07. Visita
Olivia se
quedó mirando a la mujer que entraba, recibida por todos con honores.
Era una mujer
hermosa de cabello rubio oscuro. Ahora que lo pensaba, era la misma mujer del
vestido verde que sonreía a su lado en el último banquete del Palacio Imperial.
¿Cómo no se había dado cuenta? Olivia se recriminó su propia estupidez.
—Muchas
gracias por una hospitalidad tan profunda, Excelencia.
Olivia
observó a León, quien pasó de largo a su lado para acercarse a la mujer.
Mientras León besaba su mano, ella sonrió ante ese gesto tan cortés.
Qué mujer tan
hermosa. Y su atuendo era más sofisticado que el de cualquier otra persona: un
vestido color limón y pendientes de perlas doradas. Su brillante cabello rubio
era como la luz del sol; resultaba deslumbrante.
La mujer echó
un vistazo a su alrededor, encontró a Olivia y le sonrió.
—¡Cielos! Es
un placer conocerte.
—El placer es
mío.
Ante el
saludo de Olivia, ella sonrió aún más.
—Eres Olivia
Claudel, ¿verdad?
—Sí.
—Yo soy
Henrietta Grande. Mi padre es Dolace Grande, el Duque.
Olivia no se
sorprendió demasiado al escuchar su título de "Princesa", pero se
sintió intimidada por la majestuosidad de Henrietta.
—Dejemos los
saludos y entremos.
León le
tendió la mano y Henrietta colocó la suya sobre ella. A diferencia de Olivia,
que siempre dudaba, ella se movía con naturalidad.
Las criadas
siguieron a Henrietta al unísono. Siempre habían fingido cuando estaban con
Olivia, pero parecía que pensaban que debían causar una buena impresión a la
futura Duquesa, Henrietta. Aunque era de esperar, el sabor de boca fue amargo.
Era temprano
para la cena, así que tomaron el té con un refrigerio ligero. Olivia intentó
usar algunas excusas para retirarse, pero Henrietta dijo que le resultaba
difícil estar en un lugar sin otra mujer más que ella, y le pidió a Olivia que
la acompañara un poco más. Además, León también la estaba observando, así que
no pudo decir que quería irse para no mostrarle su mezquindad.
Henrietta,
vista mientras bebía el té, era bastante alegre. Con gran habilidad, entablaba
conversación sin frustrarse ante un León que no respondía activamente a su
charla. Al verla, Olivia pensó que la sonrisa de Henrietta era igual al oro.
—Me hizo muy
feliz saber que el Duque de Deorc era mi prometido. No sé cómo mi padre pudo
ocultarlo todo este tiempo.
El tema de
hoy era su compromiso...
Olivia tomó
en silencio una magdalena de vainilla y la masticó durante un buen rato.
—Yo tampoco
lo sabía.
—Más tarde,
cuando el Duque regresó y me dijeron que mi prometido era él, no te imaginas lo
feliz que me puse... Comprendí de inmediato por qué mi padre no había dicho
nada sobre mi acuerdo matrimonial.
Mientras
Henrietta sonreía como una flor al decir eso, León bebía su té sin decir una
palabra. Luego, tras pedirle a la criada que trajera más magdalenas, miró a
Henrietta y dijo:
—Fue porque
mi padre y el Duque Grande tenían una relación muy especial.
—Es cierto.
Aunque cada vez que te veía de niña, nunca me atreví a imaginarlo.
—Lo mismo me
pasó a mí.
Parecía que
los dos ya se conocían desde pequeños. Olivia bebió su té en silencio.
—Oh, Kevin.
¿Cómo está el hermano Kevin?
—Actualmente
se encuentra en una inspección.
—Su Majestad
parece considerarlo alguien muy confiable.
—Tras su
ascenso al trono, Su Majestad se esfuerza por mantener a la gente talentosa
cerca de él.
—Vaya,
escuché a mi padre decir que es difícil comprender las intenciones de Su
Majestad el Emperador. Si un Emperador así aprecia al hermano Kevin, ¿sabes qué
estándares aplica?
—No hay
estándares específicos. Al haber gestionado bien este Ducado durante mi
ausencia, Su Majestad debió de valorarlo.
—Ajá.
—Obviamente,
habrá sido porque confío en él.
Olivia cerró
los ojos con dolor ante esas palabras. Lo sabía, pero al escucharlo de boca de León,
se sintió aún más amargada. León confiaba en Kevin como en su hermano mayor.
Como hermanos.
—Es bueno que
los hermanos confíen el uno en el otro.
En ese
momento, los ojos azules de Henrietta brillaron de forma significativa. Cuando
Olivia la miró en respuesta a esa reacción tan extraña, Henrietta ocultó sus
verdaderas intenciones con una sonrisa burlona. ¿Acaso Olivia estaba siendo
demasiado sensible? Volvió a masticar la magdalena.
—Oh. Señorita
Claudel.
Entonces, la
mirada de Henrietta se dirigió a ella.
—¿Tiene la
señorita Claudel algún prometido designado?
—No, no lo
tengo.
—Oye, no lo
guardes en secreto, cuéntame. ¿Con quién decidiste casarte? ¿Con Kevin?
—….
Henrietta
inclinó la cabeza y preguntó mientras Olivia mantenía el silencio apretando el
dobladillo de su falda.
—Entonces,
¿vas a quedarte aquí sin casarte? ¿La señorita Claudel tiene veintiún años, por
lo que sé? Creo que ya has pasado tu edad de contraer matrimonio...
Olivia se dio
cuenta de lo que Henrietta intentaba decir. "¿Vas a vivir aquí sin salir
hasta que seas vieja?", era lo que realmente preguntaba. Sin embargo, no
tenía nada que decir, así que solo pudo apretar su falda con más fuerza.
—He estado
pensando en el matrimonio de la señorita Claudel.
Al oír esa
voz, Olivia abrió mucho los ojos y miró a León. ¿Él había pensado en su
matrimonio?
León la miró
y sonrió. Ella sabía perfectamente que esa sonrisa era falsa.
—Cielos, ¿con
qué familia se supone que va a casar? Siendo una belleza como la señorita
Claudel y con esa personalidad tan tranquila, debe de tratarse de una buena
familia, ¿verdad?
—Será dentro
de la familia.
—Vaya,
entonces yo también seré miembro de esa familia dentro de poco.
A pesar de la
insistencia de Henrietta, León solo sonrió. Tenía una expresión indescifrable
en el rostro. Pero, en esta situación, nadie estaba más frustrada que Olivia.
¿Había
decidido él casarla con alguien? ¿Él... de verdad lo hizo?
Era natural
que el jefe de la casa decidiera el matrimonio de un miembro de la familia. Sin
embargo, ¿no podía al menos haberlo discutido una vez con ella? Entonces, ¿por
qué le había preguntado en primer lugar si tenía a alguien con quien casarse?
Además, León
y ella habían unido sus cuerpos. ¿Cómo podía ser tan arrogante de decidir con
quién pasaría ella el resto de su vida compartiendo su lecho?
... ¿Acaso
era ella alguien que no significaba nada para él?
*******
Henrietta
dijo que no regresaría al Ducado de Grande y que le gustaría quedarse en la
mansión por unos días. Olivia quería que León se negara, pero él aceptó con
gusto.
Quedarse en
la casa del prometido incluso antes del matrimonio corría el riesgo de
convertirse en chisme, pero también era la prueba de que la boda estaba muy
cerca. Al darse cuenta de esto, Olivia dijo que se saltaría la cena con la
excusa de que no se sentía bien y se encerró en su habitación.
Al entrar,
reprimió sus ganas de llorar. Sabía que, si lo hacía, las criadas no tardarían
en contárselo a Henrietta. Olivia contuvo el aliento durante un rato intentando
controlar sus emociones, pero fracasó. Su amante la estaba entregando en
matrimonio, y ese mismo amante había elegido a otro hombre para ella.
¿Podía
sentirse más miserable...?
En ese
momento, llamaron a la puerta.
Cuando le
dijo a la persona que pasara, sin fuerzas, la puerta se abrió y entró León.
¿Por qué entraba este hombre en su habitación? ¿No debería estar cenando con
Henrietta? Mientras ella lo miraba con una mezcla de resentimiento y
desconcierto, él suspiró.
—¿Estás bien?
No había
forma de que no estuviera bien físicamente, ya que su enfermedad era fingida.
Lo único que no estaba bien era su mente. Olivia evitó la mirada de León,
ignorándolo. Él acercó una silla y se sentó a su lado.
—Bueno, si no
es que te duele el cuerpo, es que te sientes disgustada. Es comprensible.
Olivia sintió
como si le hubieran dado una estocada y levantó la cabeza sorprendida. León la
estudiaba con una expresión sutil. Ante esa mirada de observador, la ira de
ella empezó a arder lentamente.
¿Estaba
disgustada? ¿Él lo sabía? ¿Y aun sabiéndolo lo hizo? Por primera vez en su
vida, ella apretó los puños y habló.
—¿Ha decidido
ya mi matrimonio?
—….
—Por
supuesto, Su Excelencia se ha hecho cargo de mí, así que sé que tiene el
derecho de hacerlo. Sé que es rudo y desvergonzado de mi parte, pero habría
sido mejor si me hubiera hablado de esto primero.
A medida que
hablaba, su enfado crecía. La melancolía sin esperanza se transformó en rabia.
Tomó aire y continuó:
—Aun así.
Decirlo así, de repente... Tener que enterarme de mi propio matrimonio en ese
momento. Estoy segura de que a usted no le importaría, pero...
—No he
pensado en absoluto en tu matrimonio.
—Ese es mi
futuro... ¿Perdone? ¿No tiene nada planeado?
Cuando Olivia
abrió mucho los ojos y preguntó, León sonrió de lado y respondió:
—Mentí por
temor a que te metieras en problemas. De esa manera, no habrá preguntas
molestas. Si alguien te hace una pregunta similar en el futuro, responde así.
—Ah...
Ella frunció
los labios. En un instante, perdió el motivo para estar enfadada. Sin embargo,
la ira que ya estaba ardiendo no se disipó de inmediato.
—¡Entonces,
debería habérmelo dicho de antemano! ¡Como una idiota, yo...!
"¡Basta!
¡Deja de enojarte!". Su razón intentaba detenerla, pero hacía mucho tiempo
que no escuchaba una voz tan airada saliendo de su propia boca.
—La Princesa
Grande hizo una visita repentina hoy, no esperaba que hiciera tal pregunta y,
antes de que pudiera compartir mis pensamientos y tener una conversación al
respecto, nosotros... estuvimos un poco ocupados.
—¡….!
Olivia se
sonrojó al recordar el encuentro amoroso de ayer. Su ira, que había llegado al
límite, se transformó en vergüenza y desapareció por completo.

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