Mi esposo me vendió al Gran Duque - Capítulo 12

Capítulo 12

Los viejos recuerdos que había olvidado volvieron a la vida, reproduciéndose en colores resplandecientes.

—Era una mujer sabia. Demasiado preciosa para haberse ido tan pronto…

Selenia miró fijamente la cesta llena de pan. Aquel aroma tenue y nostálgico no había sido su imaginación después de todo. Apretó los labios antes de hablar.

—¿Puedo… tomar un poco más?

—Por supuesto. Tanto como desee. A su madre también le gustaba la leche tibia con miel, ¿lo recuerda?

—… Sí. En las noches en que no podía conciliar el sueño, ella me la preparaba. La bebíamos juntas, jugábamos a las sombras y luego nos quedábamos dormidas.

Selenia respondió, con la voz vacilante por la emoción.

—… Gracias por invitarme, Lady Selva.

Selva sonrió levemente.

Ahora que la miraba más de cerca, se daba cuenta de que Selenia podría ser alguien que llevaba mucho tiempo hambrienta del amor de una madre.

Realmente se parecía a su difunta madre. Al igual que una niña criada con esmero y afecto por la condesa Marco, Selenia era una persona bien formada internamente: sabia, resiliente y cálida.

«Realmente es un desperdicio para ese bastardo de Bernarde».

Después de que Selenia hubo comido hasta saciarse, Selva le hizo una sugerencia.

—El clima es encantador hoy y el mar está en calma. ¿Qué tal un paseo por la cubierta?

—… ¿Juntas?

Ese destello de miedo en sus ojos era, sin duda, una sombra que Bernarde había proyectado sobre ella. Selva asintió.

—Sí. No me he movido mucho últimamente y he ganado algo de peso. Si mi médico se enterara, regañaría seriamente a esta anciana.

Una pequeña sonrisa asomó a los labios de Selenia.

A pesar de sus nervios, Selva era mucho más amable y gentil de lo que había esperado. Nada que ver con la temible noble que se rumoreaba que era entre las jóvenes de la alta sociedad.

Selenia se levantó de su asiento junto a Selva. Con ella a su lado, salir bajo la luz del sol ya no le resultaba aterrador. Ambas emprendieron una breve caminata.

*******

—He oído que hoy ha pasado un tiempo agradable.

Ante las palabras de Daniel, Selva asintió.

—Gracias a la consideración de Su Alteza hacia esta anciana. Incluso fuimos a dar un paseo.

Daniel ya lo había visto por sí mismo. La mujer que antes parecía marchita y frágil había florecido con brillo cuando estaba a solas con Selva. Al principio, casi la había confundido con alguien totalmente distinto.

Daniel se desabrochó el reloj de la muñeca y lo dejó sobre la mesa. Se aflojó el botón superior de la camisa que le oprimía la garganta y se reclinó en su silla en una postura más relajada.

—Ahora que la ha visto usted misma... ¿qué opina?

—En lo que respecta a la maldición, no hay nada que yo pueda discernir.

Daniel se frotó la barbilla.

Puede que Selva no hubiera sentido nada, pero Daniel sentía la peculiaridad de Selenia con todo su cuerpo. Incluso hoy, el dolor de cabeza que apenas había soportado con medicación desapareció en el momento en que entró en la habitación. Fue después de que el aroma persistente de Selenia —que aún flotaba en el aire— se hundiera profundamente en sus pulmones.

Se sentía como un gato incapaz de resistirse a la menta gatuna.

«Hay más cosas que probar».

La luna llena se acercaba. Daniel miró el calendario y luego se dirigió a Selva.

—... En la noche de luna llena. A medianoche. Traiga a la mujer a donde yo esté.

—¿Qué?

Incluso Selva —que solía ser tan serena— se sobresaltó ante esa declaración. Sus ojos se agrandaron.

—¡Pero, Su Alteza—!

—Necesito ver qué tanta influencia tiene esa mujer sobre mí, Selva. Solo entonces podré decidir qué hacer a continuación, ¿no está de acuerdo?

Daniel permaneció totalmente calmado, mientras la tensión se apoderaba del rostro de Selva.

—Pero... ¿y si después de ver eso, Lady Selenia se niega a volver?

—Entonces encontraré otra manera. —Daniel sonrió de medio lado—. No se preocupe, Selva. No tengo intención de dejar ir a esa mujer... cueste lo que cueste.

Por eso las "primeras veces" eran peligrosas. Si nunca lo hubiera conocido, nunca lo habría buscado; pero una vez que lo supo, no pudo detenerse.

Selva dejó escapar un suspiro silencioso. Daniel no podía ser disuadido. Si Selva se negaba, él le ordenaría a Antoni que lo hiciera. Y si Antoni se negaba, simplemente buscaría a alguien más. En ese caso, era mejor que Selva lo hiciera ella misma.

—... Será necesaria una explicación.

—Confío en que usted lo manejará.

La oscuridad se asentó detrás de Daniel. La noche en el mar era especialmente profunda. Sobre las vastas aguas abiertas, lo único que brillaba era la luna y las estrellas, los peces bajo las olas... y el propio Le Phare. Era como si Daniel se hubiera tragado toda esa oscuridad por completo.

Selva se mordió el lipio, invadida por una vaga sensación de vértigo.

—... Esta vez también saldrá de esto a salvo. Terminará sin problemas graves. Realmente lo creo.

—Yo también lo creo... tanto como usted. —respondió Daniel con calma.

Era precisamente esa compostura lo que hacía que el pecho de Selva se apretara, como si se colapsara hacia adentro.

*******

Reunirse con Selva se convirtió en un salvavidas para Selenia: un lugar donde finalmente podía respirar. Por el contrario, Rosend estaba ahora impaciente, incapaz de presionarla lo suficientemente rápido.

«¿Qué dijo el Gran Duque? ¿Por qué no te ha invitado a cenar todavía?».

La voz persistente se aferraba a ella como una costra que no se desprende. Selenia soltó un suspiro, con el rostro pálido.

Hoy era luna llena. Era una luna especialmente grande y perfecta este año, y había un gran banquete nocturno programado a bordo del barco. Después de que Fiona terminó de ayudarla a vestirse, sollozó suavemente, al borde de las lágrimas.

—Es que últimamente...

—¿Sí?

—Nunca antes la había visto así de bien. Su rostro se ha llenado un poco... eso la hace ver aún más noble. Todos la mirarán esta noche. Justo como solían hacerlo.

Selenia sonrió suavemente. No se podía negar: desde que empezó a pasar tiempo con Selva, finalmente había podido respirar. Al comer con Selva, se encontraba ingiriendo más de lo habitual, así que era natural que hubiera ganado un poco de peso. Si tan solo su pareja de hoy no fuera Rosend, podría haber mantenido ese buen humor por mucho más tiempo.

Justo entonces, Rosend salió de su habitación —ocupaban dormitorios separados que daban a la misma sala de estar—. Benia lo seguía de cerca. La expresión de Selenia se endureció, enfriándose por puro reflejo.

«Tiene más heridas».

Aunque nunca podría entender los valores de Benia ni su forma de vivir, lo que menos entendía era la disposición de Benia a exponerse a la violencia. Selenia apartó la mirada de ella.

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