Una propuesta de matrimonio salvaje - Capítulo 15

Capítulo 15

 

No te muevas

 

—Mmm... Este abrigo es mejor de lo que esperaba. —Ese fue su comentario tras abrir un viejo baúl de madera cubierto de polvo.

—Sí. Yo también lo pensé. —Liene había llevado a la señora Flambard al depósito real.

En el interior había un baúl que contenía las ropas de su difunto padre. La mayoría de las joyas valiosas se habían vendido, pero algunos artículos aún permanecían allí. Uno de ellos era el abrigo de bodas del difunto rey.

—El bordado todavía está intacto. —Tocó con la punta de los dedos el abrigo, que aún conservaba la opulencia del pasado.

—Pero ¿cómo es que este abrigo se conservó? ¿Acaso no se vendieron casi todas las pertenencias del anterior rey? —La señora Flambard habló con delicadeza sobre el hecho de vender posesiones debido a la falta de fondos.

—Sentí que era un desperdicio vender este en particular. Estaba tan bien hecho y, por alguna razón, guardaba un buen recuerdo de él... Ah, ¿un momento? —Ladadeó la cabeza mientras hablaba. Estaba segura de que este atuendo era el abrigo de bodas de su difunto padre. Pero ¿cómo podía tener el recuerdo de él usándolo? Le preguntó a la señora Flambard con el rostro lleno de confusión—: ¿Esta vestimenta... no es el abrigo de bodas?

—La forma es similar, pero, hasta donde recuerdo, Su Majestad lo usó en un día diferente.

—¿Cuándo?

—Tal vez en la coronación. Un abrigo tan magnífico como este solo se usa en ocasiones muy especiales.

—La coronación... Entonces, ¿él fue coronado después de que yo naciera?

—Sí, Su Majestad fue coronado después del nacimiento de la princesa.

—Ah, de modo que fue por eso.

¿Había sido esa la razón por la que lo conservó inconscientemente? Volvió a tocar la excelente tela del abrigo. El tupido bordado de hilo de plata todavía brillaba de manera encantadora.

—Los adornos de los botones también siguen aquí. —Los botones, confeccionados intercalando perlas y rubíes, también estaban intactos.

Fue una fortuna haber olvidado este abrigo hasta ahora. Un abrigo así de exquisito sería perfecto como abrigo de bodas.

—Solo necesito ajustar un poco la talla.

—Después de lavarlo y plancharlo bien, lucirá como nuevo.

Por fortuna, la señora Flambard accedió a arreglar el abrigo. Liene le habló con una mezcla de culpa y gratitud:

—Pensé que estaría enojada.

—¿Yo?

—Sí. Porque se lo estaré entregando a una persona que no lo merece.

—No necesito repetirlo, Su Alteza, porque mi enojo no sirve de nada. —La señora Flambard mostró una expresión un tanto agria—. Sin embargo... por mucho que yo lo prohíba, el matrimonio de todos modos se llevará a cabo. Después de todo, este matrimonio es el de la princesa, y debemos hacer lo que se tiene que hacer. Es mejor esto a ver a un bárbaro que no conoce modales vestir cualquier ropa que le plazca. Aunque su conducta sea bárbara, al menos su apariencia debe ser digna para acompañar a la princesa.

Liene sonrió y apoyó la cabeza en el hombro de la señora Flambard.

—Al escuchar eso, me dan ganas de llorar.

—¿Qué? ¿Dije algo malo, Su Alteza?

—No. Me hace feliz escucharlo.

—Vaya, princesa, no es para tanto. —La señora Flambard se sonrojó con timidez. Liene se daba cuenta de cuánto la apreciaba y se preocupaba por ella con solo escuchar esas palabras.

—Tal vez él no sea tan mala persona como pensé.

La señora Flambard, que le peinaba el cabello con los dedos con total calma, se limitó a escuchar.

 

—Por supuesto, el comienzo fue terrible. Lo sé... pero a veces pienso que no es tan malo como imaginaba. No es rudo cuando trata conmigo.

De hecho, la persona que yo creía que era mi amante era más ruda. Realmente llegué a pensar que lord Tiwakan era alguien diferente.

—Se preocupa cuando estoy herida...

Probablemente nunca olvidaría lo que él le hizo hoy en la boca cuando comprobó la herida de su labio.

—Pensé que sería maleducado, pero en realidad no lo es.

Por eso no le desagradaba. Sabía que debía odiarlo, pero la incapacidad de odiarlo seguía ganando terreno.

—Hoy... vino a buscarme, haciéndome sentir tan... —Tragó saliva para contener la emoción que afloraba.

La señora Flambard era la persona más cercana a ella, pero no quería que la anciana supiera lo que había sucedido hoy. Si se enteraba, la buena y gentil señora Flambard se alteraría mucho más que ella misma—.

...Me sentí aliviada.

—Ya veo. Eso significa que él puede usar este abrigo. —Palmoteó con suavidad el hombro de la princesa—. Y, para ser honesta, no es un hombre desagradable a la vista. Aunque su carácter sea problemático.

Sus palabras la hicieron reír a carcajadas.

—¿Eso significa que es apuesto?

La señora Flambard jamás había dicho algo similar sobre Laffit.

—¿Por qué lo pregunta? Bueno, sí. ¿Acaso existe una regla que dicte que todos los bárbaros deben ser feos?

«Bueno, sí que es apuesto. Cuando lo vi por primera vez, casi no podía creerlo».

—Este abrigo le quedará bien.

—Sí... estoy de acuerdo. —Las dos mujeres se miraron y rieron.

—Entonces iré a averiguar su talla.

—En ese caso, arreglaré este atuendo tan pronto como termine con su vestido de luto.

—Hágalo conmigo. Quiero ayudar.

—Muy bien, como desee.

Se dirigió a buscar a Black para tomarle las medidas.

En ese momento, Black se encontraba con sus seguidores en la habitación que ocupaba. No eran muchos los que estaban con él; eran unas cuatro personas, pero debido a su gran envergadura, el cuarto se sentía estrecho. Incluso entre esos hombres corpulentos, Black destacaba. Era el más alto, pero, extrañamente, lucía esbelto y gallardo, a diferencia de los otros Tiwakan, que se veían macizos.

«Quizás porque su apariencia es diferente...». Recordó las palabras de la señora Flambard, diciendo que era apuesto. Él era distinto a los demás. Él solo era... cautivador.

—¿Tienes algún asunto conmigo?

No se había dado cuenta de que lo estaba mirando fijamente.

—...Ah, sí. Quería hablar brevemente sobre el abrigo de bodas.

Él asintió hacia ella y luego se dirigió a sus seguidores:

—Salgan.

—Sí, mi señor. —Aunque no era necesario, de todos modos, los hizo salir.

Ella no se percató de que su decisión fue por consideración hacia ella, quien todavía se sentía incómoda con los mercenarios Tiwakan.

«Estamos solos otra vez...». En su lugar, le perturbaba el hecho de volver a estar a solas con él en esta habitación. Este cuarto, de alguna manera, creaba una atmósfera propicia para besarse.

—Habla. —Señaló una silla vacía frente a la cama.

Ella se sentó en la silla y quedó frente a él. Él no estaba acostado en la cama, sino sentado en el borde, vistiendo únicamente una camisa entreabierta, tal vez para ventilar su herida.

«No puede estar haciéndolo a propósito. Él sabe cómo se ve ante mis ojos. ...De ninguna manera». En cualquier caso, eso era solo fruto de sus propios pensamientos excesivos. Sacudió la cabeza para desechar esa idea inapropiada y comenzó a hablar:

—Quiero preparar el abrigo de bodas para usted. Aunque este abrigo es insuficiente como dote, es la mayor sinceridad que puedo mostrar en este momento.

—No tienes que forzarte.

—Esto no es una obligación. —No sería capaz de hacer más aunque quisiera. El tesoro real estaba literalmente vacío. Después del funeral de mañana, se volvería aún más pobre—. Espero que use el abrigo de la coronación del difunto rey, no uno nuevo.

—...

Un extraño silencio fluyó por un momento después de que ella habló.

—Si va en contra de lo que piensa...

—Nada va en contra. —Asintió levemente, como si el silencio de hace un momento hubiera sido solo producto de la imaginación de ella.

—Entonces, por favor, permítame tomarle las medidas.

—...¿Ahora?

—Sí. —Sacó la cinta métrica que le había pedido prestada a la señora Flambard. La vieja cinta de cuero con marcas de escala se había utilizado para confeccionar muchas ropas reales—. Mediré la parte superior del cuerpo primero. Extienda ambos brazos.

—...

Él la contempló por un instante y luego, dócilmente, extendió los brazos. Ella se acercó a él, que seguía sentado en el borde de la cama, y midió con cuidado. Midió la muñeca, de la muñeca al codo, y del codo al hombro. Después de medir el hombro, tenía que medir el cuello.

—Ya puede bajar los brazos.

—...

Él bajó los brazos y ella le rodeó el cuello con la cinta métrica. Y entonces comprendió por qué él había permanecido en silencio durante esta medición.

«...Demasiado cerca». Para medir el cuello, tenía que envolver la cinta, lo que significaba pararse más cerca de él. Y era todavía más cercano debido a que él estaba sentado y ella se inclinaba un poco hacia abajo. Era la misma postura en la que había estado cuando lo besó primero. Al darse cuenta, su mirada se clavó en los labios de él.

Demasiado cerca. Se sentía como si fueran a tocarse en cualquier momento.

«Ah... debí haberle pedido a la señora Flambard que lo midiera». La mano que se había movido con facilidad al medirle el brazo ahora se sentía rígida, incapaz de moverse como deseaba al tocarle el cuello. No sabía que la medición... sería así.

Él abrió la boca. Su voz baja y silenciosa entibió de inmediato los oídos de ella:

—Estoy un poco confundido en este momento.

—Confundido... ¿por qué?

—Por si esta acción es parte de nuestra promesa.

—¿Qué? —Ella levantó la cabeza despacio.

La cinta métrica seguía envuelta alrededor del cuello de él, y la mano de ella presionaba el extremo donde se superponía la escala.

—Prometiste que tú también me deseas. Pregunto si este gesto es una señal.

—No, yo... —Estaba demasiado avergonzada como para abrir la boca. «No lo hice a propósito. Realmente solo quería arreglar este abrigo...».

—¿No?

—Bueno... no estaba pensando en eso, así que...

—¿No es una señal?

«Absolutamente no. Al menos no al principio».

—...Sí.

Él no replicó; en su lugar, tocó suavemente los dedos de ella, que presionaban la cinta métrica en su cuello.

—No estabas tratando de cumplir una promesa, solo querías hacerme un abrigo... Ya entiendo.

El contacto en su mano desapareció. Ese fue el momento en el que ella quiso soltar un suspiro.

—Continúa midiendo.

—...

Inhaló profundamente y leyó la escala en la cinta métrica.

—Esta parte está lista.

Había pensado que el cuello era la parte más difícil. Pero cuando comprendió que la siguiente parte era el pecho, supo que todo lo hecho anteriormente era solo el principio.

—Levante los brazos otra vez... —Cuando ella, sosteniendo la cinta métrica e inclinándose más, de repente dejó de hablar, él le preguntó:

—¿Es el turno de medir el pecho ahora?

«Él lo sabe».

—Así que te estás poniendo más nerviosa.

«Él lo sabe todo».

—¿Qué quieres que haga?

«No lo sé». Incluso si él se quedaba quieto como un trozo de madera, no creía que fuera capaz de medirlo con comodidad.

«Haga lo que haga, esta medición será incómoda. Haga lo que haga, se sentirá perturbador. Haga lo que haga... temblaré. Por culpa de este hombre».

—Quédese lo más quieto posible. —Se mordió el labio una vez y luego volvió a levantar la cinta métrica. Si no podía evitarlo, era mejor terminar rápido—. No se mueva. Lo haré lo más rápido posible.

—...

Él dejó escapar un suspiro bajo, luego se puso de pie y levantó los brazos. Ella, sintiendo que debía terminar tan rápido como pudiera, estiró los brazos y le rodeó el pecho con la cinta métrica. Sabía que se encontraba en una postura que equivalía a abrazarlo a él, que tenía ambos brazos extendidos.

«Lo sé. ¿Pero qué más da? Sucedió por casualidad. Semejante situación volverá a ocurrir en el futuro. No puedo dejarme afectar cada vez. Tengo que acostumbrarme a este hombre lo más rápido posible». Apartó la mirada de él a la fuerza para comprobar la escala.

—Ahora mediré la cintura.

Justo cuando su mano, que terminó la tarea con rapidez, estaba a punto de apartarse, él la sujetó de repente.

—¿No puedes hacerlo despacio?

—¿Qué...? —Involuntariamente, levantó la cabeza para mirarlo.

—No quiero quedarme quieto.

«De qué está hablando este hombre...». Él atrajo la mano de ella de vuelta a su pecho y le acarició el cabello lentamente.

—¿Te disgusta que me mueva?

—...

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