En aquel
entonces, él creía sin lugar a dudas que jamás se arrepentiría. Se había
concentrado únicamente en encontrar una manera de traer a Ianna de vuelta a su
lado.
Pero ahora
que la joven estaba ante sus ojos, sentía que podía volverse loco de
remordimiento por lo que había dejado escapar. Aunque sabía de sobra que
conformarse con el presente era lo mejor que podía hacer, no lograba tolerar el
sentimiento de privación.
La presencia
de Sehyun solo provocaba aún más el complejo de inferioridad de Rothbart. No
había forma de que Rothbart se quedara de brazos cruzados observándolo de esa
manera.
Las comisuras
de los labios de Rothbart se elevaron. Una sonrisa se extendió por su rostro,
una que infundió en Anna una inquietud insoportable.
**********
El hecho de
que Anna se convirtiera en la sirvienta personal del marqués había puesto la
mansión patas arriba, pero aun así pasó bastante tiempo antes de que la noticia
llegara a oídos de Rose, quien no mantenía buenas relaciones con las demás
sirvientas. Cuando Rose finalmente se enteró, se quedó estupefacta.
«¿La
sirvienta personal del marqués?».
Durante todos
los años que lo había servido, jamás había existido semejante puesto. Desde el
principio, él no era un hombre que necesitara las atenciones de nadie.
Que la
hubieran obligado a apartarse del experimento ya era lo bastante extraño, pero
eso estaba lejos de ser la única anomalía. Rose se mordió el labio inferior con
nerviosismo.
Entonces, de
repente, un pensamiento espantoso la asaltó.
«A menos
que... ¿el señor haya encontrado un reemplazo para mí?».
Hasta ahora,
Rose pensaba que el marqués había convocado a otro mago tenebroso para ocupar
su lugar. Pero eso había sido un error. Si fuera a venir otro mago tenebroso,
él no habría suspendido el experimento. Significaba que el experimento para
invocar a la marquesa realmente había llegado a su fin.
«Si lo que
el señor encontró fue un reemplazo para la marquesa...».
La idea de
que Rothbart pudiera renunciar a la marquesa jamás se le había cruzado por la
mente. El pensamiento mismo era inimaginable. El cuerpo de Rose tembló,
cubriéndose de piel de gallina.
—¡Imposible!
Un grito
agudo escapó de sus labios. Rose sacudió la cabeza violentamente. Su cabello
dorado, como miel hilada, se agitó en desorden.
«¡No puede
ser! ¿Cómo pudo él... después de todo lo que le he dedicado? Me conformaba
incluso con no ser más que una herramienta. Con solo estar a su lado era
suficiente... ¿Pero ahora mantendría cerca a una mujer que acaba de conocer,
que no ha hecho absolutamente nada? ¿Simplemente porque es del Continente
Oriental?».
A pesar de su
negativa a creerlo, las circunstancias eran innegables.
El lugar que
ocupaba Anna debería haber sido, por derecho, de Rose. Rose no tenía
intenciones de quedarse sentada sin hacer nada. No quería compartir a Rothbart
con nadie, y la única a la que podía aceptar era a la marquesa. De una forma u
otra, tenía que hacer algo.
—... Debo
ponerme en contacto con él. Él sabrá cómo resolver esto —murmuró Rose entre
dientes.
Sus ojos
verdes centellearon de forma ominosa, como un bosque antes de la tormenta.
**********
La rutina
diaria de Rothbart era bastante regular. Tras un desayuno sencillo por la
mañana, se encargaba de los asuntos urgentes y luego tomaba a Anna. Pero hoy
fue diferente. Al terminar sus labores, en lugar de recostar a Anna sobre el
escritorio, se levantó de su asiento.
Anna,
aturdida y sin saber qué hacer, observó cómo Rothbart se ponía el abrigo,
tomaba su bastón y decía:
—El clima es
agradable. Daremos un paseo. Ven conmigo.
—Sí.
Un acto
pacífico como pasear no encajaba con un hombre como Rothbart. Aun así, la idea
de que tal vez hoy se saltaría el sexo le dio a Anna una pequeña sensación de
alivio. Había sido unida a él tan a menudo que sentía la zona entre sus piernas
en carne viva.
«Si tan
solo pudiera quedar embarazada rápido».
Sin embargo,
desde que había caído en este mundo, su ciclo menstrual se había vuelto
irregular debido al estrés extremo. En tal condición, concebir un hijo no sería
fácil. Un suspiro escapó de los labios resecos de Anna.
Rothbart
avanzó a grandes zancadas y sin vacilar, dirigiéndose hacia el jardín. Al salir
de la habitación, los sirvientes, sobresaltados, inclinaron la cabeza
apresuradamente.
Anna lo
siguió un paso por detrás. Ella también vio a la gente inclinarse ante él.
Sintiéndose incómoda sin motivo, Anna endureció su expresión y aceleró el paso.
Los
sirvientes, con la cabeza baja, lanzaban miradas furtivas a Rothbart y a Anna.
Era la primera vez que veían a los dos juntos.
Desde que se
convirtió en la sirvienta personal del marqués, Anna había pasado todas sus
horas de trabajo encerrada en los aposentos de él. Debido a que lo que hacía
exactamente allí, y el cómo la trataba el marqués, permanecía envuelto en el
misterio, los rumores se propagaban con desenfreno.
Ni siquiera
el motivo por el cual el marqués la había nombrado su sirvienta personal había
salido a la luz. Como los dos no tenían ningún punto de contacto previo, la
gente cotilleaba sin cesar.
«Anna se
convertirá en la segunda marquesa. No, solo es un capricho pasajero del señor.
Si realmente fuera a convertirse en la segunda marquesa, ¿no le habría cambiado
al menos de habitación primero? Todavía duerme en el ala del ático con las
demás sirvientas. Ya verán. Dentro de poco, la enviarán de vuelta a sus tareas
originales o la echarán por completo...».
Ajena a las
especulaciones de los sirvientes sobre su relación con Rothbart, Anna solo se
apresuraba para mantenerle el ritmo. Rothbart no se molestaba en adaptar su
zancada mientras caminaba al frente, y aquellos que habían afirmado que el
marqués favorecía a Anna sonrieron amargamente y sacudieron la cabeza, diciendo
que debieron de haber exagerado.
Los pasos de
Rothbart los llevaron al bien cuidado jardín detrás de la mansión. El
jardinero, divisando la aproximación de Rothbart desde lejos, se inclinó
rápidamente hasta el suelo. Rothbart miró de reojo los rosales que trepaban por
la columna de la entrada y le habló con naturalidad al jardinero, de quien solo
alcanzaba a verse la cabeza agachada.
—El jardín
está en buenas condiciones.
—Sí, sí. He
seguido fielmente sus instrucciones, mi señor. Siempre estoy vigilante. Este
año en especial, las rosas están floreciendo hermosas.
—Caminaré por
el jardín. Llámame cuando el almuerzo esté listo.
—Sí. No tiene
de qué preocuparse.
Abrumado por
el hecho de que el marqués se hubiera dirigido a él, el jardinero se inclinó
por la cintura repetidamente, con el rostro encendido de rojo. Recibió las
arrogantes palabras de Rothbart como si fueran una bendición sagrada.
No teniendo
más asuntos con él, Rothbart pasó de largo al jardinero y entró al jardín.
Anna siguió a
Rothbart, mirando a su alrededor. El aire estaba cargado con la fragancia de
las flores en brote, la tierra húmeda y la hierba fresca. La luz solar de la
mañana, que aún no alcanzaba su punto máximo, bañaba el jardín con esplendor,
haciéndolo lucir como una pintura.
Anna pensó
que habían venido simplemente a dar un paseo, pero Rothbart examinaba las
flores con más detenimiento de lo esperado. Revisaba el estado de las hojas, si
los pétalos estaban tupidos... Anna, que jamás se había imaginado que a él le
gustaran las flores, quedó un poco desconcertada.
A Anna
también le gustaban las flores. No le había quedado más remedio que gustarle.
Después de que su padre falleció, las flores eran lo único que podía ofrecerle.
Elegir ramos para decorar su columbario era la única expresión de amor que
podía demostrarle.
Y ahora, el
regalo que podía ofrecerle a su madre era el mismo.
Pensar en sus
padres oscureció el rostro de Anna. Ella era la única que podía visitar sus
columbarios. Podrían estar bien mantenidos, pero... quería regresar rápido.
—Svanhild me
pidió que te convirtiera en su madre.
Anna, que no
esperaba que él hablara, repitió por reflejo ante las repentinas palabras:
—¿Perdone?
—A mi hijo
parece gustarle tu compañía. No es un niño que suela encariñarse con otros.
Rothbart
continuó sin detenerse. La forma en que su mano rozaba suavemente los pétalos
de las flores era extrañamente sensual. Lanzando una mirada de reojo a Anna,
que mantenía su distancia, sus ojos se curvaron, ya húmedos de deseo.
Por instinto,
Anna vaciló y dio un paso atrás. Rothbart, que un instante antes admiraba las
flores, giró el cuerpo y comenzó a caminar hacia ella. Con los arbustos de
rosas detrás de ella bloqueando el camino, Anna no tenía a dónde huir, y a
Rothbart no le costó ningún esfuerzo arrastrarla hacia sus brazos.
—Bueno. Dado
que incluso mi miembro hace una excepción contigo, supongo que no es tan
extraño.
Al ver la
protuberancia que se elevaba en la parte delantera de sus pantalones, el rostro
de Anna se volvió mortalmente pálido.

0 Comentarios