Cuando cayó
la noche, Agnes buscó la habitación de Ariel. No a través de la puerta, sino
por la ventana.
—¿A qué se
refiere con que tiene que volver?
A pesar de
ser un invitado no deseado, Agnes lanzó la pregunta de inmediato. Perchado en
el alféizar de la ventana, ya no lucía como un niño pequeño. Tenía la forma de
un hombre adulto de facciones fuertes y afiladas. Su voz también era grave y
profunda.
Ahora podía
usar la magia libremente, aunque no a su total capacidad original. Esto
significaba que «ese mes» estaba casi por terminar. Sus ojos negros miraron con
fiereza al dueño de la habitación, exigiendo una respuesta, pero Ariel no
pareció sorprendido y contestó sin siquiera mirarlo:
—¿Qué?
—Merrien.
La mano de
Ariel, que había estado organizando documentos en su escritorio sin ninguna
prisa, se detuvo en seco. Pronto, una voz ominosa rodeó los oídos de Agnes:
—Te dije que
no pronunciaras su nombre.
—¿A qué se
refiere con que tiene que volver?
Pero Agnes
fue persistente. Al resultarle frustrante la evasiva de Ariel, apoyó la cabeza
contra la ventana y se puso por completo cómodo.
—Ah...
La mano libre
de Ariel se presionó contra su sien. Estaba claro que, si no respondía, Agnes
no se marcharía y se quedaría a acampar en su habitación. Ariel colocó
ordenadamente todos los documentos en un cajón antes de apoyar la barbilla en
su mano. La mirada que dirigió a Agnes estaba llena de fastidio.
—Exactamente
lo que se escucha. Dice que cuando la barra de curación se llene, tiene que
regresar a un lugar llamado «realidad» o algo así.
—...¿Qué
significa eso?
No podía
entender el significado de eso en absoluto. Pensándolo bien, Ariel solo estaba
repitiendo las mismas palabras incoherentes que Merrien había estado
balbuceando.
—Es
complicado de explicar.
Todo lo que
Agnes recibió a cambio fue un ademán de desdén con la mano de Ariel.
Significaba que esto no era asunto suyo y que debía dejar de preocuparse por
ello. Quizás por encontrar demasiado molesto dar más explicaciones, Ariel
volvió a girar la cabeza hacia el escritorio. Una pluma giraba entre sus dedos.
Pronto, una
voz espeluznante resonó:
—Pero, de
todos modos, ella no podrá volver.
La comisura
de la boca de Ariel, visible desde un costado, se curvó de forma extraña.
—...
Agnes cerró
la boca ante la vista de esos ojos azules llenos de locura. No era una
terquedad o un orgullo sin sentido. Esto era auténtica confianza. Eso debería
haber sido tranquilizador, pero ¿por qué su ánimo cayó en picada? Quizás porque
no había lugar para él entre esas dos personas.
******
«No. Puedo
hacer espacio».
Agnes había
olvidado por completo lo que había sucedido la noche anterior. El hecho de que
«ese mes» terminaría en unos pocos días significaba que el día de regresar al
nido no estaba lejano. El tiempo se estaba agotando.
«Pero
todavía tengo una oportunidad».
Ariel había
dicho que, de todos modos, Merrien no podría volver. Entonces él también
necesitaba aprovechar la oportunidad antes de que pasara «ese mes».
Curiosamente,
Agnes no había reconocido de forma adecuada sus propios sentimientos.
Simplemente pensó por instinto:
«A Merrien
le gustan las cosas lindas».
Fiu.
Antes de que pudiera terminar su pensamiento, su cuerpo se encogió. Con manos
tan pequeñas como hojas de helecho, abrió la puerta y se dirigió con audacia
hacia la habitación de Merrien.
—Hermana.
¿Puedo comer contigo?
Seguramente
Ariel no estaría allí hoy tampoco. Asomó con nerviosismo la mitad de su cuerpo
por el umbral y revisó el interior de la habitación.
—¡Sí, por
supuesto! Entra.
Merrien, que
acababa de tomar una cuchara, le hizo un ademán. Por fortuna, Ariel no estaba.
Él debió de haber pensado que Agnes ya no intentaría ninguna tontería.
Con una
sonrisa demasiado astuta para un niño, caminó de forma deliberada por el suelo,
y sus pisadas creaban suaves sonidos de palmaditas con cada paso.
—¡Ay, Dios
mío! ¡Qué lindo!
Como siempre,
esta apariencia le ganó la atención de los sirvientes. Agnes entró con orgullo
y se sentó en el lugar que Merrien le había indicado con palmaditas.
Sintiéndose engreído por haberle ganado a Ariel, se reclinó con comodidad en la
silla.
Sin embargo,
vista de cerca, los ojos de Merrien todavía estaban muy hinchados. Una voz
preocupada le salió de forma natural:
—...¿Estás
bien?
—Ah, estoy
bien.
Merrien tomó
un paño lleno de hielo con su mano libre y se frotó los ojos.
—Agnes.
Gracias por lo de ayer. Me siento un poco más aliviada gracias a ti.
Ella sonrió
de manera tenue. Pero no pudo engañar por completo a Agnes. Su mirada, que
había pasado brevemente sobre él, estaba vacía.
—...
El ánimo de
Agnes cayó en picada una vez más. En su forma de niño, era difícil ocultar sus
verdaderos sentimientos. Sus labios se curvaron hacia abajo, mostrando su
abatimiento. Quizás debido a esto, Merrien tocó la mejilla descuidada de Agnes,
como antes, y le levantó las comisuras de la boca.
—De verdad.
Estoy bien, lo prometo.
«¡En
serio...!».
¿Cómo podía
esta mujer acercarse con tanta naturalidad? ...Incluso si lucía como un niño,
seguía siendo un hombre. Aun así, esta vez no se puso tan nervioso. Agnes puso
en acción el plan que había ideado a toda prisa esa mañana.
—Entonces,
aliméntame.
—¿Eh?
—Ah.
Abrió la boca
con descaro. Incluso abriéndola lo más que podía, era más pequeña que el puño
chico de Merrien. Tal como esperaba, Merrien era débil ante las cosas lindas.
—Ten,
¿quieres un poco de carne?
Ella pareció
olvidarse de sus ojos hinchados mientras sostenía el rostro de Agnes y lo
alimentaba.
Ñam, ñam.
A medida que Agnes masticaba con la boca llena de comida a toda prisa, sus
mejillas se volvieron regordetas. Sus ojos brillaban con intensidad. Merrien,
por instinto, colocó su mano sobre su cabeza y lo acarició. Su cabello, rizado
y revuelto, era esponjoso.
«Luciendo
así, se parece a Blanquito».
Para ser
exactos, Ariel se transformaba en Blanquito. La forma en que miraba con ojos
redondos, la manera tan linda en que masticaba con los labios. Sus acciones
eran idénticas a las de Blanquito.
«Ah, por
eso es que son cercanos».
Al final,
todos los pensamientos de Merrien conducían de vuelta a Ariel. Su mano
vacilante dejó de acariciar la cabeza del niño. Tomó el paño de hielo que había
dejado a un lado y se lo colocó en silencio sobre los ojos.
Mientras
tanto, Agnes sintió un vacío cuando la mano de ella abandonó su cabeza.
«No puedo
encontrarme con ella siempre en esta forma de niño».
Merrien no
tenía forma de saber sus verdaderos pensamientos. De hecho, sus ojos no estaban
brillando de ternura, sino que relucían con astucia.
******
Después de
eso, pasaron días muy ordinarios. Ariel ya no besaba a Merrien ni se aferraba a
ella bajo el pretexto del contacto físico. ¿Quizás debido a esto?
[Cantidad
de curación 9600/10000]
[Cantidad
de curación 9700/10000]
La barra de
curación, que aumentaba un poco cada día, parecía una cuenta regresiva que
predecía el día de su regreso.
Tres días. Si
la curación continuaba al ritmo actual, a Merrien solo le quedaban tres días.
Merrien pensó que ahora debía hacer lo que había estado posponiendo. Se sentó
en su escritorio y sacó papel y una pluma. Tras vacilar por un momento,
escribió una breve carta.
«Charlotte.
Me voy a un lugar lejano. No podremos vernos durante un tiempo».
No durante un
tiempo, sino probablemente nunca más. La dobló con cuidado, la colocó en un
sobre y lo selló. Finalmente, se quedó mirando el nombre del destinatario: «Charlotte».
«Nos volvimos
bastante cercanas».
Acarició las
letras de forma ausente. Le había tomado más cariño de lo esperado. Al
principio, solo tenía la intención de aprender métodos de curación y conectar a
Charlotte con Forcite, pero antes de que se diera cuenta, se había vuelto tan
cercana a ella que casi olvidó que era la protagonista femenina original.
Invitarla a la mansión Hartez para conversar, compartir novelas de romance...
Pff.
Un sonido desinflado se le escapó de los labios. El calor se acumuló en sus
ojos. Si pensaba en eso por más tiempo, podría pasar una vergüenza frente a los
sirvientes. Merrien sacudió la cabeza para despejar los pensamientos sobre
Charlotte y le entregó la carta a su doncella, Rika.
—Rika.
¿Podrías enviar esta carta por mí?
—Sí, Santa.
Al tomar la
carta, Rika estudió el semblante de Merrien. Como era de esperarse, tenía un
rostro inexpresivo que parecía carecer de cualquier emoción. No era la cara de
alguien que forzaba una sonrisa, sino una expresión en blanco, muy calmada.
El ánimo de
Merrien había caído en picada hacía días. Las otras doncellas sentían lo mismo,
así que no era solo su imaginación. Preocupada, Rika estuvo a punto de
preguntarle qué le ocurría. Justo antes de que pudiera hablar, Merrien de
repente comenzó a moverse con afán.
—Ah, Rika.
Solo un momento.
Abrió el
tercer cajón de su escritorio, el cual había mantenido cerrado con firmeza, y
sacó algo. En su mano había un brazalete que Rika jamás había visto.
—Toma esto.
Rika se
guardó la carta en el pecho y recibió el brazalete con ambas manos. Un
brazalete tejido con pasto y rosas de varios colores. A juzgar por la
fragancia, eran flores frescas.

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