera abandonarla, de que la denunciara o de que se encontrara con Roniti. Al
final, ellos habían logrado empujar a Roel por el precipicio.
Roel subió a
la montaña. Cuanto más alto subía, más se hundían sus pies en la nieve, que
ahora le llegaba a los muslos. Kyden había dicho que era posible bajar al
pueblo, pero no era cierto para ella; cada paso era una lucha. Unos días antes,
ella le había preguntado casualmente sobre el camino hacia el pueblo más allá
de las montañas.
Él le sugirió
que, para los primerizos, lo mejor era seguir el sendero de los mercaderes.
Este serpentea por las laderas bajas, pero es la ruta más segura. Kyden le
había aconsejado que, si seguía caminando hacia donde se pone el sol,
encontraría el sendero. Todo lo que necesitaba era seguir ese camino.
Sin embargo,
en pleno invierno no sería fácil, ya que el rastro de las carretas estaría
oculto bajo la nieve. Él le advirtió severamente que ni soñara con ir sola,
pues la nieve podría atraparla, llevándola a morir congelada, o podría
encontrarse con depredadores hambrientos.
En efecto,
Kyden tenía razón. Escalar la montaña en invierno no era una hazaña sencilla.
El frío hacía que su mandíbula temblara incontrolablemente, pero el sudor
enfriaba su piel. Una vez que el sudor se enfriaba, un frío mordaz se pegaba a
su carne. Sentía como si le desgarraran la cara cada vez que soplaba el viento.
Perdió la
noción de cuánto tiempo había caminado. Su visión se nubló y el entumecimiento
se apoderó de sus manos y pies. El bosque profundo, tupido de árboles
centenarios, bloqueaba cualquier rayo de sol cálido. Estaba agotada y el frío
ralentizaba su paso aún más.
"No veo
el sendero; debo haberme perdido...".
Se preguntó si
habría alguna esperanza si el clima hubiera sido un poco más cálido. La
desesperación y la resignación llegaron con más facilidad que la voluntad de
sobrevivir. Quizás porque no veía oportunidad de que su vida mejorara. ¿Acaso
mudarse a otro pueblo de una manera tan desesperada le permitiría adaptarse
bien? ¿O sería expulsada como una extraña forastera?
Roel se
desplomó sobre la nieve. Sin que se diera cuenta, el día había pasado y la
oscuridad cayó sobre el bosque. El viento se volvió más feroz y el frío penetró
hasta sus huesos.


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