La tumba de los cisnes - Capítulo 23

Capítulo 23

 

En aquel entonces, él creía sin lugar a dudas que jamás se arrepentiría. Se había concentrado únicamente en encontrar una manera de traer a Ianna de vuelta a su lado.

Pero ahora que la joven estaba ante sus ojos, sentía que podía volverse loco de remordimiento por lo que había dejado escapar. Aunque sabía de sobra que conformarse con el presente era lo mejor que podía hacer, no lograba tolerar el sentimiento de privación.

La presencia de Sehyun solo provocaba aún más el complejo de inferioridad de Rothbart. No había forma de que Rothbart se quedara de brazos cruzados observándolo de esa manera.

Las comisuras de los labios de Rothbart se elevaron. Una sonrisa se extendió por su rostro, una que infundió en Anna una inquietud insoportable.

**********

El hecho de que Anna se convirtiera en la sirvienta personal del marqués había puesto la mansión patas arriba, pero aun así pasó bastante tiempo antes de que la noticia llegara a oídos de Rose, quien no mantenía buenas relaciones con las demás sirvientas. Cuando Rose finalmente se enteró, se quedó estupefacta.

«¿La sirvienta personal del marqués?».

Durante todos los años que lo había servido, jamás había existido semejante puesto. Desde el principio, él no era un hombre que necesitara las atenciones de nadie.

Que la hubieran obligado a apartarse del experimento ya era lo bastante extraño, pero eso estaba lejos de ser la única anomalía. Rose se mordió el labio inferior con nerviosismo.

Entonces, de repente, un pensamiento espantoso la asaltó.

«A menos que... ¿el señor haya encontrado un reemplazo para mí?».

Hasta ahora, Rose pensaba que el marqués había convocado a otro mago tenebroso para ocupar su lugar. Pero eso había sido un error. Si fuera a venir otro mago tenebroso, él no habría suspendido el experimento. Significaba que el experimento para invocar a la marquesa realmente había llegado a su fin.

«Si lo que el señor encontró fue un reemplazo para la marquesa...».

La idea de que Rothbart pudiera renunciar a la marquesa jamás se le había cruzado por la mente. El pensamiento mismo era inimaginable. El cuerpo de Rose tembló, cubriéndose de piel de gallina.

—¡Imposible!

Un grito agudo escapó de sus labios. Rose sacudió la cabeza violentamente. Su cabello dorado, como miel hilada, se agitó en desorden.

«¡No puede ser! ¿Cómo pudo él... después de todo lo que le he dedicado? Me conformaba incluso con no ser más que una herramienta. Con solo estar a su lado era suficiente... ¿Pero ahora mantendría cerca a una mujer que acaba de conocer, que no ha hecho absolutamente nada? ¿Simplemente porque es del Continente Oriental?».

A pesar de su negativa a creerlo, las circunstancias eran innegables.

El lugar que ocupaba Anna debería haber sido, por derecho, de Rose. Rose no tenía intenciones de quedarse sentada sin hacer nada. No quería compartir a Rothbart con nadie, y la única a la que podía aceptar era a la marquesa. De una forma u otra, tenía que hacer algo.

—... Debo ponerme en contacto con él. Él sabrá cómo resolver esto —murmuró Rose entre dientes.

Sus ojos verdes centellearon de forma ominosa, como un bosque antes de la tormenta.

**********

La rutina diaria de Rothbart era bastante regular. Tras un desayuno sencillo por la mañana, se encargaba de los asuntos urgentes y luego tomaba a Anna. Pero hoy fue diferente. Al terminar sus labores, en lugar de recostar a Anna sobre el escritorio, se levantó de su asiento.

Anna, aturdida y sin saber qué hacer, observó cómo Rothbart se ponía el abrigo, tomaba su bastón y decía:

—El clima es agradable. Daremos un paseo. Ven conmigo.

—Sí.

Un acto pacífico como pasear no encajaba con un hombre como Rothbart. Aun así, la idea de que tal vez hoy se saltaría el sexo le dio a Anna una pequeña sensación de alivio. Había sido unida a él tan a menudo que sentía la zona entre sus piernas en carne viva.

«Si tan solo pudiera quedar embarazada rápido».

Sin embargo, desde que había caído en este mundo, su ciclo menstrual se había vuelto irregular debido al estrés extremo. En tal condición, concebir un hijo no sería fácil. Un suspiro escapó de los labios resecos de Anna.

Rothbart avanzó a grandes zancadas y sin vacilar, dirigiéndose hacia el jardín. Al salir de la habitación, los sirvientes, sobresaltados, inclinaron la cabeza apresuradamente.

Anna lo siguió un paso por detrás. Ella también vio a la gente inclinarse ante él. Sintiéndose incómoda sin motivo, Anna endureció su expresión y aceleró el paso.

Los sirvientes, con la cabeza baja, lanzaban miradas furtivas a Rothbart y a Anna. Era la primera vez que veían a los dos juntos.

Desde que se convirtió en la sirvienta personal del marqués, Anna había pasado todas sus horas de trabajo encerrada en los aposentos de él. Debido a que lo que hacía exactamente allí, y el cómo la trataba el marqués, permanecía envuelto en el misterio, los rumores se propagaban con desenfreno.

Ni siquiera el motivo por el cual el marqués la había nombrado su sirvienta personal había salido a la luz. Como los dos no tenían ningún punto de contacto previo, la gente cotilleaba sin cesar.

«Anna se convertirá en la segunda marquesa. No, solo es un capricho pasajero del señor. Si realmente fuera a convertirse en la segunda marquesa, ¿no le habría cambiado al menos de habitación primero? Todavía duerme en el ala del ático con las demás sirvientas. Ya verán. Dentro de poco, la enviarán de vuelta a sus tareas originales o la echarán por completo...».

Ajena a las especulaciones de los sirvientes sobre su relación con Rothbart, Anna solo se apresuraba para mantenerle el ritmo. Rothbart no se molestaba en adaptar su zancada mientras caminaba al frente, y aquellos que habían afirmado que el marqués favorecía a Anna sonrieron amargamente y sacudieron la cabeza, diciendo que debieron de haber exagerado.

Los pasos de Rothbart los llevaron al bien cuidado jardín detrás de la mansión. El jardinero, divisando la aproximación de Rothbart desde lejos, se inclinó rápidamente hasta el suelo. Rothbart miró de reojo los rosales que trepaban por la columna de la entrada y le habló con naturalidad al jardinero, de quien solo alcanzaba a verse la cabeza agachada.

—El jardín está en buenas condiciones.

—Sí, sí. He seguido fielmente sus instrucciones, mi señor. Siempre estoy vigilante. Este año en especial, las rosas están floreciendo hermosas.

—Caminaré por el jardín. Llámame cuando el almuerzo esté listo.

—Sí. No tiene de qué preocuparse.

Abrumado por el hecho de que el marqués se hubiera dirigido a él, el jardinero se inclinó por la cintura repetidamente, con el rostro encendido de rojo. Recibió las arrogantes palabras de Rothbart como si fueran una bendición sagrada.

No teniendo más asuntos con él, Rothbart pasó de largo al jardinero y entró al jardín.

Anna siguió a Rothbart, mirando a su alrededor. El aire estaba cargado con la fragancia de las flores en brote, la tierra húmeda y la hierba fresca. La luz solar de la mañana, que aún no alcanzaba su punto máximo, bañaba el jardín con esplendor, haciéndolo lucir como una pintura.

Anna pensó que habían venido simplemente a dar un paseo, pero Rothbart examinaba las flores con más detenimiento de lo esperado. Revisaba el estado de las hojas, si los pétalos estaban tupidos... Anna, que jamás se había imaginado que a él le gustaran las flores, quedó un poco desconcertada.

A Anna también le gustaban las flores. No le había quedado más remedio que gustarle. Después de que su padre falleció, las flores eran lo único que podía ofrecerle. Elegir ramos para decorar su columbario era la única expresión de amor que podía demostrarle.

Y ahora, el regalo que podía ofrecerle a su madre era el mismo.

Pensar en sus padres oscureció el rostro de Anna. Ella era la única que podía visitar sus columbarios. Podrían estar bien mantenidos, pero... quería regresar rápido.

—Svanhild me pidió que te convirtiera en su madre.

Anna, que no esperaba que él hablara, repitió por reflejo ante las repentinas palabras:

—¿Perdone?

—A mi hijo parece gustarle tu compañía. No es un niño que suela encariñarse con otros.

Rothbart continuó sin detenerse. La forma en que su mano rozaba suavemente los pétalos de las flores era extrañamente sensual. Lanzando una mirada de reojo a Anna, que mantenía su distancia, sus ojos se curvaron, ya húmedos de deseo.

Por instinto, Anna vaciló y dio un paso atrás. Rothbart, que un instante antes admiraba las flores, giró el cuerpo y comenzó a caminar hacia ella. Con los arbustos de rosas detrás de ella bloqueando el camino, Anna no tenía a dónde huir, y a Rothbart no le costó ningún esfuerzo arrastrarla hacia sus brazos.

—Bueno. Dado que incluso mi miembro hace una excepción contigo, supongo que no es tan extraño.

Al ver la protuberancia que se elevaba en la parte delantera de sus pantalones, el rostro de Anna se volvió mortalmente pálido.

Publicar un comentario

0 Comentarios