La tumba de los cisnes - Capítulo 26

Capítulo 26

 

Era una forma muy ruda de hablarle una sirvienta a su señor. Sin embargo, a pesar de que ella había dicho algo digno de una reprimenda, Rothbart no pareció disgustado por la impertinente réplica de Anna. Solo esbozó una sonrisa pausada.

A diferencia de Rothbart, quien regresó rápidamente a la pulcra imagen de un caballero, a Anna le tomó algún tiempo recuperar su aspecto original. Apoyado contra un árbol, Rothbart observaba cómo Anna se ponía la ropa mientras continuaba hablando:

—¿Te preocupa tu reputación? Nadie sabrá que te comportas de forma tan lasciva. Además, si vas a regresar a tu mundo original, la reputación en este no importa, ¿o sí?

—Las personas tienen límites.

El rostro de Anna se contrajo con disgusto. Nunca se había considerado a sí misma alguien particularmente estricta con las normas morales. Si hubiera sido tan quisquillosa desde el principio, no habría aceptado la propuesta de Rothbart.

Pero los estándares morales de Rothbart eran del todo despreciables. Si continuaba cediendo ante él, ella también terminaría por contaminarse y corromperse con el libertinaje y la obscenidad de este lugar. Eso era lo que Anna temía.

Una vez que sus defensas se desmoronaron, sus pensamientos brotaron sin freno. Sin darse cuenta de que se había alterado, Anna, a diferencia de la actitud obediente que había mostrado hasta ahora, expresó lo que pensaba directamente mientras vigilaba la reacción de Rothbart:

—Una vez que cruzas ese límite, todo terminó. Los principios que se han estirado nunca vuelven a encogerse, y una línea cruzada no se puede desandar. Incluso si el entorno cambia, es lo mismo. No quiero eso.

Sabía mejor que nadie que lo que hacía en este mundo no podía desecharse como un simple juego. Incluso si Rothbart se burlaba de ella tachándola de anticuada, Anna se juró a sí misma que no se dejaría doblegar.

—Eso realmente me gusta.

Pero, en su lugar, Rothbart mostró una sonrisa de complacencia. Luego, de repente, sacó a colación una propuesta que casi había olvidado:

—¿Has pensado de manera positiva en las palabras de Svanhild?

—¿Perdone?

—Parece que te desagrada la idea de convertirte en mi amante. Entonces, ¿qué tal si te conviertes en mi esposa?

Anna no lograba comprender por qué la conversación había tomado ese rumbo de pronto. ¿Acaso había dado alguna señal de desear algo? Pero ella no quería nada...

Quizá solo se estaba burlando de ella por haberle respondido con tanta audacia. Anna sacudió la cabeza rápidamente en señal de negativa.

—No hay diferencia entre ser una amante o una esposa.

—¿Porque de todos modos te marcharás?

Rothbart soltó una risita. Qué era lo que le resultaba tan divertido, ella no alcanzaba a saberlo. Tal vez sus desesperados esfuerzos por regresar a su mundo original le parecían ridículos, pero para Anna era una cuestión de vida o muerte.

Él entrecerró los ojos con una mirada divertida y preguntó:

—¿Por qué estás tan empeñada en regresar a tu mundo original? ¿Acaso hay alguien esperándote allá?

Sus ojos fríos la miraban desde arriba con los brazos cruzados, como si intentara sondear algo.

—¿Hmm? Alguien a quien amas, tal vez...

Anna consideró que no valía la pena responder a su pregunta y continuó vistiéndose. Una vez que terminó de arreglarse la ropa e intentó ponerse en pie, trastabilló. Las rodillas le escocían, raspadas por la tierra. Ahora que lo pensaba, las palmas de las manos también le dolían.

De repente, una sombra cayó sobre su cabeza. Rothbart, que se había aproximado sin que ella lo notara, le tendía la mano.

No había razones para no aceptarla. Sabía de sobra que aferrarse a un orgullo tan inútil solo le complicaría más las cosas. Dejando caer su peso sobre ella, Anna tomó la mano de Rothbart, envejecida y de textura similar a la corteza de un árbol, y se levantó.

Él no se movió ni un ápice. En su lugar, deslizó la mano bajo el brazo de ella y la obligó a ponerse de pie. Incapaz de estabilizarse, Anna colapsó contra su pecho. Horrorizada ante la idea de que él pudiera confundir aquello con un intento deliberado de aferrarse a él, empujó apresuradamente su torso.

—Para ser sincero, admito que lo que te hago es humillante. Pero tú soportas esa humillación solo para regresar a tu mundo original. Simplemente tengo curiosidad por la razón, por eso pregunto.

A Rothbart, sin inmutarse, le apartó el cabello enredado que se le pegaba a la mejilla. Su toque era tierno. Como si se lo estuviera haciendo a su propia esposa...

—Yo amaba profundamente a mi esposa y la trataba bien... Pero al final, me abandonó y se marchó.

—... Si se comportaba con su esposa de la misma manera que lo hace conmigo, no sería extraño que se hubiera marchado.

No debió haberle respondido, pero Anna replicó por reflejo. Se enfureció ante el pensamiento de que él la hubiera estado atormentando todo este tiempo solo para probar cuánto era capaz de resistir. Ante el valiente desafío de Anna, la boca de Rothbart se curvó en una amplia sonrisa.

—¿Crees que a ella la habría tratado de esta manera?

Su tono burlón fue suficiente para que Anna viera su posición con total claridad.

«Claro». Él había dicho que ella era un sustituto de su esposa, no que la trataría como a su esposa. ¿Quién era ella para que él se molestara en cortejarla? Si estaba siendo castigada, tal vez incluso estaba cargando con los pecados de la marquesa en su lugar...

Anna sintió que un escalofrío le recorría el pecho, seguido de piel de gallina. Como si hubiera albergado algún tipo de expectativa... A pesar de ser únicamente un reemplazo.

Todo esto era culpa de Rothbart. Reinaba como el tirano más cruel imaginable, pero se comportaba de un modo que hacía sentir como si todas sus excepciones fueran solo para ella. Era difícil ignorar la sensación de ser alguien especial.

Quizá incluso Rose, la institutriz, había sentido esa misma superioridad. Como una criatura a la que un ser supremo le otorga su primer nombre, redefiniendo su existencia misma. El sentido de plenitud que solo el ganado criado con comodidades podría conocer.

Si incluso ella, que venía de otro mundo, podía sentirse de esa manera, entonces de pronto resultaba comprensible que Rose la atormentara desesperadamente para mantener su lugar como la «excepción» de Rothbart.

—La traté como a lo más preciado del mundo. Escuché cada una de sus palabras e intenté darle todo lo que deseaba. Pero nada de eso importó. Lo que a ella le importaba era aquel a quien había dejado atrás en su mundo original... ¿Tú eres igual, hmm?

Y, sin embargo, el supremo marqués Rothbart Lohengrin seguía siendo un esclavo encadenado a la esposa que lo había abandonado hacía once años. Continuaba rumiando su recuerdo, una y otra vez. Como si hubiera quedado preservado en esa época. Tal vez, cuando la marquesa partió de este mundo, se había llevado consigo un fragmento del alma de Rothbart.

—O acaso... ¿es que incluso si tuvieras relaciones sexuales y dieras a luz a sus hijos, jamás podrías encariñarte con alguien de este mundo? ¿Te resulta físicamente repulsivo? Dímelo con franqueza.

La pregunta no solo carecía de lógica, sino que estaba empapada de desesperación. Parecía haberle dado vueltas en su mente incontables veces, intentando comprender por qué su esposa se había marchado.

La visión de él, tan diferente de su ser habitual que siempre permanecía compuesto, observándola perturbada desde la distancia, dejó a Anna sin palabras. Le resultaba desconocido. Y el hecho de encontrarse sintiendo lástima por él también la desconcertó.

Él no la presionó para obtener una respuesta, como si nunca hubiera sido una pregunta que la requiriera.

—Bueno... no importa de cualquier forma. Sea cual sea la razón, no cambia el hecho de que ella me traicionó.

Habiendo concluido por su cuenta, sus ojos rojos brillaron con una anticipación similar a la de las rosas silvestres que florecen en la maleza. Aunque Anna estaba justo frente a él, era como si no la viera.

Abrazando a Anna y apoyando la barbilla sobre su coronilla, susurró, soñando con la marquesa ausente:

—Así que, cuando ella regrese, me vengaré.

Se voz cantarina era tan dulce como la trampa de un demonio.

—Le devolveré la traición y la impotencia que yo sentí.

No había nada que Anna pudiera decirle a Rothbart, quien se había decidido por la venganza. Sus palabras no llegarían a él de todos modos. Todo lo que Anna podía hacer era quedarse quieta, sintiéndose excluida entre la marquesa y Rothbart, y aceptar el calor de su abrazo.

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