Creí haber curado al hermano enfermo del villano - Capítulo 3

Capítulo 3

—...¿Qué es todo esto?

Aunque claramente había escuchado algo sobre la llegada de unos «regalos», Merrien no podía creer la escena que tenía ante sus ojos. Para cuando se dio cuenta de que el panorama no cambiaría a pesar de parpadear varias veces, se preguntó si se trataba de una ilusión.

Un sacerdote de menor rango, con una expresión inusualmente brillante, le entregó algo.

—Esta es una carta del duque Hartez dirigida a la Santa. ¡Por favor, léala!

Lo que le entregó fue un elegante sobre sellado con un emblema rojo de un águila y una espada. Una vez cumplida su tarea, y en cuanto Merrien recibió la carta, el joven sacerdote corrió apresuradamente hacia la montaña de regalos.

Merrien no tenía tiempo para prestar atención al comportamiento del sacerdote. Por lo general, ese tipo de provisiones se enviaban al Sumo Sacerdote, así que esta era la primera vez que algo le llegaba directamente a ella. Además…

«…¿Acaso no salí corriendo en lugar de atenderlo?».

Algo no cuadraba. Por más que lo pensara, no había absolutamente ninguna razón para que ella recibiera regalos.

Ahora que estaba completamente despierta, comenzó a romper el sobre a toda prisa, pero se volvió cautelosa al sentir su lujosa textura. Lo abrió con cuidado usando las manos, ya que el templo, con sus problemas financieros, no disponía de un abrecartas.

La carta contenía un mensaje muy breve:

[El pago por curar a mi amigo. –Ariel Hartez]

—…¿Amigo? ¿Qué significa eso?

Examinó la nota durante un largo rato, entornando un ojo con confusión. Había un pequeño dibujo de un perro en la esquina de la carta.

—Ah, ¿podría ser…?

Blanquito cruzó por su mente como un relámpago.

—¿Blanquito era el perro del duque Hartez?

Justo cuando se asombraba por el descubrimiento, estallaron exclamaciones entre los sacerdotes de menor rango, quienes hurgaban entre los regalos como si ella no existiera.

—¡E-esto es filete de carne de primera calidad!

—¿No es esta la especia importada que es tan difícil de conseguir en el Imperio?

Y las palabras que llegaron a sus oídos fueron suficientes para que los ojos de Merrien se nublaran un poco por la emoción.

«...¡Carne!».

Abriéndose paso rápidamente entre los jóvenes sacerdotes, declaró con solemnidad:

—El desayuno de hoy debe ser filete. Después de todo, es un regalo de mi amigo.

—¿S-se ha hecho amiga del duque Hartez?

—Por supuesto.

Merrien se hizo amiga al instante de un duque al que jamás le había visto el rostro. Aunque no conocía las circunstancias exactas, racionalizó que, dado que había curado al amigo del duque, ahora ellos también eran amigos.

Ella no era la única embargada por la emoción. Los sacerdotes de menor rango estaban ocupados secándose los ojos con pañuelos, diciendo: «Por fin, nuestra Santa…».

En la mesa del desayuno, preparada a toda prisa…

En el momento en que se llevó un trozo de carne a la boca por primera vez en seis meses, Merrien sintió que su mente errante regresaba a su sitio.

«Ah, entonces debe haber venido al templo para pedir que curaran a Blanquito. Realmente no sé nada del mundo exterior».

A menos que se tratara de los chismes que traían los nobles que visitaban el templo o de las historias que difundían los sacerdotes, no tenía forma de enterarse de nada. Lo único que sabía vagamente era que el duque Hartez era famoso por no participar en actividades externas. Eso era todo.

«¿Alguien así vino hasta el templo solo para pedir la curación de un perro? Si no nos hubiéramos encontrado en el jardín en ese momento…».

Blanquito podría haber muerto.

Pensar en eso disminuyó repentinamente su apetito, y dejó el tenedor.

—¡Santa, ya terminó!

—Perdí el… oh.

Iba a decir que había perdido el apetito, pero su plato ya estaba limpio.

—Me levantaré primero.

Merrien se limpió la boca con brusquedad con una servilleta y se puso de pie. Cuando su mente se complicaba de esta manera, necesitaba tiempo para pensar a solas. En el jardín secreto, como siempre.

*******

—...¡Blanquito!

¿Cómo podía hacerle tan feliz ver a alguien a quien solo había conocido una vez? Merrien tenía un presentimiento: que esta pequeña criatura se convertiría en su alma gemela.

—¡Arf!

Blanquito estaba sentado en el mismo lugar que ayer, haciendo alarde de su aspecto similar al de un copo de algodón.

—¡Te extrañé!

Merrien corrió directo hacia Blanquito, abrazándolo y cubriendo de besos su húmeda nariz rosada. Al parecer tomado por sorpresa, Blanquito intentó empujarla con su naricita, pero pronto lo aceptó, pareciendo disfrutar de la atención.

Después de un rato de mimos, Merrien de repente se puso melancólica y levantó a Blanquito en el aire. Cuando sus ojos se encontraron con esos ojos azules que parecían decirle que la comprendían, las palabras comenzaron a fluir con naturalidad.

—…Lo siento, Blanquito. Si hubiera ido de inmediato ayer cuando dijeron que el duque Hartez había venido, no te habrías desplomado en un lugar como este.

Pero poco después…

Toc.

La naricita rosa rozó la nariz de Merrien. Como si la estuviera consolando, diciéndole que todo estaba bien.

—¡¡¡…!!!

El suave contacto disipó instantáneamente el estado de ánimo sombrío de Merrien.

—¡Blanquito! La próxima vez te haré un collar bonito. Puedo hacerlo con flores, ¿no sería lindo?

—...¡Arf!

Aunque la respuesta pareció un poco sobresaltada y tardía, Merrien lo atribuyó a su imaginación. Antes de darse cuenta, Merrien se sentó en la banca y acarició suavemente la espalda de Blanquito. El cachorro cerró los ojos y, complacido, gruñó suavemente en respuesta.

*******

—¡¿Así que sabes lo que dijo ese conde?! ¡Dijo que quería comprometerse conmigo!

—...Grr.

Había pasado un mes desde que Blanquito comenzó a visitar el jardín. Para este momento, Merrien y Blanquito se habían vuelto amigos inseparables.

En realidad, Blanquito solo escuchaba mientras Merrien hablaba de todo, como alguien que comparte un secreto que no puede contarle a nadie más.

«Ahora que lo pienso, el duque Hartez no ha venido ni una sola vez».

Merrien tuvo este pensamiento mientras miraba a Blanquito, quien por alguna razón parecía enfadado.

«A pesar de que Blanquito viene al jardín del templo todos los días, él no dice nada y solo sigue enviando regalos».

En el último mes, el templo donde residía Merrien había progresado enormemente gracias al apoyo total del duque Hartez. Debido a eso, ella podía escapar al jardín con frecuencia sin recibir regaños, aunque todavía no podía evitar a todos los nobles que la visitaban.

—Grr...

—Blanquito, ¿por qué estás tan enojado?

Como el collar de flores que le había hecho se torció, Merrien lo acomodó con manos inquietas. Ante eso, Blanquito, que había estado gruñendo hasta entonces, se detuvo de repente y la miró fijamente.

—Sigues estando tan pequeño cada día que te veo. Como una bola de algodón.

Como de costumbre, Merrien acarició suavemente la cabeza de Blanquito. Cuando se detuvo al recordar algo, Blanquito ladeó la cabeza con desaprobación.

—Ah, es verdad. Hoy escuché de los sacerdotes que el Señor de la Torre hizo otra de las suyas.

Mientras Merrien miraba al espacio recordando lo que había oído, los ojos de Blanquito se movieron de un lado a otro.

—Dicen que llevó a una bestia mágica de tres cabezas a su audiencia privada con Su Majestad el Emperador, afirmando que era su mascota. Realmente debe estar loco.

—...

Blanquito, que usualmente respondería con un «¡Arf!», mantuvo la boca cerrada. Antes de que pudiera preguntarse por qué, Merrien se pasó lentamente la mano por el rostro y cerró los ojos.

«Ya debe ser hora de que el villano, el Señor de la Torre, haga su aparición».

Por toda la información que había podido reunir en el templo, el Señor de la Torre usaba una máscara, por lo que su rostro era desconocido, pero tenía un brillante cabello plateado. A pesar de ser un mago tan poderoso que ni el mismísimo Emperador podía tratarlo con descuido, por alguna razón solo aparecía por las tardes. El problema era que iba por ahí haciendo locuras como esa.

—Cielos, realmente no quiero morir a manos del Señor de la Torre...

Por un instante, algo parpadeó en los ojos azules de Blanquito, seguido de un rastro de amargura. Pero Merrien, con los ojos cerrados, no pudo ver esto.

Cuando Merrien abrió los ojos poco después, Blanquito la miraba con inocencia, como si nada hubiera pasado.

—Blanquito. Si tan solo… pudiera vivir en paz contigo, lejos de este maldito templo, sin ser secuestrada por el Señor de la Torre.

Tal vez por eso Merrien comenzó a murmurar mientras miraba fijamente esos ojos azules. Sin saber las enormes repercusiones que causarían sus palabras.

A diferencia de sus caricias ligeras, la mirada de Blanquito se volvió seria. Y entonces…

—...Cof.

Blanquito tosió sangre de un color rojo oscuro, tal como cuando se conocieron por primera vez.

—¡¿B-Blanquito?!

Sobresaltada por la repentina situación, Merrien se levantó rápidamente y alzó las manos para usar su poder sagrado. Pero Blanquito saltó instantáneamente de su regazo y corrió hacia alguna parte.

—¡¿B-Blanquito?! ¡Blanquito!

Merrien lo persiguió rápidamente mientras él desaparecía por la esquina del jardín, dejando un rastro de sangre. Sus manos temblaban mientras se mordía el labio inferior con fuerza.

«Yo… fui demasiado complaciente. Debí haber seguido curándolo».

Pensó que se había recuperado ya que parecía estar bien después del primer día, pero ese no era el caso. Parecía que había estado sufriendo todo este tiempo.

Sintiendo que el calor le subía a los ojos, Merrien los mantuvo abiertos de par en par a propósito. Corrió a ciegas siguiendo las manchas de sangre cada vez más grandes.

—...Fuu, ja.

Cuando llegó a su destino, Blanquito apenas se mantenía en pie, tambaleándose con la mirada desenfocada. Parecía que iba a desplomarse en cualquier momento.

Merrien gritó con voz quebrada, sin siquiera notar que le faltaba el aire:

—¡B-Blanquito! ¡Si sigues corriendo, te vas a desmayar!

Por fortuna, pareciendo no tener intenciones de correr más, Blanquito se detuvo y se giró hacia Merrien. Mientras tanto, ella canalizó rápidamente su poder sagrado con manos temblorosas, temerosa de que él pudiera huir.

[Cantidad de Curación 500 / 10 000]

A medida que la cantidad de curación aumentaba, el enfoque comenzó a regresar a los ojos azules de Blanquito.

—¿Estás bien?

Y en el momento en que la patita blanca que había estado cerca de la muerte rozó las yemas de los dedos extendidos de Merrien… el paisaje cambió repentinamente.

—...¿Eh?

Paredes con tapiz negro y muebles de un blanco impecable. Una cama enorme, con espacio más que suficiente para dos personas. Y una habitación gigantesca cuyo final no se alcanzaba a ver. Por más que mirara a su alrededor, este no era un lugar que estuviera en sus recuerdos.

—¿D-dónde es esto...?

Merrien murmuró para sí misma, aunque no había nadie para responderle. En ese momento, Blanquito saltó con total naturalidad sobre la cama.

—¿Blanquito?

Aún incapaz de asimilar la situación, Merrien finalmente miró al cachorro y movió los labios con desconcierto. Blanquito la miró fijamente antes de comenzar a transformarse en un humano.

—¡…!

Un cabello oscuro como la boca del lobo y una piel tan pálida que se le podían ver las venas. Unos ojos azules tan vacíos que parecían un abismo.

A medida que su mirada descendía lentamente… Merrien tragó saliva inconscientemente.

«¿Ese es el escudo de la Casa Hartez?».

El escudo del águila roja y la espada dorada estaba claramente blasonado en el uniforme negro. Jamás podría olvidarlo: era el mismo escudo que había estado en la primera carta del duque y que los sacerdotes menores habían señalado con entusiasmo incontables veces cada vez que llegaban regalos al templo.

El hombre que hasta hace unos instantes había sido Blanquito ladeó la cabeza con una leve sonrisa.

—Hola, Merri. Este es nuestro primer encuentro en esta forma.

...No puede ser.

«¿El duque Hartez?».

Merrien sintió que se iba a desplomar ahí mismo.

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