En los
dominios de los Arcturus, los rumores sobre la «madre e hija locas» eran una
constante.
Una mujer que
llegó al lugar con un embarazo avanzado y la lengua cortada, naturalmente,
atrajo la atención de todos. Aunque de vez en cuando escribía que era de la
nobleza, la mujer nunca lograba recordar su propio apellido ni el de su esposo.
Como si estuviera poseída, solo gritaba de forma incoherente, con sus ojos
verdes desbocados, incapaz de articular palabra alguna con su lengua mutilada.
Y jamás
llegaban noticias de un esposo o de una familia que buscara a la mujer
desaparecida. La gente incluso especulaba si se trataba de una sirvienta que
había concebido un hijo de su señor y había sido castigada por ello.
De ese modo,
la mujer dio a luz a solas a una niña completamente común.
En Celestica,
tales acciones eran mal vistas sin importar la clase social de cada quien. No
obstante, la familia Arcturus mantuvo a la mujer y a su hija recién nacida en
el feudo. La razón era que esta madre e hija servían como una útil lección para
los habitantes de las tierras: ver que la vida de cualquiera podía hundirse
tanto como la de ellas, por lo que debían conformarse con su suerte actual.
Sin embargo,
mientras que la notoriedad de la madre era alta, la hija permanecía en una
relativa oscuridad. Como si deseara borrar su propia existencia, mantenía la
cabeza baja y evitaba a la gente. Esa fue también la razón por la que Charles
no había reconocido a la pastora encapuchada cuando se acercó por primera vez.
Pero Izar, al
ver la expresión desconcertada de Charles, frunció el ceño.
—La veía con
frecuencia deambulando por las colinas cercanas al castillo. Era difícil no
fijarse, especialmente en una pastora como ella.
—Ah…
—Olvídalo.
Prepárense para regresar al feudo lo antes posible.
—¿No le
gustaría quedarse más tiempo, mi señor?
—Para nada.
No tengo deseos de demorarme aquí y crear más problemas.
Izar reprimió
su temperamento y sacudió la cabeza. ¿Qué sentido tenía mostrar su rostro aquí
y allá? Después de haber sido aclamado como el «cometa», ¿por qué habría de
caer de nuevo a la tierra como «el hombre que se casó con una dama ducal
ilegítima»?
—Es
suficiente por hoy. Todos pueden retirarse.
Los vasallos
se levantaron ante la orden de su señor, aunque ninguno de ellos ocultó su
insatisfacción. De hecho, si Izar no les hubiera advertido de antemano, bien
podrían haber provocado una riña en la boda.
Cuando Izar
salía del despacho, el mayordomo principal se le acercó.
—Mi señor,
¿dónde prepararemos sus aposentos para esta noche?
—Regresaré a
mi habitación de siempre. Será igual cuando estemos de vuelta en el feudo.
—Sí, señor.
Esta noche, y
durante todas las noches venideras, jamás compartiría habitación con esa
pastora. No perder los estribos con ella era todo lo que podía esforzarse por
hacer por ahora.
Sin embargo,
justo cuando pasaba por delante de la cámara nupcial, se detuvo.
—¿Mi señor?
—Espera un
momento.
Aunque el
mayordomo sonaba desconcertado, Izar giró el pomo de la puerta en silencio.
¿Acaso era curiosidad por ver si ella seguía despierta? Le resultaba difícil
articular con precisión por qué importaba aquello.
«¿Como
comprobar si un fuego extinto podría reavivarse?». ¿O para atraparla con
las manos en la masa en alguna intriga?
Pero cuando
abrió la puerta, ella no lo estaba esperando. En su lugar, la mujer se había
acurrucado en una silla junto a la pequeña mesa donde habían conversado, y se
había quedado dormida. Parecía un pequeño animal invernando, y una risa
sarcástica se le escapó a Izar.
—Absolutamente
ridículo.
Y, al mismo
tiempo, las sienes comenzaron a pulsarle. Incluso su forma de dormir irritaba
sus ya desgastados nervios.
«¿Seguro
que ni siquiera esta postura está calculada?». Su aspecto era tan
lamentable; y, aun así, era una mujer peculiar que hacía imposible sentir una
piedad pura hacia ella.
La luz de la
luna, momentáneamente oculta tras las nubes negras, proyectaba ahora una sombra
sobre el rostro de la mujer. Mientras Izar contemplaba su rostro, levemente
iluminado por la luna, chasqueó la lengua para sus adentros.
«Está
lejos de ser hermosa».
Su piel,
expuesta a las inclemencias del tiempo, ostentaba un tono moreno claro, y su
cabello castaño lacio distaba mucho de ser un rubio deslumbrante. Quizás debido
a una vida de privaciones desde una edad temprana, su estatura también era
pequeña en comparación con otras de su edad. El único rasgo redimible podrían
ser sus grandes ojos verdes. Si brillaran de la manera adecuada para su edad,
podrían compararse con las hojas del verano. Pero incluso ellos albergaban de
vez en cuando una mirada demacrada, como la de una anciana, volviéndolos
inútiles.
La boca de
Izar se contorsionó en una mueca cada vez más desagradable.
—A su hermana
menor la llaman la «Rosa de la Capital», ¿eh…?
Esta mujer,
cuyo nombre mismo provenía de una flor, no era más que una simple flor
silvestre comparada con la glamorosa Atria. Una flor silvestre con el tallo
roto por la inclemencia de la lluvia, tan insignificante que nadie la echaría
de menos si no floreciera el próximo año.
Y, sin
embargo, él ya conocía a esta mujer desde antes.
—...
Izar se cruzó
de brazos y la observó en silencio.
Alguna vez la
conoció como la lastimosa hija de la loca. De vez en cuando, la veía cuando era
niña, con el rostro cubierto de moretones, cojeando mientras cargaba una vasija
de agua. Más tarde, se convirtió en una pequeña pastora que apenas lograba
controlar un pequeño rebaño.
«Y
luego, una mujer insensata que cayó a un lago y ni siquiera intentó salir a
nado».
A pesar de su
mueca de desdén, recordar el año en que cumplió los dieciocho hizo que un ceño
fruncido apareciera en su frente. No era propio de él, pero ¿por qué ella había
llamado su atención ese año? Sin embargo, los recuerdos de ese año eran tan
desagradables que Izar se obligó a dejar de evocarlos.

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