—Vivi,
querida. Pásame ese hilo, ¿quieres?
La marquesa
Baldwin llamó a Vivianne, quien estaba sentada frente a ella mientras trabajaba
en su bordado. Perdida en sus pensamientos, Vivianne no respondió, con el
rostro sumido en una profunda contemplación.
—¿Vivi?
—...
—¡Vivi!
—¿Sí? ¿Me
llamó?
—¿Por dónde
anda divagando tu mente?
—Lo siento.
Desde el
alboroto de aquella noche, Vivianne había estado notablemente distraída.
Usualmente parlanchina y animada, últimamente se había vuelto más silenciosa.
La marquesa
soltó un suave suspiro y preguntó con delicadeza:
—¿Acaso
estás... pensando en ese hombre?
—¿A quién se
refiere?
—A ese sujeto
que te abrazó a la fuerza esa noche.
—¿El duque
Larson?
—Sí.
Vivianne
vaciló antes de responder, claramente insegura de si debía decir lo que
pensaba.
—Si soy
honesta con usted, no me va a regañar, ¿verdad?
—Por supuesto
que no. De hecho, mentir y ser descubierta sería mucho más peligroso, ¿no
crees?
—... Él no
deja de venirme a la mente.
Vivianne bajó
las pestañas con timidez, pareciendo un tanto avergonzada por su confesión.
—No deberías
preocuparte por él. Parece un hombre de mal carácter.
—¿Cómo lo
sabe, mi señora? ¿Acaso era cercana a él antes?
—¿Acaso
necesito haber sido cercana a él para saberlo? Hay cosas que saltan a la vista
desde el primer momento.
Cuando la
marquesa respondió de forma tan categórica, Vivianne solo sintió más curiosidad
en lugar de quedar satisfecha.
—A mi edad,
querida, tras cruzarte con incontables personas a lo largo de la vida,
desarrollas de forma natural un ojo clínico para el carácter.
—Ya veo. Pero
¿por qué sigo pensando en este hombre de mal carácter?
—Te dije que
lo olvidaras.
A pesar de la
instrucción de olvidarlo, la expresión de Vivianne permaneció atribulada.
—Él parecía
conocerme... Tengo curiosidad sobre lo que me pasó antes.
—Saberlo todo
no siempre es la respuesta. A veces, tras descubrir la verdad, podrías desear
no haberla sabido jamás. Después de todo, casi te ahogas y estuviste a punto de
morir.
—Eso es
verdad —reconoció Vivianne de inmediato—. Pero lo que me interesa más que el
duque es descubrir qué tipo de vida llevaba antes.
—¿Querrías
saberlo incluso si esos recuerdos son tristes o dolorosos?
—Sí. Esas
experiencias siguen siendo parte de lo que soy. Ya sean felices y alegres o
tristes y dolorosas, todo eso soy yo. No sé qué fue lo que pasó, pero no quiero
odiar ni borrar a mi yo del pasado. Si incluso yo abandono a esa persona, ¿no
sería eso demasiado cruel?
Había tanto
que compadecer en esta chica. Si tan solo pudiera simplemente olvidar y seguir
adelante. Mientras más escuchaba la marquesa, más pesado sentía el corazón.
Al percibir
esto, Vivianne se quedó en silencio, pero sus sentimientos honestos ya habían
sido expresados. La marquesa quería escuchar más.
—Está bien.
Habla con libertad.
—Quiero
elogiarme a mí misma por haber soportado lo que sea que haya pasado, decirme
que lo hice bien. Enterrar todo para siempre y nunca saber quién soy realmente
sería demasiado triste.
No quería
dejar el pasado enterrado. Y sin embargo, la marquesa ni siquiera le había
dicho toda la verdad. ¿Cómo podría hablarle a esta pobre niña sobre su aborto
espontáneo cuando deseaba con tanta desesperación conocer su pasado? Las
palabras simplemente no salían.
Lo que fuera
que hubiese pasado con el duque Larson era probablemente peor que eso, no
mejor.
—Dijo que me
extrañaba. Debe de haber estado buscándome durante mucho tiempo.
—Debe haber
habido una buena razón para su separación.
—Tiene razón.
Yo tampoco quiero volver con él. Ni siquiera sé qué pasó entre nosotros.
—¿Entonces?
—Es solo
que... pude verlo en sus ojos. Cuánto debe de haber sufrido todo este tiempo.
Así que, si tengo la oportunidad, me gustaría escuchar su historia.
Sus ojos eran
suplicantes. La marquesa dejó a un lado su aguja de bordar y se quitó los
anteojos. Las palabras temerarias de Vivianne hacían que le resultara imposible
concentrarse en su labor.
—Vivi,
querida.
—¿Sí?
—¿Leíste la
historia de la caja de Pandora en el libro que te di?
—Sí, la leí.
—Entonces
sabes que ella no debió abrir la caja.
—Pandora
probablemente también lo sabía intelectualmente. Pero su curiosidad hizo que
abrirla fuera inevitable. Aun así... algo quedó en el fondo de la caja al
final, ¿no es así?
—¿Qué fue
eso?
—La
esperanza. Tal vez Pandora abrió la caja buscando precisamente eso.
*******
—Hiciste esto
a propósito, ¿verdad?
Angela Grieam
irrumpió en el dormitorio de Vivianne, exigiendo respuestas con una expresión
furiosa. Su rostro estaba enrojecido y amoratado por la rabia, y un fuerte olor
a vino emanaba de su cuerpo.
—¿De qué
estás hablando, Angela?
—¡Te
presentaste ante el duque Larson en camisón! ¿Pensaste que no me daría cuenta
de que intentabas mejorar tu fortuna con semejante artimaña?
Era
comprensible que estuviera alterada tras ver al hombre que admiraba abrazando a
otra persona, pero estaba malinterpretando la situación por completo.
—No fue
intencional. Tenía mi chal bien envuelto. Solo salí un momento porque dejé caer
por la ventana el pasador que me diste...
—¡Deja de
poner excusas! ¡No quiero escucharlo!
Vivianne
intentó explicarle con desesperación, pero Angela no mostró el menor interés en
escuchar.
—Ahora lo veo
claro. Aferrarte a la nobleza como una mendiga es tu especialidad.
—¿Una
mendiga?
—Sí, ¿acaso
dije algo incorrecto?
Cuando
Vivianne repitió la palabra con sorpresa, las venas del cuello de Angela se
hincharon de rabia.
—¿No te bastó
con encantar a una vieja? Jugué a ser amable contigo por pura lástima y te di
ropa como si fuera caridad. ¡Sí, incluso te di ese pasador! En lugar de mostrar
gratitud, ¿vas tras mi hombre?
—Nunca fui
tras él. Parecía perdido, así que intenté ayudarlo, pero de repente él...
—Oh, ¿así que
no ibas tras él, pero estabas lista para abrirte de piernas en el jardín?
—¿Qué?
Antes de que
Vivianne pudiera siquiera comprender a qué se refería con abrirse de piernas,
Angela le lanzó un insulto.
—¡Mujer
mugrienta!
Esto se
sentía injusto. Que la llamaran mugrienta de la nada. Al no entender del todo
el significado de Angela, Vivianne se olfateó a sí misma, preguntándose si de
alguna manera olía mal. Lejos de estar sucia, solo emitía un delicado aroma
floral. En todo caso, el olor a alcohol que causaba dolor de cabeza provenía de
Angela.
—¡No estoy
sucia! ¡Me bañé y huelo bien!
—¡Oh, claro,
te bañaste! ¡Hueles bien! ¡Porque necesitas revolcarte desnuda con hombres!
¡Estoy harta de forzarme a hablar con alguien tan estúpida como tú!
Esta era
precisamente la razón por la que Angela había evitado que Vivianne asistiera a
la cena de gala. Angela creía que ella debía ser el centro de atención y no
quería que Vivianne desviara ninguna mirada. Había inventado toda clase de
excusas para mantener a Vivianne alejada, sin imaginar jamás que Vivianne
deambularía vestida de forma inapropiada y captaría la atención del duque
Larson.
Lo evidente
de las intenciones de Vivianne le revolvía el estómago a Angela, a pesar de la
fingida inocencia de la otra.
—No lo hice a
propósito. No recuerdo nada... Él ya sabía mi nombre. Esperaba que las cosas
funcionaran entre ustedes dos. De verdad.
Vivianne
estaba igual de confundida con la situación. Ser insultada de repente por
Angela se sentía un tanto injusto. Aunque no fue intencional, comprendía por
qué Angela estaba alterada y se sentía apenada por cómo habían resultado las
cosas. Hizo todo lo posible por defenderse y explicar las circunstancias, pero,
por desgracia, Angela parecía sorda a sus explicaciones.
—También te
acostaste con ese guardia, ¿no es así? Vi con mis propios ojos cómo ambos
entraron a tu dormitorio esa noche y salieron mucho más tarde.
—Theo y yo no
somos así. —No me mientas. Se veían muy bien juntos. Revuélcate con alguien de
tu nivel. ¡No vayas tras hombres que jamás podrás tener solo porque tienes un
cuerpo bonito!
—Nosotros no
nos revolcamos...
—¡Todavía lo
niegas!
¡Zas!
La mano de Angela voló por el aire y la visión de Vivianne se volvió negra por
un instante.
La mejilla
abofeteada le dolió agudamente. Cuando Angela levantó la mano para golpear de
nuevo, el barón Grieam apareció de repente y la sujetó de la muñeca.
—¿Qué crees
que estás haciendo? ¡Detén esto de inmediato!
—Suéltame,
padre. ¡Ella intentó humillarme deliberadamente...!
¡Zas!
Con el sonido de otra bofetada, esta vez el rostro de Angela giró hacia un
lado.
—Padre, ¿cómo
pudiste...? Agh... cómo pudiste...
Las lágrimas
corrieron por el rostro de Angela mientras miraba a su padre conmocionada.
Ignorándola, el barón Grieam se ocupó de revisar si Vivianne estaba herida.
—Te pido
disculpas, Vivianne. Déjame disculparme en nombre de Angela. ¿Te duele en
alguna parte?
Examinó la
mejilla enrojecida de Vivianne sin la menor preocupación por su propia hija. Su
principio era claro: pasara lo que pasara, la valiosa mercancía debía
permanecer impecable.
*******
Las
sirvientas convocadas por el barón Grieam escoltaron a Vivianne a una
habitación desconocida. En el interior, se habían preparado vestidos elaborados
y joyas decorativas.
Rodeada de
sirvientas antes de saber qué estaba ocurriendo, Vivianne fue vestida con un
elegante vestido de gala, le aplicaron maquillaje y le colocaron un collar de
perlas. Los zapatos fueron lo que más le gustó, combinando a la perfección con
su preferencia por los lazos. Pero ¿estaba bien disfrutar de esto? ¿Por qué la
estaban arreglando de repente?
Cuando les
preguntó a las sirvientas, ellas solo repitieron que estaban siguiendo órdenes,
sin ofrecer ninguna explicación.
—Alguien
desea conocerla, señorita Vivianne.
—¿A mí?
—Sí. Por
favor, sígame.
Incluso
Francis, el mayordomo, se había vuelto respetuoso de repente. Vivianne se
sentía desconcertada por el abrupto cambio de circunstancias. Antes de darse
cuenta, habían cruzado el jardín y llegado a un carruaje. Vivianne vaciló con
una expresión de preocupación.
—Este... ¿el
visitante no ha venido a la mansión?
—Debe subir
al carruaje.
—Me dijeron
que llamara a Theo cada vez que saliera. Y necesito el permiso de la marquesa
también.
—El barón ha
dado su permiso, así que está bien. Por favor, entre.
Aunque su
tono era cortés, Francis prácticamente la empujó dentro del carruaje.
«¿Qué debo
hacer? ¿De verdad está bien esto?».
Aunque el
barón aparentemente había dado su permiso, ella apenas había cruzado palabra
con él antes. De repente, se encontró sola en el carruaje. Nadie le dijo a
dónde se dirigían. Vivianne miraba con ansiedad por la ventana continuamente.
El viaje no
fue tan largo como esperaba. El carruaje se detuvo ante una mansión
desconocida.
«¿Dónde es
este lugar?».
Mientras
miraba a su alrededor con nerviosismo, la puerta del carruaje se abrió para
revelar un rostro inesperado. Vivianne se quedó mirando fijamente la mano que
le extendían. El hombre sonrió levemente y tomó su mano con confianza.
En el momento
en que sus miradas se encontraron, él levantó la mano de ella y presionó
brevemente sus labios contra esta. Sobresaltada, los ojos de Vivianne se
agrandaron por la sorpresa.
—Bienvenida,
Vivi.

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