Una
mujer que se asemeja a una flor silvestre con el tallo roto.
Para
cualquiera que escuchara, aquella podría parecer una petición increíblemente
modesta. Después de todo, mostrar preocupación por alguien enfermo, aunque
fuera solo por cortesía, era una tarea sencilla. Pero para Freesia, incluso
esos pequeños actos de amabilidad constituían un lujo. Era un lujo tan
abrumador como las joyas de la casa ducal: costoso e inalcanzable.
«Pero en
esta vida...».
Si lograba
prevenir los incidentes que estaban por venir, si evitaba los errores
insensatos… ¿No sería posible que su relación con Izar progresara hasta ese
punto?
Cuando
Freesia terminó de hablar, la habitación quedó sumida en el silencio. Justo en
ese momento, la luna se ocultó tras las nubes, dejando el rostro de Izar en las
sombras. Solo sus afilados ojos dorados centelleaban en la oscuridad, siendo el
único destello de color en la penumbra.
Cautivada,
como si contemplara estrellas en llamas, Freesia se preguntó: «¿Qué estará
pensando ahora?».
In su vida
pasada, él se había marchado enfurecido. Pero esta vez, ¿habría quizás un
atisbo de piedad hacia ella?
Sin embargo,
lo que siguió fue una risa seca que brotó de la garganta de su esposo.
—Jajaja. De
verdad… hay un límite para tomar a alguien por idiota.
—...
La luz de
esperanza en los ojos verdes de ella se apagó.
«Como
esperaba. No me va a creer de inmediato».
Intentó
aparentar que estaba bien, pero la ilusión que había parpadeado brevemente hizo
que el corazón le doliera aún más.
No obstante,
justo cuando ella bajaba la mirada, una mano grande se extendió de repente.
—¡...!
Freesia se
sobresaltó, pensando que tal vez le daría una bofetada. En su vida pasada, Izar
jamás la había golpeado. Indiferencia, fastidio y decepción, sí, pero nunca
violencia física. «¿Acaso esta vez será diferente?».
Sin embargo,
la mano de él se posó en su barbilla. Era la mano propia de un espadachín:
ardiente y áspera. Cuando sus dedos rozaron la suave piel debajo de su mentón,
Freesia entreabrió los labios involuntariamente.
—Ah…
Los dedos de
él se movieron más allá de su barbilla, tocando ligeramente su cuello, lo que
provocó un vuelco en el estómago de ella. ¿Por qué venía a su memoria la única
noche que habían compartido?
«Él
también me había levantado la barbilla de esta manera aquella vez…».
Esa noche de
deber conyugal se llevó a cabo en la penumbra, sin una sola palabra de amor. Su
«esposo», detestando que lo obligaran a hacer cualquier cosa, aborrecía incluso
mirarla a ella, «el símbolo de su opresión». Pero al principio, él sí le había
levantado la barbilla, clavando la mirada en sus ojos como si intentara
asimilar el castigo que debía soportar.
Al recordar
los momentos que siguieron, Freesia se sonrojó con torpeza. Y, de repente,
reparó en la ropa de ambos. Los dos se acababan de bañar; su piel aún estaba
húmeda y templada. La camisa de lino de Izar, atada al frente, estaba
ligeramente abierta, revelando un atisbo de su pecho esculpido. No podía ver
con claridad en la oscuridad, pero recordaba vívidamente cuán sólido y
abrumador era el cuerpo desnudo de su «esposo».
Tragando
saliva, Freesia se aferró a su camisón con más fuerza. «¿O debería estar
desatándolo en su lugar?». Su boca se secaba cada vez más debido a la
tensión.
Dondequiera
que se posaba la mirada dorada de él, escocía como si quemara. ¿Podría ser esta
la consumación adecuada de su noche de bodas?
Pero antes de
que el temor y la esperanza pudieran crecer más, Izar habló con un tono cínico:
—...Escucha
bien, pastorcilla.
—Sí.
—Odio a los
hipócritas más que a nada en este mundo.
—...
La emoción
que había brotado en su interior se enfrió rápidamente. En esta habitación, en
este preciso instante, él la acusaba sutilmente de ser una hipócrita.
—No esperaré
nada de ti, ni te trataré como a una verdadera esposa.
—Sí.
—Porque
sigues siendo el ser más insignificante en Arcturus.
—...
Pum.
Antes de que
Freesia pudiera asimilar sus palabras, Izar se levantó abruptamente y abandonó
la cámara nupcial a pasos agigantados. Sacudió la cabeza como si sintiera
repulsión y cerró la puerta tras de sí. Escuchando cómo se alejaban sus pasos,
Freesia finalmente suspiró:
—Haah. Así
que esta vez también…
Parecía que
no habría consumación del matrimonio.
Freesia
intentó calmar la amargura que surgía en su interior. «Al menos no azotó la
puerta esta vez». Durante la boda anterior, aquello había parecido un
terremoto. Comparado con eso, el que Izar se marchara de una manera tan
contenida y formal era un progreso significativo. Reducir las expectativas
permitía valorar y mantener la esperanza en cada pequeño detalle.
—Aún está
bien.
Esto era
apenas el comienzo.
Freesia sacó
el collar de botones que llevaba oculto en su camisón y murmuró para sí misma.
Las partes talladas estaban desgastadas de tanto juguetear con él desde que
tenía quince años. Una sonrisa irónica apareció en su rostro ante el aspecto
tan deslucido de la pieza.
—Realmente se
ve deteriorado ahora.
Con razón su
«esposo» no lo había reconocido antes. ...De hecho, en su vida pasada, ella lo
llevaba puesto con la esperanza de que eso lo ablandara un poco. Pero en el
instante en que Izar lo vio, su rostro se contorsionó con desprecio.
—¿Qué haces
con esa baratija mugrienta?
—Ah, esto...
Es…
—¿Acaso no te
importa lo que piensen los demás? Te comportas como una duquesa sin modales ni
vergüenza.
Tras ser
reprendida por su «esposo», Freesia ocultó el collar de botones en su joyero.
Más allá del dolor en el pecho, sus labios se curvaron ligeramente ahora con
indignación.
—¿Por qué me
salvaste entonces?
¿Había sido
simplemente porque no quería ver un cadáver hinchado flotando en el lago? Los
habitantes de las tierras alababan a Izar como a un buen señor. Decían que
cuidaba de su feudo mejor que otros. Freesia era muy consciente de que el haber
sido salvada formaba parte de esa benevolencia. Una gracia en la que el
benefactor no piensa nada, pero que cambia por completo la vida de quien la
recibe.
«Pero al
menos podrías haber evitado que me enamorara de ti a la mañana siguiente».
Murmuró sus
quejas silenciosas para sus adentros, cuando de pronto la asaltó un
presentimiento inquietante. «Si ve esto ahora, podría decirme que lo tire a
la basura». Por un tiempo, tendría que ser cuidadosa de no dejar que Izar
lo viera. Pero entonces le vino un pensamiento a la mente.
—¿Qué habrá
pasado con él después de que morí?
Con
seguridad, alguien debió de haberlo notado al clasificar sus pertenencias.

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