La tumba de los cisnes - Capítulo 13

Capítulo 13

El demonio: Rothbart


Cuando Anna se despertó por la mañana, rebuscó en su caja de pertenencias personales con el rostro compungido. Pero por más que buscó, no estaba allí.

Murmuró consternada:

—Mi ropa interior no está.

—¿Qué? ¿Te refieres a esas prendas de seda?

Su voz había sido baja, pero bastó para que Susan, que ocupaba la cama contigua, la escuchara. Al oír que se había extraviado ropa interior, Susan se levantó de un salto.

No eran de seda, sino de rayón, pero a ojos de los demás lucían igual. En este lugar, la mayoría usaba prendas íntimas de algodón.

Esa ropa interior era algo que Anna había traído consigo de su mundo original. Se había deshecho de casi toda su ropa por comodidad y debido a las miradas de la gente, pero había conservado sus prendas íntimas ya que no tenía necesidad de venderlas.

—¿No las habrás dejado caer mientras lavabas la ropa?

—No.

—Entonces tal vez alguien de entre nosotras las robó...

Susan susurró bajando la voz con expresión seria. En este mundo, la ropa interior de seda era una rareza. Ni una sola de las sirvientas que compartían su habitación había dejado de admirar las prendas de Anna.

Sin embargo, Anna sacudió la cabeza. No se trataba de un pañuelo o de algún otro accesorio; era ropa interior. Y usada, además. ¿Para qué querría alguien algo así?

—No puede ser.

—No, es totalmente posible... Por supuesto, no creo que haya sido ninguna de las chicas de nuestro cuarto. Oh, ahora que lo pienso...

Susan, que se quedó reflexionando un momento, añadió con aún más cautela que antes:

—Ayer vi a la jefa de sirvientas salir de nuestra habitación.

—¿A la jefa de sirvientas?

—Sí. Pensé que solo era una inspección sorpresa...

No era inusual que la jefa de sirvientas irrumpiera para comprobar el estado de la habitación. Pero pensar que algo desaparecería justo después. Y de entre todas las cosas, ropa interior.

—¿De verdad crees que la jefa de sirvientas se las llevó?

—Podría haberlo hecho, alegando que eran artículos inapropiados... ¿Por qué no le preguntas?

Las palabras de Susan tenían sentido. Dado que las relaciones entre hombres y mujeres en la mansión estaban estrictamente reguladas, la vestimenta y las pertenencias personales también se controlaban al detalle. El perfume, el carmín oscuro, las medias de encaje... la ropa interior llamativa también estaba sujeta a restricciones.

Anna suspiró. Tanta si la jefa de sirvientas se las había llevado como si no, resultaría problemático intentar recuperarlas. Por lamentable que fuera, no tenía más remedio que darlas por perdidas.

—... Si ese es el caso, ya me llamará para decirme algo. Por ahora, no les cuentes a las demás que me falta ropa interior.

—Está bien. No te desanimes tanto. Te ayudaré a coser algo de encaje en tus prendas nuevas.

—Gracias.

Anna forzó una sonrisa ante Susan, que intentaba animarla. Pero no logró que su decaído estado de ánimo mejorara.

Con esto, el último objeto que había traído de su mundo original había desaparecido. No era gran cosa, solo una pertenencia, y sin embargo sentía como si el camino de regreso a su mundo se volviera cada vez más borroso y distante, dejando su corazón inquieto.

*******

Como era de esperarse, poco después, la jefa de sirvientas mandó a llamar a Anna. Así que había sido ella quien se llevó la ropa interior. Le esperaba una reprimenda. Anna dejó escapar un silencioso suspiro.

Desde la mañana se habían acumulado nubes oscuras, y por la tarde cayó una intensa lluvia. Mientras caminaba por el pasillo, el sonido del agua golpeando contra las ventanas resonaba sin cesar en sus oídos. En días como este, la mansión se sentía aún más lúgubre y escalofriante, y no podía evitar rumiar el apodo de «La Tumba del Cisne». ¿De verdad se lo habían puesto solo porque los cadáveres de los cisnes yacían esparcidos cerca de la propiedad?

Anna no podía descartarlo tan a la ligera. A los viajeros de otro mundo los llamaban cisnes, y ciertamente varios cisnes se habían alojado en esta mansión para luego marcharse... ¿Podía ser aquello una simple coincidencia? El nombre pesaba sobre ella con un significado ominoso.

Esos pensamientos terminaron cuando llegó a su destino. Anna llamó a la puerta.

—Me mandó a llamar, madame jefa de sirvientas.

—Sí. Adelante.

Madame Dova, la jefa de sirvientas, era una viuda de unos cuarenta años. Tenía los anteojos peligrosamente apoyados en la punta de la nariz mientras revisaba un libro de contabilidad, y tan pronto como Anna entró en la habitación, lo cerró.

Anna permaneció obediente ante Madame Dova y la miró con cautela. Madame Dova clavó la vista directamente en ella y preguntó:

—¿Ninguna queja?

—Ninguna. Me encuentro bien.

—Si alguien te molesta, dímelo. Esa institutriz también.

—Sí. Gracias por cuidar siempre de mí.

Anna se sentía más incómoda con la amabilidad de Madame Dova que con Rose, que siempre la atacaba. Al menos el comportamiento de Rose era claro; como su malicia resultaba evidente, Anna no tenía que desperdiciar esfuerzos adivinando sus intenciones.

Pero Madame Dova era diferente. Fría por naturaleza e implacable con las sirvientas, extrañamente prestaba una atención particular únicamente a Anna. Lejos de la mirada de los demás, cuando las dos estaban a solas de esta manera.

Al principio, Anna pensó que solo era una táctica de la jefa de sirvientas para actuar con severidad ante los demás y mostrar amabilidad en privado, pero tras escuchar hablar a Susan y a las otras criadas, se dio cuenta de que no era así.

Después de unos meses, Anna llegó a comprender que ella era la única a quien Madame Dova trataba con tal consideración.

Sin embargo, no podía limitarse a estar agradecida. Pues aun pareciendo preocuparse por ella, a veces Madame Dova la instaba sutilmente a renunciar a su trabajo. Anna nunca lograba descifrar qué tramaba esa mujer.

—Te llamé porque tengo algo que comunicarte.

—...

Incluso si Madame Dova la trataba con amabilidad, eso no significaba que se abstuviera de dar sermones cuando se trataba de las deficiencias de Anna. Esta bajó la mirada en silencio, esperando a que cayera la reprimenda.

—El marqués ha dicho que te tomará como su sirvienta personal. A partir de mañana, limpiarás el despacho del marqués, no la habitación del joven señor.

—¿Cómo?

Ante la atronadora declaración de Madame Dova, Anna olvidó asentir sumisamente y levantó la barbilla de golpe, conmocionada.

¿La sirvienta personal del marqués, de repente? ¿Acaso existía tal puesto en la casa de los Lohengrin? El marqués jamás había tenido una sirvienta personal...

Al oír que el propio marqués la había designado, el corazón de Anna latió con violencia.

—¿Por qué... por qué tan de repente? Por qué yo...

La respuesta le llegó en el mismo instante en que preguntaba. El recuerdo de aquel día, cuando el marqués regresó, se estrechó alrededor de su corazón.

¿Podría ser que él recordara lo que había sucedido entonces?

Había pensado que lo había olvidado, y aliviada había sido capaz de respirar de nuevo. Pero se equivocaba. Él solo había dejado que se relajara, para luego arremeter contra ella por la espalda de esta manera...

«Pensé que me degollaría en el acto al descubrir lo que soy, pero...».

Tenía más paciencia de la que esperaba. Bueno, no era de extrañar. Este era el hombre que había anhelado a su difunta esposa durante más de diez años.

En cualquier caso, tenía que negarse a ser la sirvienta personal del marqués a como diera lugar. Fuera lo que fuese lo que pretendiera, nada bueno podía salir de estar cerca de él. El riesgo superaba con creces cualquier beneficio.

—Yo... no creo que pueda hacerlo bien, madame jefa de sirvientas. No hace mucho que entré a trabajar en la casa. Hay muchas sirvientas mucho más capaces que yo...

Pero Madame Dova cortó las palabras de Anna con firmeza.

—Eso no es algo que nos competa a nosotras. Si el señor da una orden, lo único que debes hacer es obedecer en silencio. Puesto que conoces tus propias deficiencias, eso solo significa que puedes esforzarte el doble de duro.

—Pero...

Cuando Anna intentó protestar, Madame Dova agitó la mano y abrió de nuevo el libro de contabilidad como si el asunto estuviera zanjado.

—En cualquier caso, esa es la decisión. Tenlo presente.

Anna abrió y cerró la boca varias veces, pero ante la actitud tajante de Madame Dova, no pudo añadir ni una palabra más.

Al final, tendría que servir como la criada personal del marqués. A menos que el propio marqués cambiara de opinión, no había escapatoria.

Tal vez habría una oportunidad si Svanhild, su actual señorito a cargo, suplicara mantenerla a su lado...

«Quiero una madre, Anna».

Las palabras de Svanhild susurradas en el pasillo aún resonaban con nitidez en sus oídos. El solo pensamiento la hizo estremecerse de nuevo. Svanhild no haría más que empujarla directamente a los brazos de Rothbart. Anna no tuvo más remedio que reconocer que la habían acorralado.

Se dio la vuelta tambaleándose para salir de la habitación.

En ese momento, el murmullo de Madame Dova, como si hablara para sí misma, la detuvo en seco.

—Tal vez esto estaba destinado a suceder desde el principio. Al final, estabas destinada a llamar la atención...

¿Qué quería decir con eso?

Anna giró la cabeza para mirar a Madame Dova. Pero la jefa de sirvientas permanecía sentada con calma ante su libro de contabilidad, como si no hubiera dicho nada.

Pensando que debía de haber escuchado mal, Anna abandonó la habitación en silencio. El misterio de quién se había llevado su ropa interior quedó sin resolver. Pero Anna ya no se podía dar el lujo de preocuparse por tales nimiedades. El nuevo problema que la apremiaba pesaba mucho más.

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