Era una forma
muy ruda de hablarle una sirvienta a su señor. Sin embargo, a pesar de que ella
había dicho algo digno de una reprimenda, Rothbart no pareció disgustado por la
impertinente réplica de Anna. Solo esbozó una sonrisa pausada.
A diferencia
de Rothbart, quien regresó rápidamente a la pulcra imagen de un caballero, a
Anna le tomó algún tiempo recuperar su aspecto original. Apoyado contra un
árbol, Rothbart observaba cómo Anna se ponía la ropa mientras continuaba
hablando:
—¿Te preocupa
tu reputación? Nadie sabrá que te comportas de forma tan lasciva. Además, si
vas a regresar a tu mundo original, la reputación en este no importa, ¿o sí?
—Las personas
tienen límites.
El rostro de
Anna se contrajo con disgusto. Nunca se había considerado a sí misma alguien
particularmente estricta con las normas morales. Si hubiera sido tan
quisquillosa desde el principio, no habría aceptado la propuesta de Rothbart.
Pero los
estándares morales de Rothbart eran del todo despreciables. Si continuaba
cediendo ante él, ella también terminaría por contaminarse y corromperse con el
libertinaje y la obscenidad de este lugar. Eso era lo que Anna temía.
Una vez que
sus defensas se desmoronaron, sus pensamientos brotaron sin freno. Sin darse
cuenta de que se había alterado, Anna, a diferencia de la actitud obediente que
había mostrado hasta ahora, expresó lo que pensaba directamente mientras
vigilaba la reacción de Rothbart:
—Una vez que
cruzas ese límite, todo terminó. Los principios que se han estirado nunca
vuelven a encogerse, y una línea cruzada no se puede desandar. Incluso si el
entorno cambia, es lo mismo. No quiero eso.
Sabía mejor
que nadie que lo que hacía en este mundo no podía desecharse como un simple
juego. Incluso si Rothbart se burlaba de ella tachándola de anticuada, Anna se
juró a sí misma que no se dejaría doblegar.
—Eso
realmente me gusta.
Pero, en su
lugar, Rothbart mostró una sonrisa de complacencia. Luego, de repente, sacó a
colación una propuesta que casi había olvidado:
—¿Has pensado
de manera positiva en las palabras de Svanhild?
—¿Perdone?
—Parece que
te desagrada la idea de convertirte en mi amante. Entonces, ¿qué tal si te
conviertes en mi esposa?
Anna no
lograba comprender por qué la conversación había tomado ese rumbo de pronto.
¿Acaso había dado alguna señal de desear algo? Pero ella no quería nada...
Quizá solo se
estaba burlando de ella por haberle respondido con tanta audacia. Anna sacudió
la cabeza rápidamente en señal de negativa.
—No hay
diferencia entre ser una amante o una esposa.
—¿Porque de
todos modos te marcharás?
Rothbart
soltó una risita. Qué era lo que le resultaba tan divertido, ella no alcanzaba
a saberlo. Tal vez sus desesperados esfuerzos por regresar a su mundo original
le parecían ridículos, pero para Anna era una cuestión de vida o muerte.
Él entrecerró
los ojos con una mirada divertida y preguntó:
—¿Por qué
estás tan empeñada en regresar a tu mundo original? ¿Acaso hay alguien
esperándote allá?
Sus ojos
fríos la miraban desde arriba con los brazos cruzados, como si intentara
sondear algo.
—¿Hmm?
Alguien a quien amas, tal vez...
Anna
consideró que no valía la pena responder a su pregunta y continuó vistiéndose.
Una vez que terminó de arreglarse la ropa e intentó ponerse en pie,
trastabilló. Las rodillas le escocían, raspadas por la tierra. Ahora que lo
pensaba, las palmas de las manos también le dolían.
De repente,
una sombra cayó sobre su cabeza. Rothbart, que se había aproximado sin que ella
lo notara, le tendía la mano.
No había
razones para no aceptarla. Sabía de sobra que aferrarse a un orgullo tan inútil
solo le complicaría más las cosas. Dejando caer su peso sobre ella, Anna tomó
la mano de Rothbart, envejecida y de textura similar a la corteza de un árbol,
y se levantó.
Él no se
movió ni un ápice. En su lugar, deslizó la mano bajo el brazo de ella y la
obligó a ponerse de pie. Incapaz de estabilizarse, Anna colapsó contra su
pecho. Horrorizada ante la idea de que él pudiera confundir aquello con un
intento deliberado de aferrarse a él, empujó apresuradamente su torso.
—Para ser
sincero, admito que lo que te hago es humillante. Pero tú soportas esa
humillación solo para regresar a tu mundo original. Simplemente tengo
curiosidad por la razón, por eso pregunto.
A Rothbart,
sin inmutarse, le apartó el cabello enredado que se le pegaba a la mejilla. Su
toque era tierno. Como si se lo estuviera haciendo a su propia esposa...
—Yo amaba
profundamente a mi esposa y la trataba bien... Pero al final, me abandonó y se
marchó.
—... Si se
comportaba con su esposa de la misma manera que lo hace conmigo, no sería
extraño que se hubiera marchado.
No debió
haberle respondido, pero Anna replicó por reflejo. Se enfureció ante el
pensamiento de que él la hubiera estado atormentando todo este tiempo solo para
probar cuánto era capaz de resistir. Ante el valiente desafío de Anna, la boca
de Rothbart se curvó en una amplia sonrisa.
—¿Crees que a
ella la habría tratado de esta manera?
Su tono
burlón fue suficiente para que Anna viera su posición con total claridad.
«Claro».
Él había dicho que ella era un sustituto de su esposa, no que la trataría como
a su esposa. ¿Quién era ella para que él se molestara en cortejarla? Si estaba
siendo castigada, tal vez incluso estaba cargando con los pecados de la
marquesa en su lugar...
Anna sintió
que un escalofrío le recorría el pecho, seguido de piel de gallina. Como si
hubiera albergado algún tipo de expectativa... A pesar de ser únicamente un
reemplazo.
Todo esto era
culpa de Rothbart. Reinaba como el tirano más cruel imaginable, pero se
comportaba de un modo que hacía sentir como si todas sus excepciones fueran
solo para ella. Era difícil ignorar la sensación de ser alguien especial.
Quizá incluso
Rose, la institutriz, había sentido esa misma superioridad. Como una criatura a
la que un ser supremo le otorga su primer nombre, redefiniendo su existencia
misma. El sentido de plenitud que solo el ganado criado con comodidades podría
conocer.
Si incluso
ella, que venía de otro mundo, podía sentirse de esa manera, entonces de pronto
resultaba comprensible que Rose la atormentara desesperadamente para mantener
su lugar como la «excepción» de Rothbart.
—La traté
como a lo más preciado del mundo. Escuché cada una de sus palabras e intenté
darle todo lo que deseaba. Pero nada de eso importó. Lo que a ella le importaba
era aquel a quien había dejado atrás en su mundo original... ¿Tú eres igual,
hmm?
Y, sin
embargo, el supremo marqués Rothbart Lohengrin seguía siendo un esclavo
encadenado a la esposa que lo había abandonado hacía once años. Continuaba
rumiando su recuerdo, una y otra vez. Como si hubiera quedado preservado en esa
época. Tal vez, cuando la marquesa partió de este mundo, se había llevado
consigo un fragmento del alma de Rothbart.
—O acaso...
¿es que incluso si tuvieras relaciones sexuales y dieras a luz a sus hijos,
jamás podrías encariñarte con alguien de este mundo? ¿Te resulta físicamente
repulsivo? Dímelo con franqueza.
La pregunta
no solo carecía de lógica, sino que estaba empapada de desesperación. Parecía
haberle dado vueltas en su mente incontables veces, intentando comprender por
qué su esposa se había marchado.
La visión de
él, tan diferente de su ser habitual que siempre permanecía compuesto,
observándola perturbada desde la distancia, dejó a Anna sin palabras. Le
resultaba desconocido. Y el hecho de encontrarse sintiendo lástima por él
también la desconcertó.
Él no la
presionó para obtener una respuesta, como si nunca hubiera sido una pregunta
que la requiriera.
—Bueno... no
importa de cualquier forma. Sea cual sea la razón, no cambia el hecho de que
ella me traicionó.
Habiendo
concluido por su cuenta, sus ojos rojos brillaron con una anticipación similar
a la de las rosas silvestres que florecen en la maleza. Aunque Anna estaba
justo frente a él, era como si no la viera.
Abrazando a
Anna y apoyando la barbilla sobre su coronilla, susurró, soñando con la
marquesa ausente:
—Así que,
cuando ella regrese, me vengaré.
Se voz
cantarina era tan dulce como la trampa de un demonio.
—Le devolveré
la traición y la impotencia que yo sentí.
No había nada
que Anna pudiera decirle a Rothbart, quien se había decidido por la venganza.
Sus palabras no llegarían a él de todos modos. Todo lo que Anna podía hacer era
quedarse quieta, sintiéndose excluida entre la marquesa y Rothbart, y aceptar
el calor de su abrazo.

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